EL AÑO DE LA INMORTALIDAD
ÁNGELES DE IRISARRI
Editado en Mira Editores, 1994 y Grijalbo 1999
Aquiles Pérez, oficial mayor del Registro de Defunciones de
Madrid, estaba mano sobre mano, miraba a izquierda y a derecha, se
atusaba el bigote, abría los cajones de su mesa, salía al pasillo,
preguntaba a los bedeles por los certificados del día y, como no
había, volvía a sentarse.
A media mañana, había rellenado la quiniela y la Lotería
Primitiva, se había leído el periódico deportivo "Marca" y escrito
a su hermana Ederlinda que vivía en la Argentina. Lo que no había
podido hacer en 30 años de servicio. Pero, hoy, sacaba sus cuentas
y le faltaban ¡420! muertos. De ocho días a esta parte le faltaban
420 muertos.
El bueno de Aquiles andaba asustado y descompuesto. En ocho
días no había registrado ni un sólo fallecimiento en Madrid y, a
punto de que dieran las tres de la tarde, no sabía si hacérselo
saber al magistrado- juez o callarse y esperar a mañana porque,
quizá, los certificados llegaran todos juntos.
El registrador de muertos pensaba que la ciudad se
encontraba en una situación anómala, pues que no habían tenido
lugar las defunciones que por estadística cabía esperar. Se asomaba
a la ventana y miraba el cielo por si se veían negros nubarrones o
malas señales o sucedía algo extraordinario, pero el cielo y la
calle estaban tranquilos. No obstante, algo tenía que suceder. En
aquellos ocho días, él no había podido escribir con su preciosa
letra redondilla el nombre de los muertos y, en consecuencia, los
familiares y los deudos de los mismos no habían podido llorar o
quitarse un peso de encima, ni los herederos heredar, ni las viudas
cobrar pensión, ni los viudos pensar en volverse a casar con una
mujer treinta años más joven; y se decía que la ausencia de muertos
era contra natura. Al salir del trabajo, tal vez para quitarse el
sofoco mental que traía, entró en un bar y pidió un vermú rojo, él,
que nunca bebía alcohol.
****
Odilón de Ana, escritor venezolano afincado en Madrid,
terminó de ordenar sus cosas en el pequeño ático de la calle de
Atocha que acababa de alquilar. Lo recorrió de punta a cabo y
sonrió. Se había tomado la licencia de pintar y vestir todo el piso
de amarillo, sopesando que el hecho daría que hablar en los
círculos culturales pues ya traía cierta fama de extravagante. Y,
mientras se preparaba una frugal comida, se decía así mismo que no
tenía ya que dar cuentas a nadie. Aunque todavía notara la ausencia
de Mª Luisa, su ex esposa, no sabía si era por la costumbre de doce
años de matrimonio o porque no se manejaba bien en la cocina.
Recordaba el follón que organizaron en su divorcio; pues ella
comenzó rompiendo un plato, él siguió con una docena; ella rajó el
sofá con un cuchillo de punta, él quemó el sillón con un cigarrillo
y no hizo nada para extinguir el fuego que se propagó rápidamente,
de tal manera que, la casa de Caracas, que encerraba los ahorros de
dos vidas, ardió como una tea.
Odilón de Ana dejó su destruido hogar a Mª Luisa, como si
enterrara una parte de su vida, con mucho dolor; a ella la abandonó
sin un amago de pena y se presentó en España con varios cuadernos
bajo el brazo y cuatro novelas editadas. Recibió buena acogida por
parte de los intelectuales del país que le ofrecieron diversas
colaboraciones, quizá por su fama de hombre excéntrico y de
luchador por las libertades individuales y colectivas. Con el
producto de sus artículos pudo alquilar, restaurar, pintar y
amueblar de amarillo limón un tico en la calle de Atocha. Se reía
cuando pensaba que pronto, lo conocerían en los medios culturales
como el inquilino de la casa amarilla.
El inquilino recogió la vajilla y, todo en orden, se sentó en
un sillón dispuesto a cabecear. Entornó los ojos y, a poco, un
escalofrío le recorrió todo. Se acercó a la ventana y con la mirada
perdida contempló los tejados y los campanarios de Madrid mientras
una sonrisa comenzaba a dibujarse en sus labios.
Le comenzaba a bullir un tema en la cabeza, un gran tema; y
ya su cerebro era una torrentera: Madrid, un año sin muertos,
repetía, y veía venir una multitud de gentes en busca de la
inmortalidad. Una muchedumbre que se instalaba y llenaba la
ciudad
hasta límites inimaginables, colapsando los accesos, parando el
tráfico... una turbamulta que venía con lo puesto y con la cara
alegre a vivir una posible eternidad que había comenzado en la
capital de España nadie sabía cómo: ni él mismo que era el autor de
la idea. Encendió el magnetófono y empezó a hablar al ingenio y a
tomar notas como enfebrecido, sintetizando, abreviando, escribiendo
en clave para que no se le escaparan las ideas. En un respiro,
imaginó al Oficial Mayor del Registro de Defunciones de Madrid y
concretó a su personaje: un sujeto bajito, de atusado bigotillo, de
pelo cano, próximo a jubilarse, y rió al imaginar la sorpresa de
aquel hombre que no tenía muertos que inscribir en el Registro, sin
saber qué hacer, si acudir a su superior o esperar acontecimientos.
Ya había amanecido, cuando constató que había dado con un
tema importante. Bajó al supermercado, se avitualló para tres
meses, en un quiosco compró varias revistas y un plano de Madrid y
se encerró en la casa amarilla a escribir la novela de su vida y,
como no habló con nadie, nadie le explicó que en Madrid, de diez
días a esta parte, no había muertos.
****
La cuadrilla de enterradores del turno de mañana de la
Sacramental de San Justo, compuesta de doce hombres, sin trabajo
desde hacía diez días, se solazaba en un carasol bebiendo tinto,
hablando de mujeres, de política, del convenio colectivo, próximo a
firmarse, de la lotería que jugaban a partes iguales... Y hacían
planes para gastar e invertir el dinero de un futuro premio.
Soñaban que serían ricos y tendrían una gran casa, chófer y coches
americanos o mujeres, muchas mujeres... o que ingresarían el fruto
de la fortuna en el banco y vivirían de los intereses. Pero, al
finalizar la jornada, acabadas varias botellas, se preguntaron
dónde estaban los muertos y se dijeron que habían pasado una
mañana
aburrida, como las nueve anteriores, pues era más entretenido
enterrar y observar las reacciones de los parientes. Y salieron
hablando de los duelos de falsa pena, de hipócritas, o de la gente
llorona o histérica y las escenas que producían, y preguntándose
sobre la ausencia de entierros, si acaso no sería que hubiera
huelga de empresas fúnebres.
****
Al día siguiente, Mariano Lahoz, gerente de Pompas Fúnebres
El Paraíso, se presentó en el Registro Civil y pidió ver al oficial
Mayor del Registro de Defunciones. Aquiles Pérez recibió
enseguida
a aquel hombre que movía exageradamente unas manos gordezuelas
de
uñas comidas, que hablaba de que, de once días a esta parte, no
tenía muertos que enterrar y preconizaba casi llorando la ruina
inminente de su empresa, a la que había dedicado toda su
preocupación y anhelo sin haber atendido nunca queja alguna.
Aquiles Pérez que, en aquel día undécimo, tampoco tenía
muertos que inscribir, le indicó que guardara silencio, pues que en
el Registro no se podía hablar sin que se enterasen de todo hasta
las ratas, decía, y le rogó que le acompañara al bar de enfrente.
Allí, el registrador de muertos constató que la carencia de
defunciones en Madrid durante diez días era verdadera puesto que
el gerente de la funeraria sostenía otro tanto. Escuchó a aquel
hombre llorón y parlotero que le pedía una subvención, y desechó
su idea de que un compañero, un mal compañero que ansiara su
puesto
o por hacer broma o a malasombra, le estuviera ocultando los
certificados de defunción. Después de rogar varias veces a su
interlocutor que bajara la voz, al salir del café, Aquiles Pérez
estaba decidido a hablar con el magistrado-juez.
****
En la mesa contigua, el joven periodista Luis Manrique no
pudo evitar escuchar lo que hablaban dos hombres ya maduros, uno
de
los cuales pedía al otro silencio sin parar y hablaba de que
estaban tratando un tema grave que tenía carácter reservado
mientras el señor juez, una vez enterado del mismo, no levantara el
secreto y lo diera a conocer a las autoridades oportunas. Oyó bien
aquella frase de "Madrid, diez días sin muertos" e, interesado,
aguzó el oído.
Salió detrás de los dos hombres y los abordó. Se excusó
aclarando que era periodista. Dijo que había escuchado lo que no
debiera haber oído. Habló de su sentido del deber. Del derecho del
pueblo a estar informado. Del derecho del periodista a informar. De
que la información andaba de boca en boca. De que había que
tomarla
para, luego, analizarla, estudiarla, compendiarla e imprimirla o
callarla, e instó a aquellos sujetos a que le explicaran lo que
ocurría, a que expresaran sin tapujos si era cierto que no había
habido muertos en la capital de España desde hacía diez días, con
hoy once.
Aquiles Pérez, en un rasgo de ingenio sin precedentes en su
persona, se presentó al joven periodista como editor, como gerente
de la afamada editorial Pluma y Letra, y a su compañero, como
escritor. Le dijo que se metiera en sus asuntos, que hablaban de
una novela y lo despidió. Aquiles Pérez se dirigió derecho al
despacho del magistrado-juez, que se encontraba ausente.
Luis Manrique no se quedó conforme con la explicación de
aquel sujeto abigotado. Se encaminó a la sede del diario, El Día de
Madrid, repasó las listas de defunciones, las notas necrológicas y
las esquelas de diez días atrás y, ni en él ni en ningún otro
periódico de la capital, encontró muertos.
El muchacho enrojecía por momentos. ¡Tenía en sus manos la
noticia de su vida! ¡Lo que siempre había soñado! ¡Una gran
noticia! ¡Una gran y buena noticia! No obstante, no se dejó
llevar por el entusiasmo, tomó un taxi, se personó en el Registro
Civil, preguntó por el registrador de defunciones, se topó con el
hombre del bigotillo tras la mesa y, sin cruzar palabra con él,
salió corriendo en busca de otro taxi que le llevara a recorrer los
hospitales, las empresas de pompas fúnebres y los cementerios. Al
final del día, Luis Manrique podía asegurar que en Madrid no había
habido muertos en diez días, y se apresuró a decírselo a su
redactor-jefe.
****
Odilón de Ana había seguido discurriendo y escribiendo fichas
para aquella historia inverosímil de "Madrid, un año sin muertos" y
el pandemónium que habría de organizarse en la capital, pues en un
movimiento centrípeto incontenible vendría tanta gente que muy
pronto sería necesario prohibir la entrada de foráneos y
extranjeros.
En sus breves descansos, se preguntaba qué acogida tendría su
novela en España. Porque en su país de adopción las novelas
contaban historias reales y actuales, mayormente aburridas y
repetitivas, en las que no primaba la imaginación ni la
originalidad, sino un lenguaje gárrulo de destrozada sintaxis,
poca argumentación y sexo duro, pero no veía mayores problemas
para
la edición pues traía cierta fama literaria y un importante bagaje
político.
Y andaba tan ocupado en el desarrollo de su idea que no echó
en falta a amigos ni a enemigos (que ya apuntaban en su círculo
madrileño), ni a Fina Capón (que, a menudo, le había sosegado el
ardor de sus partes bajas), ni al aire ni al viento ni a las
estrellas del cielo. Apenas dormía, trabajaba con ahínco, fichaba
sus ideas, las ordenaba cronológicamente; resaltaba unas, desechaba
otras; ampliaba ciertos temas, consultaba su biblioteca y miraba
los tejados y los campanarios de Madrid convencido de que fuera de
la casa amarilla la vida continuaba igual.
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Aquiles Pérez no consiguió contactar con el magistrado-juez
ni contarle lo que había: que no había muertos en la capital en
once días con hoy. Le puso una nota sucinta, escribió en el sobre:
"confidencial", y se marchó a su casa.
Después de la comida, comentó el hecho con su anciana madre.
La buena mujer movió la cabeza y sentenció que el mundo estaba
desquiciado, que cualquier cosa era posible, que tal vez se tratara
del Fin del Mundo, y se enfrascó en la lectura del Ramillete de la
Virgen del Carmen. Aquiles, para no escuchar a su madre y olvidar a
los muertos, bajó a su garaje a poner en marcha y a mejorar el
motor de su automóvil, un viejo Buick del 58, su entretenimiento
preferido.
****
Manuel Ramírez, director y jefe de redacción de El Día de
Madrid, atendía las explicaciones del extemporáneo asunto que le
presentaba Luis Manrique, de aquella extraña historia de que en
Madrid no había muertos. Y sopesaba la gran noticia. En su mente
ágil se revolvía la posibilidad de que aumentara colectiva e
individualmente la esperanza de vida, de que los cuerpos se
convirtieran en inmortales, de que el final del milenio viniera
cargado de parabienes; la posibilidad de tener un notición en las
manos, un revulsivo, y conseguir laureles. Y, también, que todo
fuera una patraña y que mañana hubiera muertos, lo que sería el
final de un diario que a duras penas se mantenía económicamente, y
también su derrumbe profesional.
En esto, empezó a dar gritos y grandes voces, llamó a los
redactores para desmontar la primera página que saldría con una
única noticia, y los envió al montaje y al desmontaje. Les ordenó
que inventaran un eslogan que hablara de los muertos no muertos.
Habló con gran énfasis de que en el término metropolitano de
Madrid
se habían trastocado las leyes de la vida, otrora inexorables, y
mandó poner en marcha la maquinaria humana y las rotativas,
diciendo que en aquella noche se iban a jugar el pan de catorce
familias.
****
El Día de Madrid, diario independiente de la mañana, haciendo
un considerable esfuerzo editorial, duplicó el número de ejemplares
de su tirada habitual. En redacción pasaron una noche frenética.
Manuel Ramírez y Luis Manrique explicaban una y otra vez a los
incrédulos lo inexplicable. Llamaban continuamente a los hospitales
y a las funerarias, y en todas partes les confirmaban que no había
muertos. Entrada la noche, los que dudaban de la veracidad de la
noticia se fueron convenciendo, paulatinamente, de aquel portento.
Decían que aunque mañana o pasado si los hubiera, diez días sin
fallecimientos, once, si conseguían rebasar la madrugada,
constituían por sí solos una buena noticia, pues los periódicos
estaban siempre cargados de malos sucesos. Convenían en que,
aunque
la vida siguiera su curso normal y al día siguiente hubiera
muertos, podrían explicar a sus lectores la ocupación de la primera
página con el evento, pues bien podría repetirse, y tratar de
comentar su posible causa. Añadían que pocos o muchos días sin
fallecimientos eran una extraordinaria noticia que bien merecía su
publicación a toda plana. Y, por fin, cuando ya estaba impreso el
diario y listo para la distribución, los reporteros acordaron
encerrarse en el periódico hasta que abrieran los quioscos para
evitar que nadie saliera de la sede y dejándose llevar por la
ambición vendiera la noticia. Pasaron el tiempo comentando la cara
que pondrían los colegas de Madrid cuando leyeran a toda plana:
MADRID, DIEZ DIAS SIN MUERTOS.
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Notas de Odilón de Ana, escritor:
- Pasmo del oficial mayor del Registro de Defunciones de Madrid
ante la ausencia de muertos. Diez días sin muertos.
- Comenta el hecho con su superior. Enterarse quién es el superior
y dónde está el Registro. Visitarlo. Hablar con él.
- El Presidente del Gobierno convoca una rueda de prensa para dar a
conocer a la opinión pública tan excelente noticia. Se muestra
cauto.
- Se publica la noticia en los medios de difusión. Prensa. Radio.
Televisión.
- Como en otras partes del país la gente se sigue muriendo con
naturalidad, comienza a llegar gente a Madrid con la esperanza de
que la noticia sea cierta.
- Llega un profesor de Jaén.
- Anciana Mª Luisa Estaca (puede ser tía Mercedes).
- El Presidente de la Generalidad de Cataluña (Joan Castell).
- Mi personaje Pepe el Rubio en el Metro.
- Lolita Zorrilla (puta).
- Los bancos comerciales, muy sensibles a los movimientos sociales,
serán las primeras empresas en cerrar sus puertas. Alegar n que
guardan los dineros de todos a la espera de que se clarifique la
situación.
- El esperado partido de fútbol: Real Madrid- Atlético de Madrid,
deja de celebrarse. Es el principio del fin de la pasión futbolera.
- Título: "El año de la Inmortalidad”).
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En la capital, el primero en conocer la buena nueva fue Juan
Mariscal, quiosquero de Fuencarral 17, el primero en recibir El Día
de Madrid. La noticia le llamó poderosamente la atención. Tuvo en
la mano el periódico recomendándolo, hasta que, muy pronto, se
agotó.
