jueves, 25 de septiembre de 2008

LISA-GIOCONDA Y OTROS CUENTOS (1991)

Alphonse Avril a la vista del edificio del museo del Louvre apresuraba el paso y, conforme se acercaba, se le acentuaba el desasosiego que traía en el corazón. Y ya bajo los soportales del Carrosusel emprendía veloz carrera. Atravesaba la puerta Visconti como una tromba, subía con rápidez la escalera de Dario e irrumpía en el salón Carré, asustando a mlle. Perchet, la celadora que había de sustituir.
Dirigía su mirada al retrato de Monna Lisa, respiraba hondo para recuperar el aliento perdido y, más sereno, saludaba a su compañera, que abandonaba el salón haciendo un mohín despectivo.
Desaparecida la señorita Perchet, Alphonse Avril suspiraba. Se había quitado un gran peso de encima y ya, sin prisa, contemplaba largamente y con arrobo el retrato de donna Lisa que lo miraba con su aplomo y compostura natural, y con aquella sonrisa burlesca que, a menudo, sacaba de sus casillas al bueno de Alphonse, su más ferviente admirador y enamorado.

Corresponde al inicio mi tercer libro.