La edición del 28 de marzo, martes, se vendió inmediatamente.
El asunto de los muertos se convirtió en el acontecimiento de la
jornada y fue informe único de El Día de Madrid que se anticipó a
sus colegas. La otra prensa hablaba de los sucesos y de las
desgracias habituales. Sólo El Día traía en portada una noticia
insólita: "MADRID, DIEZ DIAS SIN MUERTOS", y, en
editorial,
comentaba la bonanza del fin del milenio y la posible inmortalidad
de los moradores de la capital de España.
En las redacciones de los diarios escritos, cada uno con su
edición en la calle y sin mencionar la ausencia de muertos, los
periodistas se quedaron estupefactos. Los directores fueron sacados
de la cama y puestos al corriente. Algunos periódicos pensaron
sacar a la calle una edición especial. En todas las sedes se oían
juramentos y gruesas palabras. Porque la noticia tenía eco en la
calle y andaba sola, de boca a oído.
En el edificio de Alfa Cuatro, el diario independiente de
mayor tirada de Madrid, andaban encorajinados porque ellos
siempre
habían sido los primeros desde que irrumpieran en el mercado,
veinte años atrás y, hoy, día 28 de marzo, pasaban a ser los
segundos.
Entra Mario Sibilo, el director, como una tromba, echando
sapos por la boca y encuentra una redacción cariacontecida, casi
lagrimeando y, duda entre ponerse a llorar con todos o vociferar lo
que debe. Se hace un silencio sepulcral. Parece que Mario Sibilo
va a sufrir un infarto, pues se lleva la mano al corazón, tose
mucho y babea. Le llaman por teléfono de Alfa Cuatro Radio, cruza
grandes insultos con su interlocutor, cuelga de mala manera. Le
informan que el Consejero Delegado quiere hablar con él. Mario
Sibilo bufa. Pregunta quién es ese Luis Manrique. Ordena a los
subdirectores que convoquen una reunión urgente con los directores
de los otros diarios de Madrid, a excepción de el de El Día. Sale
apresurado. No se sabe si va a la calle o al Infierno.
****
En las emisoras de radio de la capital, la extraordinaria
noticia se acogió de otra manera pues, a fin de cuentas, no eran
competencia directa de El Día de Madrid, sino colegas.
El posible evento cogió de nuevas a todos los periodistas
radiofónicos. Desde las primeras horas de la mañana, en las
estaciones de radio se recibían múltiples llamadas de oyentes
recabando mayor información.
Onda y Eco repartió la noticia y felicitó a los colegas de El
Día y en especial al maestro de periodistas y gran amigo de la
casa, Luis Manrique (lo confundieron con otro Luis). Fueron
improvisando y dejaron línea abierta al exterior ante la gran
afluencia de llamadas.
Radio Europa comentó la noticia en su informativo de las 9
horas en último lugar y la puso en entredicho hasta realizar sus
propias investigaciones. No dieron importancia al hecho hasta que
María Pita, coruñesa residente en Madrid, se personó en la emisora
preguntando qué iba a suceder. Entonces, el equipo de reporteros se
puso en marcha.
Radio Sentimiento, después de desear feliz día a sus oyentes,
comentó ampliamente la buena nueva y todos sus trabajadores
delante
de los micrófonos entonaron el Himno de la Alegría.
En Alfa Cuatro Radio dudaron entre comunicar la noticia o no.
Por fin la dieron sin mencionar su origen. Otro tanto sucedió en
Alfa Cuatro de Televisión.
En la televisión y emisoras de radio estatales o
paraestatales, con gran disgusto de los profesionales de la casa,
no se difundió la noticia hasta la noche. Dieron un comunicado
escueto y la sonriente locutora acometió la información diaria
de las guerras entre los comunistas y los demócratas de las
repúblicas bálcanicas.
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En las calles se hacían grupos. En los corrillos había gente
de todo tipo: ufanos, escépticos, maliciosos y cenizos. Pero, en
general, reinaba una gran alegría. Personas que nunca habían
hablado entre sí comentaban que estaban viviendo un gran día y, por
todas partes se oía contar, se oía decir. En las oficinas se
paralizó el trabajo. En varios bancos comerciales se bebió cava al
final de la jornada a cuenta de la entidad. Y todo el mundo quería
contar a todo el mundo que era el final de la muerte, que ya no
habría más muertos y que, bendito sea Dios, o la circunstancia o lo
que fuera.
En el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, apenas
se personó el ilustre profesor Ramiro Barrios, la m xima autoridad
en biología molecular, fue abordado por sus colegas pero, ignorante
de la noticia y sordo y anciano como era, costó mucho hacerle
entender. Cuando la hubo comprendido no halló explicación.
En los órganos de administración nacionales, autonómicos y
municipales se guardó silencio. La noticia cogió desprevenidos a
todos. No sabían qué decir. El portavoz de la Presidencia del
Gobierno hizo que sus escoltas despidieran a los periodistas que le
impedían el paso. El Jefe del Gabinete de Prensa de la Comunidad
Autónoma abandonó su despacho y salió por la puerta trasera.
Ninguno de sus subordinados se atrevió a hacer comentario alguno.
En el Ayuntamiento de la villa las autoridades se encerraron a cal
y canto en sus despachos, tras un pleno turbulento en el que no se
mencionó el tema de los muertos.
****
Aquiles Pérez, el registrador de muertos, en el duodécimo día
tampoco tenía muertos. Esperaba la llamada inminente del
magistrado- juez y, encerrado con llave en su despacho, oía las
voces de los periodistas que luchaban con los bedeles y los
guardias de seguridad del Registro para interrogarle. A su puerta
también acudían funcionarios; su teléfono no dejaba de sonar, pero
Aquiles no descolgaba, se revolvía en su sillón y alzaba la voz
para decir que sólo hablaría con el señor juez.
Al parecer, en el Registro Civil ningún funcionario, ni viejo
ni nuevo, quería hacerse cargo de la situación y encarrilarla.
Aquiles tenía una extraña sensación de ahogo pues, afuera,
golpeaban la puerta cada vez con más fuerza, y no dudaba que
acabarían derribándola. Cuando escuchó: ¡Policía!, tuvo que abrir.
Era el magistrado- juez, escoltado por la Policía Nacional.
Hermógenes Sánchez y los que venían con él traían tanto
impulso que al titular del despacho lo relegaron a un rincón. El
magistrado le regañó por no tenerlo al corriente de los hechos en
días anteriores y le pidió información. El registrador de muertos
le habló de la carta que le dejó en su despacho y repitió,
añadiendo un día más, lo que le escribiera ayer.
El magistrado convocó a los periodistas e hizo desalojar los
pasillos. Caminando hacia la sala de conferencias iba pensando que
tenía ante sus ojos una magnífica ocasión para darse a conocer y
ascender en su carrera, puesto que toda la prensa del país estaba
allí. Pero no quiso precipitarse. Se dijo que, quizá, debiera
consultar con sus superiores y, mientras, emitir un comunicado
oficial que no le comprometiera para no encararse con los
periodistas que estaban encorajinados porque nadie les decía nada.
Se volvió hacia Aquiles y le preguntó el nombre del último muerto.
El registrador de muertos le informó: Jacinto Rivero
Hinojosa, 100 años, nacido en La Carolina, provincia de Jaén, el 24
de abril de 1900, fallecido en Madrid, el 19 de marzo pasado, día
de San José.
A las 13 horas, Hermógenes Sánchez, titular del Registro
Civil de Madrid, exponía los hechos a los periodistas y hablaba de
las curvas de mortandad, de febrerillo el loco, que a tantos
ancianos se llevaba; de la mortalidad infantil, tan escasa ya; de
los estratos sociales, edades y sexo de los difuntos, y aseveraba
taxativamente, que en once días, doce con hoy, no había muertos en
la capital de España y que cada cual sacara su consecuencia; que él
no tenía opinión propia. Terminó diciendo el nombre del último
difunto registrado: Jacinto Rivero Hinojosa, fallecido en el
Hospital 12 de octubre, el 19 de marzo.
****
(Notas de Odilón de Ana, escritor:
- El gobernador civil de Madrid ordena a la Policía Nacional
recorrer la ciudad, alcantarillas incluidas, y encontrar cuantos
más cadáveres mejor, para terminar con el suceso.
- A los veinte días, continúa sin haber muertos.
- El descubridor de la noticia, acaso un periodista.
- Ordenar estas fichas por orden cronológico.
- El presidente del gobierno se encuentra deprimido.
- Alegría en las calles.
- La noticia camina sola.)
****
(Odilón de Ana. Diario:
"No sé. Ahora, me viene la duda entre si centrar la historia
en que no haya muertes o en que no haya nacimientos. Es decir,
en el último muerto o en el primer nacido después de algún
acontecimiento a inventar, o si compaginar una cosa con otra.
Quiero decir que uno u otro sean personas con poderes
sobrenaturales o elegidos por un poder superior, ya sea dios o
diablo, ya sea Dios o el Diablo... Tengo que estudiar el tema, pues
todavía no sé lo que quiero decir con esta nueva idea...")
****
En la sede de El Día de Madrid tuvieron unas jornadas de
locos. A ella acudían gentes de toda la ciudad y llamaban de todas
las partes del mundo para que les ampliaran la noticia. La propia
competencia quería dejar de ser competencia y, al teléfono,
recordaba favores anteriores o echaba tierra sobre los disfavores.
Todos los trabajadores del diario estaban radiantes de alegría.
Sólo a Manuel Ramírez, el director- redactor jefe, se le enturbió
la cara cuando recibió un telegrama de Isaías Martí, redactor jefe
del diario Júcar- Libertad de Valencia, que le echaba en cara
haberse quedado la noticia para él, olvidándose de un amigo que
residía en provincias.
Luis Manrique apareció ante las cámaras de televisión, roto y
con las ropas desencajadas. Trató de explicar lo que no tenía
explicación, saliendo por el camino fácil de que habría que esperar
a los próximos días para hacer conjeturas. No obstante, aseguró que
la noticia era excelente y que los madrileños debían estar
contentos, y añadió que, tal vez, el extraño fenómeno fuera
extensible a otras comunidades autónomas y a saber si a Europa y al
resto del mundo. Aquella noche, a Luis Manrique le llovieron
ofertas de trabajo.
****
La noticia llegó a las altas instancias de la nación por vía
oficial (un comunicado del magistrado-juez del Registro Civil de
Madrid) y por vía privada. Oficialmente se ignoró la nueva, no
porque no mereciera consideración sino para no apresurar
comentarios. A título privado, se reunió urgentemente el gabinete
con un sólo asunto a tratar: el de la ausencia de muertos. El
presidente y sus ministros contemplaron la posibilidad de vivir y
de gobernar eternamente. Algunos quisieron cambiar de tema, pero
estaban todos muy alterados. El Ministro del Interior pretendió
sacar la fuerza pública a la calle para desbaratar los corrillos,
no fueran a tornarse los comentarios y chascarrillos en
conspiración contra las libertades. El Presidente del Gobierno
prohibió, con enojo, cualquier clase de represión ni de palabra ni
de hecho y soltó un discurso sobre la libertad de expresión que sus
ministros ya habían oído. Como no llegaban a ninguna
determinación,
decidieron esperar acontecimientos.
****
La casa de Carmen Rivero, hija que fuera del difunto Jacinto
Rivero, el último muerto oficial de la capital de España, se vio
asaltada por los periodistas desde primera hora de la tarde. Carmen
invitó a cerveza y a galletas y habló con agrado de la muerte de su
anciano padre. Charlatana como era, narró con detalle la larga
enfermedad del fallecido. El hombre que se iba apagando con la edad
(murió a los 100 años)... Un ser que, aunque era ya prácticamente
un vegetal le servía de compañía... Un hombre meticuloso en
extremo, amante de sus derechos y obligaciones, amante de las
ventanillas y de las reclamaciones... Y lloraba...
****
Tan pronto como María Pita, la coruñesa residente en Madrid,
abandonó Radio Europa, telefoneó a su anciana madre a su ciudad
natal. María Xinzo tomó un tren y a las 23,35 horas era saludada
por su hija desde el andén en la estación de Chamartín.
María Luisa Estaca, madrileña, residente en Marbella,
conocedora de la gran noticia, cerró la casa, hizo las maletas,
tomó sus bártulos y, con su fiel criada, partió hacia la capital,
dijo que para orear la casa de Madrid.
María Xinzo por el norte y Mª Luisa Estaca, con su
acompañante, por el sur, fueron las primeras personas en llegar a
Madrid a causa de la inexistencia de muertos.
Nuria Soldevila y Monserrat Dexeus, catalanas en visita a la
capital, decidieron prolongar su estancia hasta lo que les
alcanzara el dinero.
****
En el sindicato Junta Obrera la noticia constituyó un
revulsivo. Amado Gómez, su secretario general, reclamado a
primerísima hora por los muchachos de la prensa a expresar su
opinión, manifestó su disgusto por la misma.
Amado Gómez había venido a la sede del sindicato y en el
autobús había asistido a múltiples muestras de alegría y ya, en la
rueda de prensa, se había expresado con lo primero que le vino a la
boca, sin consultar a los miembros de la ejecutiva, que llegarían a
media mañana. Había dicho que el evento era una invención de la
derecha y que, de ser cierto, constituiría una nueva desgracia para
la clase obrera que se vería obligada a trabajar por los siglos de
los siglos. Que los compañeros que no habían fallecido en los días
anteriores habían dado muestras de insolidaridad, cerrando el paso
a las generaciones jóvenes que ansiaban un puesto de trabajo.
Añadía que si los obreros se tornaban inmortales los problemas de
la clase obrera también lo serían. Sostenía que aquella posible
eternidad no traía pareja la ociosidad, puesto que los compañeros
habían trabajado los días anteriores, y que más labor no querían.
Conforme discurría la mañana e iba llegando mayor información
a la sede central de Junta Obrera, Amado Gómez se percataba de
que
había equivocado su postura. Se había precipitado, había errado
porque sus palabras se alejaban cada vez más del sentir popular que
se observaba en la calle donde reinaba una alegría inusitada, un
jolgorio general. Y pensaba que se reuniría la ejecutiva y los
miembros de la mesa se convertirían en sus ejecutores, pues en la
mesa tenía amigos y enemigos, más enemigos que amigos. Y ya
veía a
Carlitos Gallo, su delfín, el aspirante a ocupar su puesto, varias
veces licenciado, enfatizando, con su voz grave, que estaba viejo y
anquilosado y que ya no conectaba con el pueblo.
Y, en efecto, reunida la ejecutiva, Carlitos Gallo señaló con
el dedo al secretario general y, con voz inquisitiva, acusó al
bueno de Amado de hablar demasiado por aquella boca que cada
vez
decía mayores disparates; ahora en contra del pueblo, cuando el
sindicato estaba siempre con el pueblo en respuesta a que el pueblo
había estado con el sindicato y en contestación a la confianza de
las bases sindicales, formadas por gente del pueblo que casualmente
llenaban las calles de la villa en una muestra de alegría
inequívoca e imparable. Y terminó diciendo que era menester reparar
las palabras de Amado Gómez y que había que convocar otra rueda
de prensa.
Durante la acusación de Carlitos Gallo, todos los miembros de
la mesa evitaron la mirada de Amado Gómez. Unos miraban al
techo,
otros al infinito. Segundo Fernández, el hombre de mayor edad de la
directiva y compañero de fatigas y de cárcel (en el régimen
anterior) del actual secretario, se comía las uñas y parecía querer
esconderse debajo de la mesa.
El secretario se quedó solo y, sin pensarlo dos veces, pidió
la palabra y dijo que, en efecto, se había precipitado y actuado en
solitario porque a las siete de la mañana ninguno de los presentes
se encontraba en el sindicato y la prensa acuciaba pretendiendo una
declaración sobre la gran noticia. Y siguió sosteniendo que la
nueva no le parecía buena noticia sino desastrosa y de
consecuencias incalculables y, tal vez, indeseables, pues que si se
constataba ese hecho, inimaginable o mágico o religioso, la Iglesia
Católica alcanzaría enormes cotas de poder contra las cuales la
clase obrera ya había luchado. Acabó diciendo que presentaba su
dimisión irrevocable. Después se puso patético, recordó los
servicios prestados al sindicato y a la sociedad en general en,
durante y después de la dictadura, en la clandestinidad y en la
libertad, a los amigos y a los enemigos y, cuando consideró
terminada su jefatura, una l grima acudió a sus ojos (había
pensado muchas veces en ese momento, pero en su imaginación
no
lloraba). Se limpió los mocos, se aclaró la voz y concluyó que nada
trajo y nada se llevaba, y abandonó la sede del sindicato. Varios
reporteros, entre ellos Luis Manrique, acompañaron a su casa a
aquel hombre derrotado.
Al día siguiente, la dimisión de Amado Gómez ocupó también
las primeras páginas de los diarios de toda la nación.
****
Los hospitales y clínicas privadas sufrieron la invasión de
los periodistas, que recababan explicaciones científicas al hecho
de la ausencia de muertos. Se dijeron muchas cosas, unas
aceptables, otras imposibles. Tonterías y no tonterías. Los
entrevistados coincidieron en que el suceso no tenía precedentes en
la Historia de la Medicina, y hablaban de lo evidente: que era
pronto y aventurado conjeturar, que habría que esperar
acontecimientos.
En todos los hospitales y clínicas de la villa se certificó
el hecho de que no había muertos en once días y la alegría en las
calles aumentó y en los centros de salud se relajó la disciplina.
Mariano Lafuente, gerente del Hospital 12 de Octubre, sabedor
de la noticia, ocupó su despacho a mediodía y se vio asaltado por
los chicos de la prensa. Como director tenía que decir alguna cosa.
Empezó con los antecedentes desconocidos, reconoció que el
hecho
era cierto y habló de que el suceso podía ser una casualidad y que
habría que esperar, pero a los periodistas aquella explicación les
pareció pobre. Lafuente, que los remitió al Ministro de Sanidad,
pues no sabía ya qué decir, se agarró al tema del último muerto
que, como se sabe, falleció de muerte natural. Pidió el historial
clínico de Jacinto Rivero Hinojosa y leyó a todos: Jacinto Rivero
Hinojosa, fallecido por paro cardiaco a las 23,30 horas del día 19
del corriente mes, asistido por el doctor Lope de Lis. Y mandó
llamar al colegiado.
Lope de Lis informó que el difunto Jacinto Rivero era un
viejecito diminuto que ingresó por amago de infarto. Que el hombre,
en principio, pareció recuperarse aunque por precaución lo dejaron
ingresado, luego le sobrevino un paro cardiaco y murió.
La historia de Jacinto Rivero sería ampliamente comentada en
días sucesivos, tanto el relato del doctor Lope de Lis como el de
Carmen Rivero, hija del interfecto.
****
La prensa diaria del siguiente día comentó la noticia con
precaución, salvo Alfa Cuatro que publicó una encuesta de 1033
personas entre 16 y 65 años o más, varones y mujeres al cincuenta
por ciento. A la pregunta “¿Qué piensa usted de la inmortalidad?"
la respuesta fue masiva. Todos los entrevistados conocían la
noticia y de la encuesta desaparecía el epígrafe "no sabe, no
contesta", algo inusitado en un muestreo. La editorial firmada por
Mario Sibilo deducía y aducía que se trataba de la noticia del
siglo y, caballero, felicitaba a Luis Manrique, y terminaba
deseando a sus lectores feliz eternidad.
Las revistas de información general y las del corazón,
pidieron opinión sobre el suceso a los famosos del momento, con
ello duplicaron o triplicaron ventas.
Pero el espectáculo se desarrollaba en la calle. Los
habitantes de Madrid y los que ya comenzaban a llegar
manifestaban
su alegría en cualquier lugar, de tal manera que era entretenido
pasear por cualquier parte. En las aceras la gente bailaba y
cantaba. Se paraba la circulación en las calzadas y los
automovilistas se sumaban al festejo general.
Y, con tanto barullo, empezó a cundir el desconcierto. Los
moradores no estaban acostumbrados a convivir con la inmortalidad
y
tenían que aprender. Los hombres buenos desempeñaron un gran
papel
en aquellos primeros días, ya que crearon milicias urbanas que
guardaban el orden y detenían a los saqueadores de comercios y
almacenes. Gracias a su mediación se evitaron varios intentos de
suicidio y hasta de asesinato, pues estaban en todas partes,
acompañando a los enfermos a los hospitales o dando de comer al
hambriento o de beber al sediento o poniendo paz en las peleas que
se suscitaban por abuso del alcohol en aquella fiesta permanente; o
recomendando en todas las esquinas a sus semejantes que comieran
con parquedad hasta que estuviera Madrid organizado, para evitar el
hambre del futuro; o aconsejando a los hombres y a las mujeres que
refrenaran el ardor de sus partes bajas y que pusieran medios para
no incrementar la población.
Mucho más hubieran hecho las gentes de bien de no verse
sorprendidos por una avalancha humana que los dejó reducidos a la
nada y a la inoperancia por falta de espacio vital. Luego, se diría
de ellos que como personas de orden que eran, no deberían haber
consentido la anarquía que se produjo con el primer asentamiento y
se les acusó de no haber planificado la eternidad y de que debieran
haber encarecido a los inmigrantes que no vinieran con las manos
vacías. Pero no hubo tiempo de hacer nada, la inmortalidad se
presentó de repente y sorprendió a todos, y aquellos hombres y
mujeres hicieron lo que pudieron, demasiado incluso, pues que en
los primeros momentos de la inmortalidad cada uno iba a lo suyo,
tratando de asegurarse alguna cosa para comer y un lugar para
vivir.
****
(Notas y diario de Odilón de Ana, escritor:
- Un extraño y extraordinario sentimiento de hermandad surge entre
todas las gentes que vienen y los habitantes de derecho.
Absolutamente necesario para que no haya muertes.
- El que tiene algo lo da a quien lo pide o lo necesita. Porque sí.
De momento, no encuentro la causa. Veremos.
- ¿Empiezo el relato trayendo el gentío a Madrid o cuándo ya está
asentado y lo narro luego la peripecia?
- Dios tiene que ver mucho con mi historia. No sé cómo todavía. O
tal vez el Diablo tenga que ver con ella. Quizá deba escribir de la
Parusía...
Diario (10 de abril):
Está dándome miedo la idea. Es complicada. No veo el final.
Cierto que puedo continuar con la inmortalidad eternamente. No s‚.
La posibilidad del recién nacido la he abandonado, bastantes
complicaciones tengo ya con ésta.
He de tomarme un respiro. Llevo doce días sin salir de casa,
escribiendo como loco, sin ver ni hablar a nadie. He de consultar
el argumento pues, quizá pierda el tiempo. No sé, he escrito
demasiadas novelas como para tomarme ésta con tanta prisa. Tal
vez, debiera probar y escribir algún fragmento.)
****
El año de la Inmortalidad. Autor: Odilón de Ana. Fragmento a
ensamblar en la trama:
"En provincias, la buena nueva pasó práticamente
desapercibida, salvo en medios oficiales de la Generalitat de
Catalunya. Luego, se conoció que Joan Castell, Presidente de la
Generalitat, a media tarde exclamó: ¡Collóns!." Ojo, lleva
acento?
(Ojo, consultar las palabras en catalán y tal vez quitar el
taco. No. Dejar el taco y continuar poniendo. Las novelas españolas
están llenas de palabrotas).
"Lo dijo a media tarde, cuando unos cuantos miembros de su
gabinete le informaron de que Madrid estaba paralizado por una
noticia insólita y hablaron con minucia de los once días sin
muertos; de la alegría que reinaba en las calles; de la esperanza
de vida y de la baza que, de repente, llegaba a manos del gobierno
central. Entonces fue cuando Joan Castell dijo lo que dijo. Dicho
que sería muy comentado en medios madrileños por la rivalidad
secular entre ambas capitales.
Veinte días después, cuando ya se había iniciado masivamente
el éxodo de Barcelona y otras ciudades catalanas, el Presidente de
la Generalitat estaba muy jodido y, otro tanto todas las
autoridades autonómicas, provinciales y locales de otras
comunidades. Pues la noticia cruzó ríos, valles, secanos, subió
montañas y pasó fronteras y océanos. Y, lo más importante, caló en
gentes de toda clase y condición.
En provincias, se oía y se leía que en Madrid no se habían
producido otras defunciones y que era una fiesta desde el día del
evento. Que la ausencia de la muerte había traído la felicidad. Que
había terminado la delincuencia callejera. Que andaban todos
hermanados y que imperaba un espíritu de cooperación
excepcional".
(Desarrollar idea del hermanamiento).
****
En provincias fallecía la gente con la naturalidad de
siempre y en Madrid no sólo no morían sino que se daban casos
extraordinarios o coincidencias sorprendentes. Apenas rebasado el
término municipal de la villa se registraron varios accidentes de
tráfico, uno de ellos con resultado de muerte. Tal fue el caso de
una joven de 19 años, fallecida pasados dos metros del lindero
municipal en la carretera N. VI. Un triste suceso que apesadumbró a
muchos corazones sensibles.
Algunas personas, incluso alguna autoridad local, quisieron
aprovechar el fatal accidente para terminar con una situación que
acababa de empezar y cuyo fin se presentaba muy incierto. Así,
Antón Sampedro, concejal del Ayuntamiento y miembro del
principal
partido de la oposición, se personó en el lugar del accidente para
demostrar que la joven muerta había fallecido dentro del término
municipal, y sacaba un metro y medía el asfalto, asegurando que las
lindes siempre habían estado poco claras.
Jorge Postigo, el alcalde, no se dejó amilanar. Ordenó a los
topógrafos municipales que midieran desde el kilómetro cero de la
Puerta del Sol hasta el 16,600 de la carretera N. VI. Se demostró
que la joven había fallecido fuera del término municipal.
El alcalde pudo pavonearse de presidir la ciudad más mirada y
admirada del mundo.
****
Los miembros del Gobierno Central, con su Presidente a la
cabeza, eran los mayores interesados en el discurrir del suceso.
Decían entre ellos que habían puesto España en el euro y que iban a
poner a Madrid en el mundo. Miraban hacia Barcelona, hacia París
y
hacia la sede del principal partido de la oposición con el pecho
henchido. Y todos los días recibían con ladina sonrisa el parte de
Aquiles Pérez, el registrador de muertos: "La situación continúa
igual".
La oposición, en el ejercicio de su derecho, cavilaba sobre
si el hecho de los muertos sería una añagaza del partido en el
poder que, a la sazón, había demostrado mil artes para las
componendas, embrollos, enredos y hasta para los embustes y
engaños, para que no pudieran celebrarse las próximas elecciones, a
punto de convocarse, y pregonaban que todo andaba desorganizado.
Que no se
podía tolerar que los trabajadores encandilados o encantados por la
situación abandonaran sus quehaceres diarios; y citaban cifras: que
cada día la renta nacional decrecía tantos y tantos millones e
instaban al gobierno con terminantes palabras a que impusiera su
autoridad o dimitiera.
Mientras, el ejecutivo que surgiera de las urnas, se plegaba
a la voluntad popular aunque, pasados 30 días de festejo y ante una
situación que no tenía visos de cambiar, dudara ya de la bondad del
suceso. Pues el Ministro de Hacienda traía todos los días cifras
que causaban espanto y anunciaban la bancarrota, y el Ministro del
Interior quería terminar a la brava con aquella situación y poner
en marcha su drástica proposición de días atrás.
Para Ramón Canales, Presidente del Gobierno de la nación, el
asunto, por una parte resultaba magnífico pues que con semejante
follón no se podrían convocar Elecciones Generales a Cortes, y él
seguiría de presidente, pero, por otra, comenzaba a tener mala
catadura. Enunciaba los números del
Ministro de Hacienda y decía que, en treinta días sin muertes, se
había malempleado un doceavo del producto nacional bruto, y sólo
se consolaba constatando que en provincias se continuaba
trabajando, a sabiendas de que se iban abajo las grandes cuentas,
máxime las referentes al déficit público que tanto le había costado
enderezar, y diciéndose que la Nación podía permitirse el lujo de unos días
de asueto colectivo.
Cierto que, por otra parte, pensaba Ramón Canales, el pueblo
de Madrid estaba entusiasmado, demostrando un contento general
carente de ideologías. Un alborozo que no tenía parangón con el
contento poselectoral, que era excluyente, pues no incluía a los
perdedores. Y se contemplaba a sí mismo de aglutinador de
ideologías y de presidente de todos los partidos políticos de
España, que terminarían siendo uno, el suyo.
Se decía que el pueblo estaba haciendo lo que quería hacer;
que estaba ejercitando su voluntad soberana; que esa voluntad
soberana no atentaba contra los preceptos constitucionales ni
contra las instituciones, y la daba por v lida, asegurando a sus
colaboradores que el pueblo estaba mostrando la felicidad que
llevaba en su corazón, y hacía votos para que muchos corazones
hicieran uno solo y enorme que fuera el corazón español.
Y, recordando sus primeros tiempos de militancia en la derecha,
como siempre hubiera querido militar en un partido de izquierda, por la
cosa de la “progresía” y para hacer la revolución, glosaba la aguda frase
que había escrito Luis Manrique,
ahora ya redactor- jefe de El Día de Madrid, en editorial: "Los
habitantes de Madrid se han contagiado con la fiebre de la
alegría", y aún la mejoraba y hablaba de la "revolución de la
alegría"; es decir, de la revolución de un pueblo entusiasmado que
se lanzaba a la calle para celebrar cada día el milagro de los
vivos. Una revolución atípica, ciertamente, y, como nadie ni sus
ministros ni sus asesores le explicaban lo que no tenía
explicación, comenzaba a desbarrar, le entraba dolor de cabeza y
ordenaba analizar el aire no fuera que cada metro cúbico no se
compusiera ya de dos partes de oxígeno y una de nitrógeno.
Ni doctores ni autoridades ni asesores ni amigos ni parientes
ni paniaguados ni sabios reconocidos ni por reconocer le aclaraban
a Ramón Canales el hecho de los muertos. Como se negaba a
escuchar
comentarios de tipo religioso o mágico, asegurando que Dios tenía
demasiadas cosas que hacer y que magias no había, le decían que no
tenía
explicación y que no había antecedentes conocidos. Canales, aunque
había sido apoyado por unos, aupado por otros, votado por el pueblo
y nombrado Presidente de la nación, no encontraba ayuda ninguna
para resolver el agudo problema planteado. Estaba solo y, aunque
tenía muchos años de militancia política en
la democracia, cuatro de presidencia del ejecutivo (lo que
equivalía a un doctorado, a lo que sumaba su
carrera de Derecho y de Ecónomicas), se sentía incapaz de
solucionar la
situación. Y en su fuero interno se decía, como hombre del 68 que
le hubiera gustado ser de haber tenido edad suficiente, que ya era hora de
que volvieran las revoluciones. Tanto
conformismo y tanta mandanga, ya era tiempo de que el pueblo
expresara su voluntad en la calle.
****
En todo este entretanto, la Iglesia Católica guardó un
silencio cautelar. El Cardenal Primado de España, Monseñor Ortigas,
que residía en Toledo, comoquiera que allá todo continuaba igual,
ignoró la situación y remitió el caso a la Conferencia Episcopal.
Ésta, como se reunía una vez al mes, dilató el asunto para la
próxima convocatoria. Pero el problema lo tenía y lo sufría
Monseñor Vargas, el Cardenal-Arzobispo de Madrid-Alcalá.
Periodistas, autoridades, colegas, curiosos y meapilas llenaban su
antesala.
Monseñor Vargas, mediante fax, se dirigió al Santo Padre, le
contó todo y pidió consejo. La respuesta de su Santidad, Honorio V,
no se hizo esperar. Le contestó: "Enhorabuena, elevamos nuestras
plegarias para que el suceso, grato a la Providencia, sea extensivo
a otras partes del mundo. Dios sea loado".
A los cuarenta días del hecho de los muertos, su Eminencia,
el Cardenal- Arzobispo, entregó el telegrama de su Santidad a la
prensa tratando de vaciar su antesala; en vano, pues la presión se
incrementó.
Y, para empeorar las cosas, una vidente de San Lorenzo del
Escorial aseguró que había visto a la Santísima Virgen María
peinándose en el Canal de Isabel II. Estebanilla González narraba
su singular visión, en exclusiva, para la revista Corazón Express,
decana de la prensa del corazón. Y contaba que la Virgen María
estaba a orillas del Canal, mojando el peine en el agua y pasándolo
por sus cabellos de oro y haciendo carantoñas al Niño, envuelto con
un pañal a sus pies: chiss, chiss, bonito, chiquito... Todo eso
había visto y oído Estebanilla González a orillas del Canal de
Isabel II (o acaso fuera el Lozoya), mientras los ángeles del Señor
entonaban cánticos de alabanza: ¡Gloria, gloria!, gritaban, y una
blanca carroza, tirada por un gran número de blancos caballos
alados, esperaba a gentes tan principales. Ante la beatífica
visión, Estebanilla González se arrodilló y pidió perdón por sus
pecados y por los de todo Madrid; porque a Madrid había llegado la
bendición divina a través del agua de los grifos y ¡bendita sea
María y el Santo Niño!, gritaba Estebanilla y se ponía roja,
eso escribía Luis Manrique en un artículo.
Monseñor Vargas decidió no hacer comentario alguno aunque
tuvo noticia de que un paraje del Canal se había convertido en
lugar de peregrinación con la vidente en trance.
Cierto que no terminaron con Estebanilla y sus éxtasis las
penas de Monseñor. Cuando pareció calmarse un poco el asunto
del
Canal, un pastor del Ventisquero de las Guarromillas, no lejos del
Puerto de Navacerrada, proclamó a los cuatro vientos que había
visto orinar a dos ángeles en el sitio donde se dividen las aguas
del Lozoya.
Un clérigo rompió el silencio. Juan de Obón, Obispo de
Astorga, la máxima autoridad en ángeles del país, aseveró en un
furibundo artículo que publicó El Día de Madrid que los ngeles no
sufrían ni gozaban de necesidades fisiológicas y que la Santa
Virgen no tenía necesidad de peinarse porque estaba compuesta a
toda hora, y que, en consecuencia, el pastor de las Guarromillas y
la vidente de El Escorial mentían descaradamente. Después citó a
los Santos Padres y a los Escolásticos y los glosó ampliamente.
Con un aliado en Astorga, el ánimo de Monseñor Vargas
mejoró
un tanto, hasta que el Ministro de Cultura, cuya inoportunidad era
reconocida en todo el país, en entrevista concedida al diario Alfa
Cuatro se expresó así: "¡Cuarenta días y no se muere aquí ni
dios!".
El disgusto que llevaba Monseñor. Más de 25 años de
democracia y nunca las autoridades habían atropellado el nombre de
Dios, no se habían ocupado de Dios. Y, mientras comentaba tanta
desgracia con su secretario particular, se le aceleraba el corazón
y aseguraba que no le importaría, el Señor le perdone, ser el
primer muerto en cuarenta días y terminar con el encantamiento o
con el milagro.
Al día siguiente, la Conferencia Episcopal
en nota de prensa, respondió a la insolencia o a la inconsciencia
del Ministro de Cultura, diciendo que Dios era el único ser
inmortal del universo, amenazó con
los terrores del Santo Libro del Apocalipsis y parafraseó a los
santos doctores, y hasta trató de explicar lo inexplicable, la
esencia y la existencia de Dios. En los días venideros, la radio
de aspiración católica tuvo que llamar al orden a varios prelados y
a varios feligreses, sobre todo a quienes creían en el milagro del
agua de los grifos y habían de ser hospitalizados al beber en
exceso.
En desagravio a las palabras tan mal dichas del Ministro de
Cultura, el Cardenal-Arzobispo ofició una novena en la Iglesia del
Santo Cristo de Medinaceli, en la que no cabía un alfiler a Dios
gracias. El Cardenal Primado no asistió al acto religioso, alegó
indisposición. La enfermedad del Primado duraría mucho tiempo.
Monseñor Vargas estuvo solo para afrontar una situación
desconocida, quizá irrepetible, si bien, cierta, en la que los
milagreros y los disparates abundaban y la prensa acuciaba.
El Cardenal- Arzobispo comentaba con su secretario que el
pueblo parecía enloquecido con pastores y videntes. Que la
Santísima Virgen, el mismísimo Jesucristo y cientos de ángeles se
aparecían a las más extrañas gentes. El secretario le respondía que
todo eran contarellas e imaginaciones de las almas sencillas que,
con tanto revuelo, estaban sufriendo una muy grande impresión por
el hecho de los muertos y que todos querían ver algo y como no
sabían dónde, pues el suceso no tenía explicación por el momento,
los hombres y mujeres miraban a las orillas de los ríos y veían lo
que no había. Luego bajaba la voz para preguntar a su superior si
se trataría de un aviso del Fin del Mundo.
El Cardenal- Arzobispo hacía como que no había oído la
última parte y asentía a la primera. Así, se conformaba por unas
horas hasta que una nueva aparición venía a revolver en su corazón.
Le conmovió especialmente, la versión que diera Primo Jimeno,
vaquero de la localidad altoaragonesa de Siresa. Una patraña llena
de ternura. Oía su Eminencia en un noticiario de televisión que
Primo Jimeno
ascendía corriendo en pos de una vaca la trocha de Gabardito
cuando, al doblar el camino, topó se con una carroza magnífica
sostenida por ángeles y sobre ella una bellísima mujer. La bella,
al ver a Primo, descompuesto por la fatiga ordenó a sus servidores
buscar la vaca perdida y preguntó al vaquero su nombre. Primo se
asustó e hizo ademán de huir, pero la mujer le sonreía y le decía
sin decir, sin utilizar palabra alguna, que era la Madre de Dios,
la Virgen María. Aseguraba el vaquero que los ángeles encontraron
el animal perdido enseguida y ya tuvo que marcharse, aunque se
hubiera quedado muy a gusto con la señora que, además estaba
muy
buena. Añadía que cada mañana, al albor, la Virgen atravesaba los
Pirineos con su carroza de flores para llegar a Madrid a media
tarde y peinarse en un río y aparecer bien compuesta, según se oía
por ahí.
Monseñor Vargas se arrodillaba en su oratorio y suplicaba a
la Virgen de la Almudena le aclarara las ideas. Pero los videntes,
Estebanilla González y Nuño Salido, el pastor de las Guarromillas,
eran constantemente entrevistados en las radios y los periódicos, y
hablaban de las muchas gentes que recorrían el curso del
Manzanares
en busca de los santos ángeles de sus visiones. Aseguraban que las
criaturas angélicas que ellos veían iban vestidas con ropas
sacerdotales de un blanco purísimo, que sus ojos parecían teas
encendidas, que tenían pies de león y unas pequeñas alas en los
tobillos. Monseñor reproducía en su mente la bóveda de San Vital en
R vena y la capilla de San Zenón en la Iglesia de Santa Práxedes de
Roma y le sobrevenían ahogos.
****
Odilón de Ana. El año de la Inmortalidad. Fragmento.
"Muy pronto aumentó considerablemente la población flotante
de la capital de España. Se presentaron gentes de otras autonomías,
de otras naciones y de todas las razas. Nadie imaginó que aquella
población se convertiría en estable. Para algunos esa carencia de
imaginación constituyó un terrible fallo del gobierno.
Parecía que la capital era un lugar de acogida, un nuevo
F tima. Las carreteras de acceso estaban colapsadas. El tráfico,
detenido a causa de la multitud de vehículos que quedaban
abandonados en la vía pública. Familias enteras tenían que dejar ya
sus automóviles en Aranjuez o en Alcalá y, después, en Medinaceli o
en Manzanares y continuar a pie. Los trenes dejaron pronto de
circular. El Aeropuerto de Barajas se cerró.
Las gentes, como llamadas por una fuerza centrípeta, acudían
de los cuatro puntos cardinales a tornarse inmortales. Se alojaban
en un hotel, en una fonda, en un portal, en un coche abandonado y
se sumaban a la fiesta de la eternidad.
El Presidente del Gobierno Central se mostraba entusiasmado
con lo que había dado en llamar la "Revolución de la Alegría". El
personal lo vitoreba cuando andaba por las calles. ¡Ah, por fin, se
cumplían los sueños del Presidente, tanto vilipendio por cualquier
nimiedad y ahora vítores!.
Pero, como era la despoblación de la periferia, en Madrid a
duras penas se consiguió establecer unos caminos de ronda para el
suministro de alimentos y otros artículos de primera necesidad. Por
orden del Ministro del Interior se sacaron los automóviles y los
camiones a las cunetas y el ejército se ocupó del abastecimiento.
Se citaban cifras de inmigración muy dispares, mientras unos medios
de difusión hablaban ya de millones, otros continuaban hablando de
cientos de miles, pero ninguno hablaba ya de millares; de donde se
deducía que los llegados eran multitud.
Cuando Matías Foz, que venía caminando por la carretera de
Andalucía, llegó a las casas baratas de Villaverde Alto, quiso
volverse a Ja‚n con su familia y bultos, pues le pareció que la
vida que le prometiera su mujer, Carmelina Gómez, era imposible
de
conseguir. No se podía pasar más allá . Su esposa tuvo que
emplearse
a fondo, prometerle maravillas y susurrarle al oído cosas que no
son de decir. Tras mucho esfuerzo, el matrimonio jiennense con sus
hijos se instaló en una tapia de la Sacramental de San Justo).
****
Los residentes comenzaron a sentirse incómodos. Se decía que
Madrid y sólo Madrid y sus habitantes de derecho habían sido
favorecidos por Dios o por los hados o por la circunstancia; que si
Dios hubiera querido favorecer a toda España, lo hubiera hecho,
puesto que tenía poder para eso y m s; pero que sólo había querido
hacer favor a los habitantes de derecho, no a los de hecho. Y
solicitaban a los recién instalados que tornaran a sus lugares de
origen.
Esa era la tesis que sostenía don Marcial Campos, Académico
de la Española, desde la primera página de El Día de Madrid, pues
era asmático y se ahogaba con tanto gentío. Pese a que muchos le
contestaron que no era solidario y otros, menos, que no era
cristiano, casi todos los habitantes estaban con don Marcial y
decían que Madrid era suyo y pedían la marcha de los forasteros.
El académico de acerada pluma reconocía desde su tribuna que
Madrid
era una ciudad mala para cuatro millones de habitantes y mucho peor
para diez millones. Aseguraba que morirían todos de hacinamiento y
amenazaba con marcharse a Zaragoza a tomar los aires del Moncayo.
Luis Manrique le contestó con acritud desde el mismo diario:
"R.I.P., váyase a morir el ilustre académico a Zaragoza",
haciéndose eco del sentimiento popular, defendiendo a las gentes
que en su traslado a Madrid abandonaron hogar y posición, y gritó
que formaban parte del pueblo, el mismo pueblo que constituía la
población de derecho de Madrid. Las voces callaron, aunque los
venidos eran multitud.
****
En la Casa Real también se guardó silencio. En ella sucedió
lo que en otras casas e instituciones y organismos, que nadie sabía
qué hacer ni qué decir. Consultados sabios extranjeros y del propio
país, y toda suerte de asesores, como ninguno daba explicación
alguna y, además, el pueblo soberano estaba muy contento llenando
calles y plazas, no se tomaron determinaciones.
El Rey del reino, pasados cuarenta días sin muertos, se decía
que habría de tomar una decisión particular, a lo máximo familiar.
Hablar y hacer por sí solo y no por todos, puesto que buena parte
de la población española estaba ejercitando su soberanía en la
capital. Y él, aunque era soberano de todos, no quería interceptar
otra soberanía más grande.
Manuel II meditó, consultó con la Reina Ana y sus hijos
menores y llegó a plantearles su deseo de trasladarse a Toledo
para dar ejemplo y que, así, remitiera la avalancha humana. Y, en
efecto, un camión de mudanzas paró a la puerta del Palacio de la
Zarzuela y cargó lo indispensable. La familia real se instaló en el
Palacio del Cardenal Tavera en la ciudad del Tajo y, pocos días
después, su residencia madrileña era también tomada por los
inmortales para lugar de asentamiento.
La acción real fue muy comentada en todos los medios de
comunicación. Los periodistas, al unísono, elogiaron que el Rey y
su famila abandonaran Madrid para dar ejemplo, asumiendo el
riesgo
de la muerte. E iniciaron una campaña aclaratoria, porque la
estadía en la capital era cada vez más problemática y comenzaban a
escasear los alimentos y, de continuar la avalancha, pronto
reinaría la miseria. La campaña aseguraba que no estar presente en
Madrid no implicaba una muerte próxima, sino que cada persona
fallecería cuando le llegara la hora, ni antes ni después.
Pero en ningún pueblo de España se atendía a estas razones.
Las buenas gentes hacían las maletas y emprendían viaje, puesto que
la villa estaba exenta de la muerte por algún fenómeno inexplicable
pero cierto e iba ya para cincuenta días.
****
El Presidente del Gobierno Central pensaba ya que era
imposible detener el movimiento migratorio pues que tenía un
dinamismo semejo al de las aves; a lo máximo, si tomaba medidas
represivas, conseguiría retrasarlo un poco y perder las próximas
elecciones. Recordaba la Revolución Rusa, la Francesa y otras
muchas, y sentenciaba que las revoluciones son "el pueblo en
marcha". Y, en efecto, eran todos los pueblos de España los que
venían hacia Madrid.
Él, el Presidente, se encontraba en la cima de su
popularidad, y ya desde que tuviera uso de razón había pretendido
hacer una revolución que igualara a los pobres y a los ricos. Otra
cosa es que en su primer mandato, no hubiera
podido hacerla por las circunstancias, por una serie de factores
encadenantes o desencadenantes o concatenantes (que sólo pueden
apreciarse desde los poderes más altos), y que parecen tener vida
propia y entorpecen y soterran las ideas punteras de la doctrina de
un partido. Pero, en su segundo mandato presidencial a punto de
comenzar, por prórroga automática prevista en la Ley, no estaba
dispuesto a desaprovechar la ocasión, pese a que hubieran
desaparecido las ideologías de izquierda, pese a que no hubiera
ninguna filosofía; además, no podían dejarlo todo, pues él y los
suyos se habían acostumbrado a ciertos lujos. Al contrario, vería
el modo de sacarle partido a aquella alegre revolución.
****
La aguda frase del Presidente: "La revolución de la alegría"
fue muy celebrada por todos los causabientes del gobierno, salvo
por el Ministro de Hacienda que amenazó con dimitir. Los
miembros
del gabinete pretendieron hacerle comprender que no podían ejercer
medidas de fuerza contra la voluntad del pueblo y que estaban con
el pueblo; que siendo el hombre residente en Madrid presuntamente
eterno, nadie podía pasar la eternidad trabajando, y pretendían que
lo entendiera y que se sumara a la alegría general.
****
Y no había ya gobierno. Pues, para que existiera, era
necesario que los gobernados estuvieran en sus puestos, cada uno en
su trabajo, creando riqueza, pagando impuestos, haciendo España.
Pero tampoco había desgobierno ya que la ausencia de muertos
había
traído alegría y un extraño sentimiento de hermandad, pese a lo
anómalo de la situación. Porque se habían ocupado las vías
públicas, las calles estaban cerradas al tráfico y ya no se
respetaba nada; se habían ocupado los pisos vacíos sin ejercitar la
violencia; se habían levantado chabolas y tiendas de campaña, y
seguía viniendo más y más gente cuando ya en el término municipal,
era muy difícil caminar.
Ese extraordinario sentimiento de hermandad había sido ajeno
a los pueblos hasta este momento, salvo en circunstancias muy
determinadas y muy graves. Impera la solidaridad en casos de
inundación, de secuestro o de desgracias familiares aireadas por la
prensa, pero no en la vida cotidiana, donde, además de la prisa del
siglo, reina el desinterés por los demás.
Cierto que la vida de los madrileños y de todos los sedientos
de vida que se habían instalado en la capital para iniciar la vida
de inmortales, era de todo menos cotidiana. Desde el comienzo del
asalto se faltó al trabajo y no había apenas escándalos ni peleas
callejeras ni robos ni accidentes ni desgracias ni, por supuesto,
muertos.
Pronto se cumplirían cien días. Para algunos pareceres habría
que tomar medidas pues era suficiente tiempo de desmadre pacífico;
para otros habría que celebrarlo. Ambas corrientes de opinión
recorrían la villa. La gente no se ponía de acuerdo, no podían
estar de acuerdo en todo.
Los sabios no habían sabido explicar lo inexplicable. Habían
dicho tonterías sin cuento y hablado de los astros, de las mareas,
de las corrientes marinas, de la luna roja de abril, de los objetos
volantes sin identificar, de una peste aviar que tenía lugar en
China, de las centrales nucleares, de la memoria genética, de las
motivaciones colectivas, de la Historia de España, y del fin y del
principio del milenio.
La explicación que daban los historiadores le parecía a Canales
la más hacedera. Esa cosa de que se equivocó Dionisio el Exiguo,
un monje de la Capadocia, que vivió en el siglo VI después de
Cristo, que, abandonando el calendario Juliano, creó otro basado en
el año de nacimiento de Jesucristo, que llamó año “uno”,
considerando el año anterior como año menos uno, pero olvidándose
del año cero, porque los números van: menos uno, cero y uno. Y sí,
Canales decía que aritméticamente sí, pero ¿qué virtudes tenía el
monje? ¿Tenía algo que ver con fin del segundo milenio y el inicio
del tercero?
El pueblo hablaba de que Jacinto Rivero Hinojosa, el último
muerto registrado, se había llevado el odio. Otros sostenían la
tesis del agua, teoría que defendían los videntes Estebanilla
González y Nuño Salido, el pastor del Ventisquero de las
Guarromillas, que continuaban viendo a Santa María Virgen
acicalándose en el río y a varios ángeles del Señor orinando. Ramón
Canales, el Presidente del Gobierno, seguía sosteniendo la teoría
del aire y había mandado analizarlo, pero siempre conseguía la
misma respuesta: dos partes de oxígeno y una de nitrógeno. Los
peritos del medio ambiente amenazaban con una próxima asfixia
urbana. Los máestaban por el milagro, pero el Cardenal-Arzobispo
de Madrid-Alcalá no se definía y el Primado estaba enfermo.
Al parecer, no se encontraba explicación a lo inexplicable y
la muchedumbre comenzaba a resultar agobiante. A los cien días se
inició una sorda lucha por el espacio vital. Y la gente de buena o
mala gana se apretó en sus casas y en las calles para que cupieran
otros m s. Alguno empujó, otros cruzaron airadas palabras, pero los
despropósitos fueron los menos puesto que si había que vivir una
eternidad, lo mejor era vivirla en armonía.
El Presidente del Gobierno fue honrado y, a los cuatro meses
del suceso, se dirigió al pueblo por televisión y dijo que, sin
pretenderlo, se había abolido la riqueza y la pobreza; que, por
primera vez en la historia, los hombres eran todos iguales; que
había desaparecido la riqueza; que ya la harían todos y para todos
cuando asumieran la inmortalidad. Y terminó preguntándose, ante las
cámaras, si quizá el Paraíso Terrenal empezaba en los Pirineos y
tenía su epicentro en el centro de España. Ramón Canales no pudo
terminar su discurso pues se acabó la transmisión por falta de
suministro eléctrico. La primera vez que ocurría.
****
(Odilón de Ana. "El Año de la Inmortalidad". Fragmento.
"El día en que, tras un corte general de luz, un sujeto tuvo
la idea de sentenciar que el apagón era el velo de la muerte que se
extendía sobre Madrid y la ocurrencia corrió, loca, de boca en
boca, el miedo se adueñó de los cuerpos y las almas de los
inmortales. Ya estaban por tierra todas las esperanzas de vida y
cada uno exclamó lo que le vino a la boca; y con la misma rapidez
que la alegría se extendió por las calles y las plazas el 28 de
marzo pasado, el miedo a la muerte ocupó los corazones de los
habitantes de Madrid.
Varios sacerdotes, anónimos hasta el momento, se confesaron
curas e iniciaron plegarias, coreados o sustituidos por las Marías
de los Divinos Corazones, las Hijas de la Santa Cruz, las Damas
Católicas de Arganzuela, a las que se unían las buenas gentes y
hasta los pecadores, pues la oscuridad era mucha y el miedo gritaba
por salir de los pechos.
Noticias singulares recorrieron la ciudad: súbitos
fallecimientos, ahogos, tembladeras, niños que lloraban; niños
voladores; una negra nube en forma de guadaña que se adivinaba en
el cielo. Y el miedo resultó imparable y contagioso. Las mujeres
fueron arropadas por sus maridos, los niños por sus madres. Corría
que la muerte, en sus representaciones, no tenía ojos y que, como
estaban tan apretados, pudiera confundirse y llevarse a uno por
otro.
Muchos hombres y mujeres lloraban. Otros gritaban y hacían
aspavientos o penitencia o se azotaban el cuerpo con correas a modo
de látigos. Fervientes oraciones de crédulos e incrédulos se
elevaban al Cielo, más piadosas que nunca, pues la muerte ya no era
natural.
Fue una noche aciaga. De repente, un viento frío se sumó al
miedo. Se sacó en procesión a la Virgen de la Almudena unos pasos,
lo que se pudo, pues el gentío abarrotaba la catedral, con gran
escándalo y temor del deán don Justo Pérez, porque iban a destrozar
la imagen.
La noticia salió de Madrid. Un barco próximo a efectuar su
entrada en el puerto de Cádiz cargado con emigrantes de Israel paró
máquinas y echó anclas, pues el pasaje acordó por unanimidad
volver
a su lugar de origen y a sus negocios, si en Madrid había muertos.
Pero no, todo fue una falsa alarma. Con el alba salió el sol
que no tardó en aportar calor y los cuerpos dejaron de temblar. La
luz aclaró la situación. Los presuntos muertos volvieron de sus
desmayos y la alegría tornó a las calles".)
****
Odilón de Ana. Diario:
"Ya tengo Madrid lleno de gente, y no s‚ qué hacer con ella,
e, incluso, se est produciendo el movimiento que doy en llamar
primer asentamiento urbano, pero no sé cómo resolver los
problemas.
Creo que entre los recién venidos y estables habrá de suprimir toda
violencia, so pena se vaya al traste mi idea y mi novela, puesto
que las multitudes traen arrebato y los atropellos muertos. No
puedo tener a toda la población cagada de miedo. ¡Concho!, tanto
discurrir y no tengo protagonista... ¿Haré un héroe?
****
Poco tiempo después del fragmento que antecede, un fastidioso
apagón de luz sorprendió al escritor venezolano desarrollando el
tema de un posible sentimiento de hermandad parejo a la ausencia de
muertos. Cerró la pluma y alzó la cabeza. Pensó que el sentimiento
era tan irreal como la idea inicial; que tendría que limitar los
argumentos en el tiempo y se descargó la conciencia asegurando que,
filosóficamente, todo lo que es pensable es posible; que no tenía
que explicar nada; que estaba fabulando y que los hechos ocurrían
porque sí; que él estaba inventando una historia irreal pero con
visos de verosimilitud.
Y, como durara tanto tiempo el apagón, se encaminó a la
escalera, abrió la puerta y tampoco vio luz, sin embargo le pareció
escuchar suspiros, acaso susurros o lloros o jadeos, cerró la
puerta con rapidez y se acostó en su cama amarilla.
Al día siguiente como la luz no había vuelto ni funcionaba
el termo de agua caliente, salió de casa y regresó súbito al
encontrar tanta gente apiñada en la escalera, las puertas de los
pisos abiertas, los comercios cerrados, las calles atestadas, las
calzadas y las plazas ocupadas por un inmenso gentío.
Odilón de Ana anduvo sin atreverse a preguntar qué sucedía.
****
Venía tanta gente por los cuatro puntos cardinales que Madrid
parecía un hervidero humano. No obstante, continuaba la alegría
inenarrable. Se hablaba de que el suceso constituía la primera gran
alegría nacional que hermanaba a todos los hombres, precisamente
porque nunca había habido un contento tan grande.
Sin embargo, dos mujeres, procedentes de Granada, lloraban a
lágrima viva en General Perón; decían que alguien se había comido
su gato. Acertaban en su juicio aquellas dos mujeres, pues faltaban
alimentos, pese a las requisas que se hicieran, y el ejército,
aunque voluntarioso, no era capaz de abastecer a tan creciente
población. El hambre había acabado con los perros, los gatos y los
animales del zoológico.
****
Pedro Botillo echó la persiana del bar cuando agotó las
existencias, todas, salvo el agua del grifo. Los habitantes que
hacían de los bares su casa, emigraron, muchos con l grimas en los
ojos, pues se acabaron los vinos, las copas y los cafés. Algunos
dijeron que una eternidad sin alcohol no saldría bien.
No obstante, en la ciudad, existió tráfico de alcohol, de
drogas duras y blandas y de medicamentos, hasta que los usuarios,
abocados en la escasez, comprendieron que, aunque peor, vivían
igualmente sin ellas.
****
Tras el primer apagón, cuando el Presidente del Gobierno se
quedó con la palabra en la boca, los cortes de luz se convirtieron
en frecuentes para llegar a ser perennes. La noche oscura campaba
en la capital. No hubo nada que lamentar puesto que persistía el
inusitado sentimiento de hermandad, salvo que se acabaron las
comunicaciones por red y por teléfono. Además, el verano no traía
las
calenturas inmisericordes de otros años. La meteoróloga Amalia
Quero explicaba en la calle de Velázquez que en Madrid la mínima
de
temperatura anual era de –10º y la máxima de 44,3º; que se daban
130 días despejados, 172 nubosos, 63 cubiertos y 95 de lluvia,
alcanzándose una pluviosidad de 420 litros por metro cuadrado al
año. Y no definía el año raro o la primavera eterna, como se acertó
a llamar. En cuanto a temperaturas, sacaba sus gráficos y aseguraba
que, desde el evento, la media era de 20- 22º en pleno agosto y con
una oscilación diurno nocturna de 4º. Lo nunca visto.
****
Todo lo que acontencía en la villa era extraordinario, pero
el hambre acuciaba y había muchas cosas por hacer: resolverlo;
legislar caminos de paso; repartir váteres; conseguir agua para la
limpieza personal y urbana, pues Madrid se estaba convirtiendo en
un sumidero; suministrar ropa a los moradores; asegurarse cada uno
su parte de eternidad aunque vivieran apretados; reprender a los
que tenían costumbres relajadas, pues bajo las mantas se adivinaban
situaciones poco edificantes para las buenas gentes; en fin,
ordenar la situación para vivir la eternidad.
Los inmortales pedían orden por las calles e insultaban al
gobierno que nada hacía. Había personas durmiendo en las cloacas,
en barcas en el Manzanares, en tumbonas instaladas de balcón a
balcón o entre árboles, en los tejados, en los garajes, en las
escaleras de las casas y de las plazas. Madrid era una ciudad de
cuento o un disparate. Y se pretendía que los que tenían la
responsabilidad de gobernar pusieran orden en el caos.
Ramón Canales, el Presidente del Gobierno de la nación,
atisbaba ya la posibilidad de enderezar la situación, por ello
convocó Consejo de Ministros. Los miembros de la ejecutiva
consiguieron llegar a duras penas al Palacio de la Moncloa y, una
vez reunidos, no había escribientes ni representantes de la prensa
que dieran a conocer sus determinaciones. A pesar de ello,
convinieron en que había que dar respuesta a las nuevas solicitudes
del pueblo soberano y guiarlo; que había que ordenar la anarquía
del primer asentamiento y preparar una estrategia para el reparto
de alimentos, de artículos de primera necesidad y servicios
urgentes.
Reconocieron que durante los primeros cuatro meses de
alegría, nada habían hecho, pero que era ya tiempo de poner las
cosas en su sitio y prever lo previsible: el hambre que se
presentaba. Que en ese tiempo sólo habían dictado un Decreto Ley:
el de los sueldos, que constituyó un éxito hasta que las empresas
se negaron a abonar los salarios a sus trabajadores y la Gran
Patronal concedió libertad de cierre a sus asociados. Solamente en
Cataluña se continuaba trabajando.
Era tiempo de tomar medidas y se puso en marcha el aparato.
Se dictaron otros decretos ley para el cierre de los accesos a
Madrid y de las fronteras. Se ordenó que abandonaran la capital
todos los foráneos menores de 60 años. Se castigó con grandes penas
de cárcel el mercado de lugares. Se aprobó realizar un censo,
establecer puestos médicos permanentes en todas las esquinas cada
mil metros. Y el decreto más importante: asignar un metro cuadrado
de suelo en usufructo por persona y día. Además, se estableció un
plan de emergencia, por el cual el ejército abastecería diariamente
de pan a todos los pobladores, añadiendo que si los soldados de
reemplazo desertaban se efectuaría una recluta general. Los
ministros, ante la inminente llegada del otoño, hacían votos para
que vinieran los fríos y con ellos la muerte para los ancianos y
los enfermos.
Las disposiciones del gobierno, aunque conseguirían días más
tarde un segundo asentamiento urbano, fueron muy contestadas por
la
opinión pública. Muchas personas insultaron a Canales llamándole
mal padre, mal marido y asesino, pese a que se vivía ya en una
aglomeración inhumana.
****
El segundo izquierda del n§ 2 de la calle de los Geranios con
vistas al Parque de la Ventilla, donde vivía Carmen Rivero, hija
del último muerto oficial, se convertía en santuario.
A los seis meses de su fallecimiento, Jacinto Rivero Hinojosa
era considerado santo por muchos pobladores de hecho y derecho
de
la villa de Madrid. Muchos, mujeres sobre todo, se personaban en el
lugar a llevar una moneda al santo. Las ropas del fallecido fueron
repartidas entre las buenas gentes.
La casa de Carmen Rivero fue respetada por todos y se
convirtió en lugar de peregrinación. En principio Carmen vivió
sola, pero luego se le unieron unas extrañas mujeres vestidas de
negro y muy tapadas que dijeron venir a abastecer las necesidades
del culto. Carmen las aceptó de mala gana y las cuatro santonas
enseguida se apoderaron de su casa y de su voluntad.
Las santonas organizaron un altarcillo en la habitación del
santo con una gran fotografía del mismo y cobraron entrada para
visitar el cuarto del muerto. Decían que para misas, que para la
beatificación. Quisieron repartir sus ganancias con la dueña de la
casa pero ella se negó a comerciar con la memoria de su padre.
Aunque Carmen no estaba conforme con su situación,
mismamente
como todos los propietarios de piso, lo sobrellevaba. Trataba de
desmitificar la presunta santidad de su padre. Expresaba sin
remilgos a las cuatro santonas que ella lo había disfrutado en vida
y que había sido cascarrabias y cicatero; que debía tener algún
pasado oscuro puesto que ella no conocía a ningún familiar ni tenía
noticias de sus antepasados de línea paterna. De su padre sólo
sabía que había nacido en La Carolina, provincia de Jaén; que
siendo joven se había trasladado a Madrid donde casó con su madre,
Encarna Maturen, que murió de fiebres puerperales. Desde entonces,
decía, Don Jacinto vivió en soledad, mandando y ordenando a la hija
lo que tenía que hacer y echando de casa a su único pretendiente,
un guapo mozo, fallecido ya. Su vida, la vida de ambos, había sido
amarga por las manías de Don Jacinto que había de hacer cada cosa a
su hora.
Las santeras la dejaban explayarse y le rogaban se sentara en
un sillón y dejara que las peregrinas le tocaran el vestido. Y
hablaban de San Jacinto Rivero, el más santo de los santos, que al
morir se había llevado la muerte.
A veces, a la casa de Carmen Rivero llegaban periodistas. Las
santonas no dejaban que Carmen los recibiera y la tenían rodeada de
locas que le ofrecían joyas y fortunas por una reliquia de San
Jacinto. Pero, un día las carceleras no pudieron resistirse, Luis
Manrique, director del diario Alfa Cuatro, único diario que
sobrevivía en Madrid, aunque muy menguado por la circunstancia,
pidió hablar y platicó con la hija del muerto.
l y su acompañante hablaron con Carmen de cosas extrañas. Le
dijeron que su padre Jacinto Rivero Hinojosa era descendiente
directo de José Mª Hinojosa Covacho, llamado José Mª el
Tempranillo.
Carmen Rivero, ignorante de su pasado familiar, no pudo
aclarar nada ni quitar ni añadir. Sus interpelantes insistían en el
tema y se extendían con ladrones de Sierra Morena y el tal José Mª.
La hija del muerto se hacía un lío y aseguraba que su familia era
pobre y honrada y que su padre desde que se asentara en Madrid no
había pisado Sierra Morena.
El acompañante de Manrique se expresaba con mucha autoridad
y
decía que José Mª el Tempranillo había nacido en Jauja, provincia
de Córdoba, en 1805, según consta en el registro parroquial de la
Iglesia de San José‚; que, al parecer asesinó a un hombre y se echó
al monte, llegando a ser bandido en Sierra Morena y cometiendo mil
desmanes. No obstante, decía el sabio cuyo nombre Carmen no
entendió: "Por esas cosas que pasan y que nadie entiende y que a
nada conducen, fue indultado por el amadísimo Rey Fernando VII
en
1832 y recuperado para servir al rey, pues se le nombró jefe del
Escuadrón Franco de Protección y Seguridad Pública para la
extinción del bandolerismo en Andalucía. Hasta que fue asesinado
por uno de su banda y enterrado en la parroquia de la Alameda..."
Carmen Rivero atajó la prédica del sabio diciendo que no veía
la ilustrísima de un bandolero y que quien a hierro mata a hierro
muere, pero no la dejaron intervenir en la conversación, y ya
iniciaban la plática del bandido generoso. Ella movía la cabeza. Y
el sabio continuaba con que José Mª Hinojosa Covacho, su
tatarabuelo, casó con Gerónima Francés. La cual alumbró un hijo
postumo de El Tempranillo, llamado José Mª Hinojosa Francés,
quien
casó con Araceli Reyes. Ambos tuvieron una hija, Gerónima
Hinojosa
Reyes, quien, casada con Juan Antonio Rivero Ruiz y, atención, que
aparecía el apellido Rivero, engendraron a Pilar y a Julia Rivero
Hinojosa, su abuela. Julia, la abuela, la bella de Montilla,
sostuvo amores ilícitos con un alemán de La Carolina, un tal Van
Hoffen, con el cual convivió sin pasar por la vicaría, por eso el
hijo de ambos Jacinto Rivero Hinojosa llevaría los apellidos de la
madre, de la bella de Montilla.
A Carmen Rivero le advino un mareo. No renegó de sus
antepasados pero pidió a sus visitantes que salieran y la dejaran
tranquila. Toda la labia de Luis Manrique, la del profesor Pintado
y la de las cuatro santonas fueron insuficientes para que la hija
del muerto sacara partido de su ilustre antepasado.
****
El diario Alfa Cuatro comentó en su única página la
ascendencia de Carmen Rivero, exponiendo una nueva teoría. La
ágil
pluma de Luis Manrique y las investigaciones del profesor Pintado
aseguraban que Jacinto Rivero Hinojosa, comoquiera descendía de
José Mª el Tempranillo, ilustre ladrón, había robado a la muerte su
capacidad de matar y se la había llevado, quizá, a alguna cueva de
Sierra Morena.
La documentada tesis no tuvo eco alguno porque había a miles.
Logró una cierta fama entre intelectuales la sostenida por Juan
Ciprés, oscuro historiador, que casualmente tenía en sus manos "La
Historia del Reyno de Aragón" del Padre Alonso Ovando de Isa,
comisario de la Santa Cruzada de Híjar, obra impresa en Barcelona
en el año 1608, con las debidas licencias y a costa de Miguel
Menescal, mercader de libros. El Padre Ovando dedicaba el libro a
Don Cristobal Fernández de Híjar, X duque de la estirpe, y a su
augusta esposa, Doña Ana de la Cerda.
El erudito citaba al fraile y sacaba a la luz un curioso
suceso acaecido en el monasterio de San Juan de la Peña cuarenta o
cincuenta años después del inicio de la Gran Peste en el Siglo XIV:
en la crónica del monasterio existía un largo lapso de tiempo entre
cuarenta o cincuenta años durante los cuales no se habían producido
muertes ni de frailes ni de legos y que, incluso, el monje Odemundo
había vivido más de cien años. Leía Ciprés en el "Libro del
Becerro" del citado monasterio, folio 12 vuelto: "A ocho días
saliente el mes de marzo de 1383 falleció en gracia de Dios
Odemundo a la edad de cien años, volviendo la muerte al cenobio".
Terminaba Ciprés asegurando que el Padre Ovando señalaba el
hecho como algo curioso y ya entraba en su propia teoría. Había
descubierto en la Biblioteca Nacional un extraño libro titulado
"Quaesita de morbo horribili perutilia" obra de Abu Abdalla
Mohamat
Ben Alkhathib, médico, nacido en Granada. Escrita en el año 1348,
año 749 de la H‚gira, que trataba de la peste y sus remedios. El
ejemplar hallado por el historiador era trasunto de otro anterior,
lo que venía a decir que en el citado monasterio se pusieron en
práctica los remedios del árabe con excelentes resultados como
narraba el Padre Ovando de Isa, cuarenta o cincuenta años sin
muertes, hasta el óbito del monje Odemundo.
Los oyentes de Ciprés se perdían y habían de aguzar su
ingenio para entender lo que el ponente debiera expresar con mayor
claridad: si se quería un remedio contra la ausencia de muertos
sólo había que poner las teorías del árabe al revés, puesto que sus
recetas habían servido para ausentar la muerte del monasterio
durante cuarenta años o más, si se seguían al revés volvería la
muerte.
****
Por fin, un médico se atrevió a dar una razón, su razón.
Carlos Merón habló entre colegas. Entre pocos colegas porque la
clase médica estaba ejerciendo su profesión en todas las esquinas y
plazas de la villa, pues donde había un médico, había un
consultorio. Porque Jacinto Rivero, el santo por antonomasia, se
había llevado la muerte pero no las enfermedades corrientes.
Carlos Merón, reconocido galeno a nivel internacional,
relacionaba el hecho de los muertos con San Jacinto y aseguraba que
todo había comenzado con el fallecimiento del susodicho. Decía
también que el suceso no tenía antecedentes conocidos y ya,
entrando en materia, explicaba lo que a su juicio venía sucediendo:
que un foco principal de infección en vez de manifestarse en fase
aguda, sin ninguna razón aparente, se convertía en crónico, o bien
que un primer foco daba paso a un segundo foco y así hasta el
infinito, de tal forma que desaparecía la fase aguda de las
enfermedades y estas se hacían crónicas, con lo cual las afecciones
resultaban menos aparatosas, aunque permanecían en el individuo
infectado socavando lentamente su organismo, mismamente como
antes
del evento. Cierto que la agudeza y virulencia de las enfermedades
se había apaciguado ¿por obra y gracia del Santo? ¿Por obra y
gracia del Espíritu Santo? ¿Por el aire, por el agua...?
Merón reconocía que las dolencias corrientes y carentes de
gravedad habían seguido su evolución normal y citaba la epidemia
de
gripe de la calle de la Montera y la varicela de Moncloa, pero
enfatizaba que no se habían dado otras calamitosas infecciones,
presumibles en el hacinamiento en que se vivía. Y abundaba en la
cronicidad de las dolencias, bien con la teoría del desplazamiento
de focos de infección, bien con la evolución asintomática, haciendo
hincapié en que la cronicidad que defendía, lograba una resistencia
desconocida hasta entonces a los gérmenes patógenos y que
muchas
enfermedades que padecían los habitantes ni progresaban ni
retrocedían. Cargaba las tintas al decir que se deberían haber
sufrido en Madrid epidemias agudas: cólera, tifus, salmonelosis,
hepatitis, bronquitis, neumonías, meningitis y enfermedades
exantemáticas y no sabía qué decir de que esas afecciones no se
hubieran cebado con la población, dada la cantidad de moscas y toda
suerte de par sitos que nacían, crecían y se reproducían en la
villa, y la falta de higiene y el hacinamiento.
Cuando el ilustre profesor terminó su disertación, entre sus
oyentes se hizo un profundo silencio. El doctor, que había
esperado discrepancias o felicitaciones pero no silencio, abandonó
el patio de Goya, 12, donde se había celebrado la reunión, y volvió
despechado al Museo del Prado, a la sala de los italianos, donde
vivía con su amigo el librero Angel Casavieja, que trató de
consolarle y atinó a decirle que la inmortalidad había venido con
aciertos y desaciertos. Los dos hombres, ayudados por otros
compañeros de habitación, se dispusieron a iniciar su labor diaria,
a trasladar los cuadros del museo a los sótanos del edificio para
guardarlos de la multitud.
****
Oyendo acá, escuchando allá y después de deambular días
enteros, Odilón de Ana dedujo que, mejor o peor, había sucedido en
Madrid lo que imaginara para la novela de su vida y, a ratos, le
entraban tembladeras. Entre otras cosas porque él había tenido una
idea, buena en principio, había escrito tres mil fichas, ordenado
los ficheros, desarrollado alguno de los puntos a tratar, dejado
muchos cabos sueltos, y no había llegado a pensar un final para la
historia, cuando unos hechos similares se habían presentado de
súbito y él no sabía si iba delante de ellos o si le precedía ya la
realidad de los mismos.
Hallándose en la labor de selección, había dudado muchas
veces de que la idea fuera suficientemente buena y si encontraría
editor, pues que era fantástica e inverosímil y, encerrado en su
casa amarilla, había permanecido ajeno a todo lo que sucedía
puertas afuera, y ya una multitud ingente había ocupado la capital
de España y él no sabía si había resultado a su manera o de otro
modo y, ahora, parecía que los acontecimientos se anticipaban a su
pensamiento y, naturalmente, era incapaz de recordar si en su
cabeza estuvo alguna vez el último deceso o si lo había conocido
tras la información que recogiera en las calles o si le precedió el
fallecimiento de aquel Jacinto Rivero.
Y, tembloroso, pensaba en los papeles, en la novela, apenas
pergeñada, que había dejado en la casa amarilla, aunque intentó
regresar a buscarla, sin conseguirlo, pues se dio el segundo
asentamiento y fue arrastrado por la vorágine hasta encontrar su
metro cuadrado de eternidad bajo el Arco de Cuchilleros, en una de
las entradas de la Plaza Mayor y, todo ello, sin haber imaginado
todavía el movimiento poblacional. Odilón de Ana no salía de su
asombro.
(Odilón de Ana. Diario:
"Me resulta monstruoso que la gente se haya puesto a hacer lo
que yo imaginé‚ en el papel, pero que no preví ocurriera en la
realidad. Ni menos del modo que ha sucedido. Mi cabeza es un
barullo. Tengo la sensación de que en mí existen varios sujetos y
que cada uno piensa en un tema y de una forma. Creo que voy a
volverme loco. Un loco incipiente organizó en su mente esta
demencia matritense. Ese loco ya est loco del todo. Es un loco
peligroso".)
****
Pese a las prohibiciones y a las medidas urgentes tomadas por
el Gobierno Central tan a destiempo, españoles y extranjeros
acudían a la capital en una avalancha incesante, que incluso
parecía incrementarse pues, con el paso del tiempo y el
afianzamiento de tan singular hecho, los incrédulos acababan
creyendo y los remisos y timoratos convenciéndose de la
inmortalidad.
En las autonomías, casi despobladas, la vida era francamente
difícil. En las escasas zonas productivas de la península primaba
el abastecimiento de Madrid sobre las demás provincias y el
ejército requisaba los alimentos no perecederos en todas las
tiendas y supermercados del país. En la capital se comía poco: una
barra de pan, que amenazaba en convertirse en panecillo, por
persona y día, pero en provincias se volvía a una economía de
subsistencia. Prácticamente, sólo se trabajaba en Cataluña. En la
ciudad de Barcelona las calles estaban vacías. Los escasos cien mil
habitantes se habían agrupado en la Barceloneta. La sede del
gobierno se había trasladado a la Estación Marítima. Los
trabajadores cobraron muy buenos jornales hasta que el Estado
comenzó a comprar a débito y el dinero dejó de valer. El 10 de
octubre, Joan Castell, el Presidente de la Generalitat no podía ya
contener las lágrimas.
****
El Presidente del Gobierno Central pidió ayuda alimentaria a
sus colegas continentales. De la Comunidad Económica Europea
le
respondieron que le enviarían los excedentes que tenían de
mantequilla. Se comentó mucho en la ciudad de los inmortales que
Ramón Canales se había ofendido extraordinariamente con la
contestación europea y que había montado en cólera hasta el punto
de sufrir una rabieta y patalear, como si fuera un niño maleducado.
Se decía que Canales estaba perdiendo la razón y que había
manifestado con arrogancia, a través del embajador, que en España
la mantequilla se untaba en pan y que el pan se llenaba de jamón
curado, y que si Madrid estaba tan poblado se debía a los millones
de extranjeros que se habían presentado en la villa con lo puesto,
ocupando el lugar de los nativos, y les echó en cara la
inmortalidad de los seis meses.
Los países europeos y los Estados Unidos de América
recomendaban de embajador a embajador que se falsificaran las
estadísticas y que se fabricaran muertos y se mostraban dispuestos
a trasladar gratuitamente varios cadáveres a la capital de España.
En realidad, en aquellos países, los dirigentes y las gentes
estaban reconcomidas por dentro, por el hecho de la eternidad, por
la revolución de la alegría, por la abolición popular de la riqueza
y de la pobreza y porque en España no había necesidad de trabajar y
habían alcanzado el Paraíso Terrenal, y porque siempre habían
creído que llevaban a España cincuenta años de adelanto.
La soberbia del Presidente del Gobierno de la nación cayó muy
mal entre los mandatarios europeos, tanto que hubo quejas oficiales
y varios embajadores fueron llamados a consulta. El gobierno belga,
tras escuchar de boca de su ministro plenipotenciario la narración
de lo acaecido de Madrid, dimitió en pleno porque se sentía incapaz
de conseguir otro tanto que en España. De la Gran Bretaña, Francia,
Italia y otros países se solicitó la fórmula mágica por vía oficial
y se envió un ejército de espías.
Ramón Canales habló por teléfono con varios presidentes sobre
una extraña mutación de gérmenes y de que, al parecer y por causas
desconocidas, los agentes patógenos perdían su capacidad de ataque;
que los enfermos resistían en su enfermedad del mismo modo que
los
agentes pervivían al tratamiento, y los invitó a trasladarse a
Madrid, aunque la situación comenzaba a ser penosa. Contó que
vivían hacinadas millones de personas con la basura y las
enfermedades corrientes, mencionó las epidemias de gripe y varicela
y volvió a solicitar ayuda alimentaria, una primera ayuda para
encontrar solución a la vida eterna.
****
En el desorden, la República de Portugal se propuso recuperar
la plaza de Olivenza y, así, arrancarse una antigua espina
lusitana.
Olivenza una magnífica ciudad con buenos paseos, teatro,
plaza de toros, cuartel, hospital y varias sociedades artísticas y
obreras. Productora de cereales, aceite, bellotas, almendras,
naranjas; con industrias de cría de ganado, aguardiente y aceite de
orujo. Allí naciera, precisamente, Amado Gómez, el destituido
secretario general de Junta Obrera.
Una plaza muy traída y muy llevada entre los dos países. Que
fuera española en el Siglo XIII y entregada por Fernando IV de
Castilla como dote de bodas a la infanta Beatriz, que casara con
Don Alonso, hijo el rey Don Dionís, lusa pues, para, luego, ir de
una a otra nación hasta terminar en manos españolas.
Los portugueses quisieron aprovechar el desorden. Aquel
desbarajuste existente en Madrid, donde, al parecer, no había luz
eléctrica ni teléfono ni alimentos ni comunicaciones y sí un
inmenso gentío. Donde las medidas de salvación impuestas por el
ejecutivo eran un absoluto fracaso y no había ya policía ni apenas
ejército.
El gobierno luso llamó a consulta a varios historiadores y
todos coincidieron en que la plaza se adentraba geográficamente en
Portugal y que geopolíticamente era lusitana y no española y,
después, envió espías a la frontera que confirmaron la
despoblación de la zona.
Así se pudo establecer un plan de batalla. Se dispuso que el
Batallón I de Doña María Gloria iniciara maniobras en Vila Viçosa y
que la Brigada Acorazada de Setubal se estableciera en Redondo. Y
ya estaban todas las estrategias trazadas cuando se dio la
traición. Lourenço Minho, subsecretario del Ministerio de la Guerra
Portugués, vendió la noticia a su colega español a cambio de asilo
inmortal y político.
Cuando se conoció el hecho en Madrid, sus habitantes se
asombraron sobremanera y no acertaron a comprender qué artes o
artimañas utilizó Lourenço Minho para presentarse en la capital y
facilitar el aviso de invasión a nuestras autoridades, pues las
carreteras, los trenes y los aeropuertos estaban ya inservibles y
las comunicaciones por cable y red no funcionaban. Se trató de
explicar
el caso sospechando que el portugués había enviado un mensaje vía
valija, y como no pareció suficiente justificación se añadió que el
traidor era un hombre extraordinario con poderes extrasensoriales,
lo que tampoco convenció.
Pero el Ministerio de Defensa Español actuó con celeridad y
con una eficacia encomiable y envió una unidad acorazada desde
Brunete y otra desde Sevilla a la plaza de Olivenza y todo quedó en
una escaramuza.
Tal vez no hubiera hecho falta enviar las unidades
acorazadas, pues Roque Fortuño, comandante de la Guardia Civil
de
Olivenza, la tenía muy defendida y sus tropas acantonadas en la
frontera del Guadiana.
En Madrid, hasta que se aclaró la situación, se pasó
abundante miedo. Porque una cosa era tener la vida eterna y otra
que los países vecinos invadieran el solar patrio (que antecedentes
había) y, puestos de acuerdo, franceses por el norte y portugueses
por el oeste apretaran entre regiones despobladas y se quedaran con
todo, con un país que tanto había costado hacer y deshacer según
los vientos que trajera la Historia, pero no era cuestión de que lo
desmembraran los vecinos.
Los portugueses contestaron a la quejas del ejecutivo español
que la escaramuza de Olivenza había sido un incidente fronterizo
entre los aduaneros de ambos países, pero las riberas del Guadiana
estuvieron llenas de tanques y los soldados se amenazaron de una
orilla a otra, y los españoles destruyeron el puente de tablas que
habían levantado los lusos para que cruzara su artillería.
****
Fueron días malos para el Gobierno Español. A Ramón Canales
parecía que había de estallarle la cabeza. Gracias a Dios, los
mandos militares estuvieron en su sitio y reaccionaron con rapidez.
Porque el señor presidente, con la casa y los jardines ya llenos de
gente plagada de granos y pústulas por la epidemia de Viruela Loca
que tenía lugar en Moncloa, andaba como enloquecido y gritaba en
su
despacho que había que tomar determinaciones drásticas: la leva
general, inventar muertos falsos, restaurar la pena de muerte y
llevar a cabo una ejecución sumaria, comprar un asesino
profesional, encontrar un posible suicida, hacer rogativas a Dios y
a los Santos de la Corte Celestial o encontrar un nuevo Flautista
de Hamelin...
Los escasos ministros que lo escuchaban fueron desechando una
a una las soluciones del presidente. No, no era viable cambiar la
ley y realizar una ejecución sumaria, pues las Cámaras Legislativas
se habían disuelto en la vorágine. No era posible hacer rogativas
en un país aconfesional. Otra cosa sería comprar un asesino o un
suicida o encontrar un héroe o terminar con todo a la brava
cortando el suministro de aguas de la capital y dejando que la
población se muriera de hambre.
El Presidente Canales se negó a utilizar ninguna violencia de
carácter colectivo, pues que sería propiciar una revolución y no
alegre, precisamente. Lo demás sería mancharse las manos de
sangre.
Esperarían la llegada del invierno. Mientras, optaron por la
solución de los falsos muertos, y criticaron con dureza al Alcalde
de Madrid, Jorge Postigo, miembro de su propio partido, muy
amigo
de Ramón Canales, que había desaparecido y no era capaz de
enderezar mínimamente la situación, cuando él era la máxima
autoridad municipal.
Mediado el día, Canales se descompuso. Carlos Enrique Tejada,
Presidente de la República Argentina, y Leónidas Makariakis,
Presidente de la República de Grecia, pedían, mediante telegrama,
asilo inmortal.
****
El movimiento cívico para que cada habitante consiguiera un
metro cuadrado de propiedad para la eternidad se inició en la
Puerta del Sol, el centro geográfico de la villa. Mariano Verjuras
se situó al pie del Gobierno Civil, en el punto que señala el
kilómetro cero, pintó con tiza en el suelo un cuadrado de un metro
de lado, escribió su nombre y apellido, lo imitaron sus vecinos y
ya cada habitante dibujó su metro cuadrado, así hasta el final del
término municipal.
Aunque un metro cuadrado en usufructo por persona era poco,
era algo y, como muchos no entendieron aquello del uso y disfrute y
se apropiaron de él, reinó un contento general. De estar hombro con
hombro se pasaba a estar metro a metro y se iniciaba un movimiento
del centro hacia la periferia que expulsaba a no pocas personas.
Fue entonces cuando se ocuparon los tejados y se construyeron
empalizadas de madera a modo de pisos que dieron al traste con
todos los árboles de la capital. En el Paseo de Recoletos se
levantó una batiente de madera de cuatro alturas y los
constructores se asignaron cuatro metros por persona. Un lujo.
En unos días se consiguió distribuir el espacio. Cada uno
tuvo su metro asignado. En algunas calles, habitantes precavidos
hicieron caminos de ronda, de paso, de medio metro de ancho. Tras
varias jornadas de trasiego en las que hubo peleas, malas caras y
heridos de arma blanca, cada persona tuvo su propiedad. En el
maremágnum se habían perdido niños, mujeres, maridos, ancianos
y
familiares, y había que encontrarlos pero, de momento, ninguno
podía moverse de su sitio no fuera otro a quitárselo.
Quince personas, tras mucho esfuerzo y múltiples empujones,
nos encontramos casualmente bajo el Arco de Cuchilleros. Luego
de
varios días de contacto formamos grupo y, por el arco, nos
autodenominamos los Cuchilleros, un nombre poco original, en
efecto.
****
Cuando se inició el movimiento expansivo y Mariano Verjuras
señaló el metro cuadrado de su exclusivo usufructo en el lugar de
la Puerta del Sol que indica el kilómetro cero, poniendo en marcha
el plan gubernativo, se hicieron muy bien las cosas.
Pasados cinco meses, aquella distribución iniciada por un
solo hombre, que fuera imitado por todos los demás, era considerada
tan ejemplar o más que la transición democrática. Porque el gesto
de Verjuras corrió hasta los límites del término municipal de la
ciudad mágica y consiguió que cada hombre o mujer tuviera un
metro
cuadrado de su exclusiva propiedad con su aire para respirar para
toda la eternidad. Y logró mucho más, algo con lo que sólo habían
soñado los radicalistas de un signo u otro: la abolición de la
propiedad privada y el reparto de la tierra y sus elementos anejos.
Los descontentos, que los hubo, y los que quisieron sacar partido y
alquilar sus antiguas propiedades, cedieron de mala gana, pues las
pacíficas turbas resultaron imparables.
En los linderos municipales de las villa, las cosas
sucedieron de otro modo, pues que, además, no estaban claros.
Casimiro Artajo fue herido de arma blanca y mantuvo en vilo a la
población durante toda su convalecencia. Su agresor, Marcos de
Oliva, fue insultado y vilipendiado por las buenas gentes y
recluido en una jaula de madera para escarmiento de col‚ricos e
iracundos, en el centro de la Plaza de Castilla, como si de una
fiera carnicera se tratara.
En el corrimiento poblacional, llamado también segundo
asentamiento, a unos les tocó mejor y a otros peor. No era lo mismo
poseer un metro cuadrado de propiedad en un piso de lujo que un
metro de suelo al raso o en un sótano, donde se enrarecía el aire
por el calor humano. Ni vivir bajo techado que a la intemperie
porque vendrían las lluvias del otoño y los fríos del invierno.
Los mejor aposentados fueron los que consiguieron casa con cuarto
de baño.
No todos los pobladores de Madrid precisaban un cuarto de
baño para asearse a diario y evitar la exhalación de humores u
olores que ya no se podían soportar, pero sí necesitaban un inodoro
para un menester ineludible, con el agravante de que las aguas
sucias no se pueden contener, pues los inmortales, aunque comieran
y bebieran poco, continuaban realizando sus tareas fisiológicas,
más escasamente, pero con la regularidad o la irregularidad de
otros tiempos. Por esa importante razón, los váteres estaban
celosamente custodiados y en ellos se guardaba un riguroso turno
entre los usuarios. Se llegó a decir que los guarda- retretes eran
las únicas autoridades de la villa.
Aunque en el maremágnum se había perdido la intimidad y el
recato en muchos menesteres de la naturaleza humana, era
primordial
que la basura y los detritus no se comieran a los inmortales para
que la eternidad no se convirtiera en un desastre. Por eso,
respondió el pueblo una vez más como debía: nombrando jefes de
barrio, de calles, de plazas, reuniéndolos y entregándoles
autoridad suficiente para legislar el uso de los váteres y su
limpieza y, asimismo, requisar todos los existentes en casas y
comercios. Cinco minutos por la mañana, dos a mediodía y otros
cinco por la noche por habitante y día, a razón de cuarenta
usuarios por inodoro.
Enseguida surgieron los problemas. Por un lado estaban los
niños y los ancianos con su incontinencia e inoportunidad, por otro
los estreñidos, dos hechos comprensibles pues el cuerpo est
acostumbrado a una hora y no se educa así como así.
Un lío que tuvieron que resolver los jefes de zona. Porque
los inmortales habían venido a vivir en el Paraíso Terrenal, pues
cuando se confirmó la noticia cada cual se hizo su componenda,
imaginando más de la cuenta, suponiendo, pensando, creyendo,
olvidando o ignorando y magnificando las cosas. Y ya, cuando
Estebanilla González, la vidente de El Escorial, avalada por Nuño
Salido, el pastor de las Guarromillas, hablaron de la Virgen María
y de los ángeles del Señor, las gentes crearon un edén, sin llegar
a entrever que no habían abandonado su condición humana, pues
que
seguían efectuando sus necesidades fisiológicas al ritmo anterior,
aunque comieran mucho menos.
****
Nuestro grupo se formó en torno al inodoro de Pérez y
Camacho, S. A., pañería selecta. En los días del segundo
asentamiento los quince miembros fuimos arrancados por la
vorágine
de nuestros lugares anteriores y dimos a parar al pie del Arco de
Cuchilleros, situado en una de las esquinas de la Plaza Mayor. Los
componentes nos presentamos llenos de moretones, pisoteados y
con
las ropas desencajadas y nos encontramos, unos de frente, otros de
espaldas pintando en el suelo nuestro metro de eterna propiedad en
la Plaza Mayor.
Luis Manrique, Carmen Cerrato, Manolo Grebas y Josefa Gros
desembocaron en la plaza por la calle de Felipe II. Odilón de Ana,
Pedro Escupe, Federico García, Mª Luisa Estaca y yo, Ángeles de
Irisarri, por el callejón de Botoneras. Matías Foz y su mujer,
Carmelina Gómez, Nuria Sodevila y el matrimonio Lozano por la
calle
de Zaragoza. Pepe el Rubio estaba allí. Y, dándonos de trasero unos
a otros y sin mirarnos a la cara, señalamos nuestras propiedades y,
tanto era el barullo, que nos aprestamos a defenderlas. Como
durante toda la noche estuvo subiendo y bajando gente por el Arco
no nos conocimos hasta el día siguiente, cuando comenzó a remitir
la turbamulta y se instalaron los tardanos, y cada uno pudo contar
sus magulladuras y enseñarlas a los demás.
El matrimonio Lozano, muy agarrados los dos de la mano, había
sido arrastrado desde la Plaza de la Villa. Peor suerte tuvieron
Matías Foz y Carmelina Gómez, que vinieran de Jaén, que en la
marea habían perdido a sus dos hijos menores, mientras eran
arrancados de la tapia de la Sacramental de San Justo. Carmelina
lloraba desconsolada, Matías, como era hombre, se contenía a duras
penas. Nuria Soldevila, la catalana, la consolaba pues ella, en el
v‚rtice del remolino, había extraviado a Monserrat, su amiga,
aunque no fuera lo mismo una mujer adulta, que sabría cuidarse, que
unos niños menores.
El natural caritativo de Mª Luisa Estaca también se volcó
ante la desgracia de la pobre Carmelina. "¡Ea, ea!, todo se
resolverá", aseguraba la buena mujer, pero en su fuero interno
dudaba. Enseguida, me di cuenta de que dudaba de la bonanza de la
eternidad, pues ella (recuérdese que fue la primera persona en
llegar a la capital por el sur, mientras María Xinzo lo hacía por
el norte, según recogí en las grabaciones que luego me confió Luis
Manrique) cerró la casa de Marbella con mucho estusiasmo, abrió la
de Madrid, y vivió unos días de alegría con su fiel criada, hasta
que las turbas incontenibles la expulsaron a la calle. No obstante,
animó a los desgraciados padres a buscar a sus hijos y se ofreció a
guardarles el lugar.
Todos los Cuchilleros abundamos en la idea de Mª Luisa y nos
pusimos a su disposición, salvo Odilón de Ana, el escritor
venezolano y vecino de metro de la pobre Carmelina, que parecía
sufrir asma o, al menos, respirar con dificultad, a quien le advino
un escalofrío al pensar en dos niños saltarines llenando los dos
metros cuadrados de sus progenitores, pero no fue eso, lo que yo
creí en aquel momento, sino que él, con anterioriad, había ya
imaginado a aquel matrimonio con su nombre y apellidos y lo había
situado en el lugar adecuado, en la tapia del cementerio, por eso
tosió mucho y arrojó flemas en un renegrido pañuelo.
Pasada la media noche y en un momento de calma, Federico
García se presentó al resto del grupo como poeta. Todos le miramos
con desdén. La señora de Lozano le preguntó enseguida si era
Federico García Lorca y comenzó a recitar unos versos. Su marido,
el sastre de la calle del Pez, la fundió con la mirada. Los demás
reímos de buena gana. Algunos aclararon que el gran poeta había
muerto y miraron con desprecio a Federico García por llevar un
nombre que daba lugar al equívoco. El joven fue mal acogido en el
grupo.
Para distender la situación, Manolo Grebas, un guitarrista de
Palma del Río, pidió permiso para tocar un "quejio" por los
churumbeles perdidos.
Aunque, tras la coplilla, Carmelina Gómez emprendió con más
fuerza su llantina, Manolo Grebas fue muy celebrado en la Plaza
Mayor donde se haría muy popular en los tediosos días de la
inmortalidad.
Ya clareaba el día, cuando la señora de Lozano comentó con
Carmen Cerrato, la canaria del grupo, que vendería su alma por un
café con leche. Las mujeres del grupo nos escandalizamos. Ella
explicó que el café con leche constituía la debilidad de su vida.
Carmen Cerrato, como buena isleña, no se inmutó, pensó que la
gente
era muy extraña y pasó a hablar de sus hijos y sus nietos que
quedaron en Santa Cruz.
Pedro Escupe, 14 años, estudiante de Educación General
Básica, no tenía ojos suficientes para la señora de Lozano, que
estaba de muy buen ver, Cuando aquella, mediada la mañana,
emprendió unos ejercicios gimnásticos para mantenerse en forma, le
cedió gentilmente el metro cuadrado de su propiedad para que
tuviera más espacio.
Josefa Gros, la abacera de la Plaza de las Comendadoras, no
veía con buenos ojos los ejercicios de la susodicha, más que nada
por el muchacho, que se perdía por ella, y criticaba con gruesa voz
la actitud del marido, que no hacía otra cosa que dormir.
Cuando la señora de Lozano descubrió el canario que traía
Carmen Cerrato gritó y se armó un pequeño alboroto, pues que no
era
una avecilla cualquiera. El bicho había sufrido una enfermedad,
perdido las dos patitas y caminaba a pequeños saltos. Cundió el
escándalo y todo el gentío de alrededor se agolpó para ver el
animalillo. En la otra esquina de la plaza se dijo que, bajo el
Arco de Cuchilleros, había un animal descabezado que varios
hombres
estaban tratando de reducir, que acaso fuera un lobo o un perro
rabioso o un monstruo mitológico.
Carmelina Gómez echó en cara a su marido que diera mayor
importancia al canario de la canaria que a sus hijos que, quizá,
hubieran fallecido ya pisoteados por el gentío, y se entretuviera
mirándolo. Mª Luisa Estaca salió al paso de la acusación asegurando
que de cinco meses acá no había muertos en Madrid, y no pararon
allí sus palabras pues hubo de llamar al orden a los curiosos que
se arremolinaban en derredor nuestro, con peligro de nuestras vidas
y propiedades. Así, nos propuso a los quince habitantes del arco
que nos agrupáramos en defensa de nuestros intereses espaciales y
alimentarios. Alguno de los presentes la nombró nuestra jefe.
Pepe el Rubio, pobre de solemnidad, que ya estaba en el lugar
antes del segundo movimiento de la población, no opinó. Nada
supimos de él los Cuchilleros durante su estadía en la Plaza Mayor.
Pensamos que acaso fuera mudo y el hecho es que no llegamos a
tratar con él.
Al caer la tarde, el canario de Carmen Cerrato murió de
asfixia o de tanta mirada o a causa del aliento de todos. Carmen
lloró y confesó que se hacía mayor, que no sabía distinguir lo
grande de lo pequeño y que, Dios le perdone, la muerte de su
pajarito le había dolido más que la de su esposo.
Y yo estaba sentada en mi metro cuadrado de propiedad, tal
vez para toda la eternidad, entre dos hombres. Uno de ellos, joven
y bien parecido, que pasados unos días fue reconocido por Mª Luisa
Estaca, que había seguido todo el proceso de la inmortalidad,
cómodamente, a través de televisión y otros medios de
comunicación,
como Luis Manrique, el personaje que había echado a los vientos la
noticia de la vida eterna. Y otro, Odilón de Ana, un escritor
venido de Venezuela, no por el hecho de la ausencia de muertos sino
por otras razones que no nos quiso explicar ni nos atrevimos a
preguntar. Estuve, pues rodeada de dos hombres, uno a mi izquierda,
el llamado Luis, que hablaba sin parar a una grabadora, hasta que
se le acabó la pila y soltó la lengua, otro a mi derecha, el tal
Odilón que musitaba incongruencias. Uno y otro me metieron en
sus negocios.
Odilón, entrada la madrugada, me habló al oído que su
pertenencia a aquel estúpido grupo de Cuchilleros no le gustaba
nada. A las preguntas de los copropietarios, que hablaban como
descosidos porque, quizá, en la eternidad no se pudiera hacer otra
cosa, respondía con monosílabos, mostrándose adusto y antipático
con el propósito de que se olvidaran de él. Luego supe que el
venezolano era el inventor de lo que estaba sucediendo y comprendí
que no pudiera hablar a los compañeros ni atenderlos como hubiera
deseado, pues su cabeza era un hervidero, y que no consiguiera
serenarse ni ver mínimamente clara la situación ni atinar a continuar
lo que tramó ni menos a resolverlo. Llegó a confesarme que la
turbamulta que se produjo en lo que Luis Manrique llamó segundo
asentamiento se le había llevado el cerebro.
Cuando tomó confianza conmigo se explayó y descargó su
corazón. Se hizo culpable de todo lo que sucedía y, a ratos, deseó
que se abriera la tierra y se lo tragara. Me dijo que él había
concebido una inmortalidad conceptual que se había tornado en un
hecho irrevocable, ignorando el cómo y la causa, y que no le
gustaba como había venido la eternidad, pese a que había discurrido
que la posible multitud de hombres y mujeres inmortales cayera en
las miserias del agobio urbano. Sin embargo, se vanagloriaba de
haber inventado con éxito el sentimiento de hermandad que
campeaba,
sin el cual hubiera sido imposible la convivencia, pero estaba
seguro de que la eternidad que propiciara en la casa amarilla se le
había escapado de las manos y ya caminaba por la fuerza de la
inercia y no por él, que había perdido los papeles, tenía la cabeza
embarullada, era incapaz de escribir una palabra y menos de llegar
en su novela a un final que acabara airosamente con aquel dislate.
Yo tardé en entender lo que discurría por su cabeza y no
sabía qué decir. Estaba estupefacta, a ratos, espantada. Nunca
imaginé que un hombre hubiera sido capaz de inventar todo o parte
de lo que sucedía en Madrid, ni menos que al imaginarlo ocurriera,
ni que fuera posible que coincidiera un pensamiento con semejante
realidad, ni que la realidad superara al discurso mental en un
tiempo paralelo. Y dudé de que él saliera de su casa amarilla y se
encontrara con su novela en marcha en un proceso imparable. Dudé
de
la cordura de aquel hombre.
Odilón me aseguraba que los moradores de Madrid vivían en un
supuesto imaginado por él, asumido por los habitantes de derecho,
por las muchas gentes que vinieron, propiciado por los medios de
difusión, que habían sabido calar hondo en las gentes de buen
corazón y consentido por la Providencia o por lo que fuera. Y,
aunque a veces caía en la presunción de que él era el inventor del
embrollo, y se analizaba por dentro y se observaba por fuera en
busca de algún rasgo o distintivo de carácter atípico o
sobrenatural que lo distinguiera de los demás hombres, otras veces
pensaba que había imaginado lo que ya estaba previsto que
ocurriera y que había comenzado simplemente a suceder a la par
que
él inició su fabulación, por mera casualidad o porque algún ser
desconocido, ya fuera natural o sobrenatural, lo quería mal y le
imbuyó la idea en su cerebro para fastidiarle una eternidad de la
que él también hubiera podido disfrutar, como cualquier vecino de
Madrid.
Odilón de Ana me decía con pena que, en vez de tramar una
novela, debió escribir un guión para película de dibujos animados y
comenzar el disparate disparatando todavía más. Porque los
miembros
del grupo de Cuchilleros diciendo tonterías y las gentes de
alrededor se le hacían muñecos parloteros, locas marionetas
bailando y riendo. Hombres y mujeres que no ahondaban en la seria
cuestión de su inmortalidad personal ni colectiva, mientras el
vecino apretaba en busca de espacio vital. No hubiera tenido que
imaginar los rostros de los personajes de su película, los tenía
allí: la gran figura que hablaba con una grabadora para, en su
momento, sacar partido al hecho de la inmortalidad, el niño, los
padres desesperados y azotados por la desgracia, dos jóvenes
mujeres, la bellísima y estupenda señora de Lozano, y yo, que no
estaba de mal ver, el dudoso e incomprendido poeta, el pobre de
solemnidad, varias amas de casa y su tía Mercedes (Mª Luisa
Estaca, al parecer, tenía gran parecido con su tía Mercedes en los
gestos y en la voz). Entre todos me destacaba a mí y me agradecía
que le hiciera caso. Y se lamentaba al contemplarnos mugrientos y
sucios, en una eternidad maloliente que no avanzaba ni retrocedía
que, como habían propugnado muchos sabios de la antigüedad, era
est tica. Eso decía y yo no sabía qué contestarle. Además, que en
el escaparate de Pérez y Camacho teníamos siempre mucho jaleo.
Porque Luis Manrique no sólo fue descubierto por Mª Luisa
Estaca sino por la multitud, que venía a contarle cientos de
historias y, como el muchacho no podía atender a todos, los
visitantes se descargaban con nosotros, con los propietarios de
las parcelas aledañas, porque el personal necesitaba sobre todo ser
oído. Las comadres de Cuchilleros disfrutaban mucho escuchando
quejas, templando ánimos, dando consejos o buscando soluciones
a
problemas particulares. Y todo eso, aunque nos ocuparan nuestras
propiedades se podía consentir porque allí estaba doña Mª Luisa,
como un sargento, haciendo guardar fila para que cada uno expusiera
al periodista lo que había venido a contar. Lo que se decía que
estaba sucediendo en alguna parte de Madrid, porque allí, en el
escaparate, siendo sinceros no nos hubiéramos enterado de nada.
De ese modo supimos que una delegación de mujeres había
realizado una marcha pacífica al Palacio de la Moncloa.
Luis Manrique, que aplaudió la idea, me rogó que la
escribiera. Si lo hice, fue más que nada por aburrimiento, pues
Odilón no decía palabra, estaba en sus días del silencio, y las
señoras de mi grupo me resultaban insoportables, ya no digo el
sastre y los otros hombres. Que no es que yo fuera una intelectual,
no, ni que hubiera escrito nada en mi vida, no. Es que tuve que
hacer un favor a un amigo y lo hice y, después, le cogí gusto. Lo
cierto es que la escritura me ocupó muchas horas y me resultó grata
en aquellos momentos, pues que yo no vine muy convencida a vivir
la
inmortalidad... Vine, incapaz de soportar la soledad, cuando ya
mis padres y mis hermanos habían abandonado tiempo atrás
nuestra
ciudad de residencia. Precisamente, cuando el hombre que puso en
marcha el decreto ley del metro cuadrado pintaba su recuadro en el
suelo, entré yo en Madrid y terminé bajo el Arco de Cuchilleros,
semiahogada, y entre desconocidos. Luego ya escribí el principio de
esta historia, la que me fue relatando el periodista y la que saqué
de sus cintas, hasta que empecé a pelearme con Odilón por el papel.
Esto es lo que recuerdo de lo que nos contó una de aquellas mujeres
que estuvo en Moncloa y de lo que añadimos el periodista y yo:
"Llegaba la Navidad del primer año de inmortalidad y
del tercer milenio, en casi todas las calles y plazas había
gente dispuesta a celebrarla con gran pompa y alharaca.
Un numeroso grupo de mujeres, liderado por Catalina Méndez,
partió de la Glorieta de Atocha a gritar al Presidente del Gobierno
de la nación, que en las próximas fiestas querían turrón y regalos
para sus hijos; que no estaban dispuestas a conformarse con un
chusco de pan y una lata de sardinas. Las componentes dijeron luego
que habían marchado en peregrinación pues emplearon tres días en
hacer el recorrido y en cumplir su cometido, pero más que
peregrinación el camino resultó un vía crucis.
Las manifestantes salieron en fila india para no incomodar a
los moradores y aún no habían doblado la carrera de San Jerónimo
cuando ya tenían problemas. Un grupo de hombres les cerraba el
paso. Al parecer, los varones buscaban a un violador que había
desgraciado, aunque resultara inconcebible por las apreturas en que
se vivía, a una niña de corta edad y hablaban de castrarlo. Las
mujeres, conscientes de que en la villa se podía esperar violencia
de alcohólicos, drogadictos y fumadores, se hubieran unido a ellos
de buena gana, pero tenían otra misión que cumplir. Los hombres les
franqueron el paso.
Catalina y sus secuaces recorrieron, soberbias, varias calles
de la villa, enarbolando una gran pancarta de que decía: "Las
madres y las mujeres de Madrid por una Navidad digna", atrayendo
a
su paso a otras f‚minas que, a poco, constituyeron una multitud
fragorosa. Tanto es así que, al paso de la manifestación, alguien
gritó desde un balcón que su casa temblaba y varias personas
hubieron de ser atendidas de diversas luxaciones por las apreturas.
Pepita Gili, recién nombrada Gobernadora Civil de Madrid, fue
enterada de que una turbamulta de mujeres se acercaba a Moncloa
y
que venían como fieras. El informante aconsejó que se desalojara el
palacio y que los cargos públicos se despistaran entre la multitud
en un sálvese quien pueda.
La señora Gili repasó sus fuerzas y se encontró sola. Además
no podía molestar al Presidente que estaba hundido en la depresión.
No obstante, no se arredró. Hacía cuatro días que había jurado el
cargo, un cargo que por fin premiaba sus grandes servicios al
partido en el poder, y no estaba dispuesta a renunciar. En
consecuencia, decidió enfrentarse ella en solitario a aquella
multitud vociferante y aulladora. Planeó que cerraría las verjas de
palacio y que dejaría desahogarse al tropel femenino hasta que se
les rompieran las gargantas y, luego, les hablaría y les prometería
lo que pidieran a sabiendas de que no podría cumplirlo. Si alguna
de aquellas mujeres volvía a echarle en cara que había faltado a su
promesa, ella la remitiría al General Brujas, el Intendente
General, que a la sazón residía en Segovia.
Y así lo hizo. Dejó que las compañeras, ya fueran votantes o
no votantes de su partido, se desgañitaran, gritaran, aullaran,
cantaran, voltearan la pancarta, pasaran hambre, frío y urgencias
fisiológicas tras las verjas de palacio y, al término del tercer
día, habló con Catalina Méndez, la promotora de todo aquel jaleo,
de mujer a mujer.
Ambas convinieron en la celebración de la Primera Natividad
del Señor en la inmortalidad con una fiesta sin parangón. Repasaron
la liturgia tradicional y, aunque ninguna de ellas era creyente,
decidieron entonar villancicos a los cuatro vientos y repartir
doble ración de comida y un regalo por persona: a los niños un
cochecito, a las niñas una muñeca, con la recomendación de que lo
intercambiaran entre ellos, y a los adultos un frasco de colonia
suave y vaporosa o una pastilla de jabón.
Ante tales promesas, la femenina multitud inició el regreso.
La cabecilla del grupo fue aclamada por la muchedumbre y llevada
a
hombros por sus seguidoras que propalaban las buenas nuevas.
Desde su atalaya, la homenajeada contempló un tumulto e hizo
detenerse el cortejo. ¡Ay, Dios!, una adolescente se retorcía en el
suelo, asistida por varias mujeres de edad. Como si Catalina fuera
una autoridad le informaron: "Va a dar a luz", y la increparon
porque ese no era modo de venir al mundo y por el descuido y la
desidia sanitaria que existía en Madrid. Catalina hizo caso omiso
de aquellas mujeres pero tomó a la parturienta bajo su protección.
Anita Lorente se retorcía en el suelo, tal vez, más de
vergüenza que de dolor. Catalina ordenó a sus seguidoras que se
quitaran las faldas y los vestidos para hacer un reservado, un
paritorio; consiguió un médico, ollas de agua caliente,
desinfectante y, pronto, alumbró Anita un niño feo como un
demonio y con mucho pelo..
Las mujeres advirtieron a la nueva madre que el físico del
bebé mejoraría con el paso del tiempo y quisieron acercarla a un
hospital para que madre e hijo se recuperaran del parto, pero
desistieron. Los hospitales y casas de salud estaban llenos de
gente sana y enferma, pues es sabido que en Madrid no se respetaba
ningún lugar, que cada metro cuadrado tenía su amo. Catalina dejó a
madre e hijo en manos de la vecindad, disolvió la procesión y tornó
andando a su propiedad. Luis Manrique las felicitó. Dijo que lo
habían intentado".
****
Como Luis me corrigió el relato, la víspera de Nochebuena me
permití continuar escribiendo, pero, en realidad, no supimos qué
sucedió. Lo que viene lo inventamos entre los dos:
"El 24 de diciembre a primera hora, la señora Gili, la
Gobernadora Civil, que estaba al tanto de que en Madrid se habían
instalado belenes vivientes y entonado ya villancicos de este a
oeste y de norte a sur para celebrar la primera Navidad del Año de
la Inmortalidad, como el intendente general ni tan siquiera había
acusado recibo a su orden de los regalos, se escondió en un canasto
que encontró por casualidad en lo más recóndito de los sótanos del
Palacio de la Moncloa por si las mujeres se presentaban
alborotando a recoger sus promesas.
Acomodada en el cesto, la gobernadora echaba la culpa de la
carencia de alimentos a los países europeos, que no vendían al
debe, que no enviaban el sobrante ni eran solidarios con la
situación, cuando muchos de los pobladores de Madrid eran ya
extranjeros, y se encorajinaba pensando que la inmortalidad
matritense comenzaba a resultar insostenible y que al gobierno se
le había escapado de las manos. Ahora, precisamente, que ella
ocupaba un puesto de responsabilidad".
****
No obstante, en el Arco de Cuchilleros, como en todas las
calles y plazas de Madrid, esperamos con anhelo la llegada de los
camiones del general Brujas, que no llegaron. Supimos que el
Intendente General hizo un esfuerzo considerable y repartió entre
la población doble ración de pan y una lata de bonito, pero los
ansiados regalos no llegaron. Muchos reconocieron que el general
hacía demasiado y hablaron del milagro del intendente. El pan, y su
aderezo, se comió en todas partes con alegría.
Los quince moradores del arco bebimos tres botellas de vino
que Josefa Gross, la abacera de la Plaza de las Comendadoras, se
sacó de los refajos, y Manolo Grebas, el guitarrista de Palma del
Río, templó su instrumento y cantó coreado por todos: "Camina la
Virgen Pura, camina para Belén..." Me emocioné por la canción o
por el vino, porque otros motivos no tenía, y unas lágrimas
acudieron a mis ojos pues, aunque estaba entre buena gente, me
faltaba mi familia.
Oímos que Monseñor Vargas, el Cardenal-Arzobispo de Madrid-
Alcalá también lloró porque toda su diócesis al unísono glorificó
el nacimiento del Señor.
El fin de año del 2000, el primero del tercer milenio, pasó sin
pena ni gloria.
El 1 de enero del año 2000 tampoco trajo nada, pese a ello en la
villa todavía se mantuvo la esperanza de que fueran los Reyes Magos
quienes vinieran con los regalos, pero tampoco. Este año estuvieron
más pobres que nunca. Los moradores nos dijimos que en lo
sucesivo
estaría todo mejor organizado y nos quedamos conformes.
****
En el Arco de Cuchilleros, cuando remitió un tanto la
novedad de la presencia del periodista, Mª Luisa Estaca dispuso
por todos porque todos la dejamos disponer y mandó bien. Ordenó
que
Matías Foz y Carmelina Gómez quedaran exentos de los trabajos
del
grupo y salieran todos los días en busca de sus hijos, y distribuyó
las tareas entre el resto, a saber: Manolo Grebas, Luis Manrique,
Herminio Lozano y Odilón de Ana serían los encargados de
recoger
cada día la ración alimentaria de toda la comunidad en el puesto de
abastecimiento del Ministerio de Asuntos Exteriores. Dejó el
aprovisionamiento en manos de los hombres porque era una tarea
peligrosa y a las mujeres nos podían robar en el camino. Ellos
aceptaron la encomienda de buena gana, salvo Odilón que lo hizo a
regañadientes, pues así salían un rato, movían las piernas y
hablaban con otras gentes. Federico García protestó, alegó que
también era hombre y quería estar al servicio de la corporación. La
jefe le dio el trabajo más importante, el control de los turnos de
retrete de Pérez y Camacho, y le insistió que fuera severo no se
fuera a convertir la pañería fina en un sumidero.
Las mujeres y Pedro Escupe, el niño del grupo, aceptamos el
encargo de vigilar los puestos de todos y de defenderlos como
menester fuera, sufriendo con buena cara los inconvenientes que la
quietud depara pues la falta de ejercicio anquilosa los huesos,
acrecienta los problemas de reumatismo y hace engordar, con el
agravante de que todos los kilos van al mismo sitio, a las caderas.
Las guardianas del Arco formamos un corro en el rectángulo del
grupo, nos agarramos de las manos y no dejamos pasar a nadie.
Mª Luisa terminó las disposiciones encargando a Pedro Escupe
que dibujara unos retratos de los niños perdidos de matrimonio Foz
para colgarlos a la puerta principal del edificio de Correos, donde
había oído, se colocaban las fotografías de los desaparecidos, y a
Nuria Soldevila y a mí nos concedió permiso para abandonar la
propiedad y buscar, ella a su amiga y yo a mi familia, siempre
después de que volvieran los hombres. Y para pasar las tardes con
cierta amenidad quiso organizar campeonatos de naipes y que se
contaran cuentos o historias o contarellas, guardando respeto y
compostura.
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Ya estábamos pues organizados los hombres y mujeres del grupo
de Cuchilleros. Pero la convivencia no era fácil ni menos en tan
reducido espacio. Corría la voz de que el ser humano para
desarrollarse como tal y no caer en la agresividad necesitaba un
espacio mínimo de metro y medio en derredor, es decir, el cincuenta
por ciento más de lo que teníamos.
Comentamos abundantemente que ni el gobierno ni ninguna
autoridad de Madrid había estado a la altura de la circunstancia;
que en el Decreto Ley del metro cuadrado debió estudiar las normas
del comportamiento humano y entregar metro y medio a cada persona,
pues lo mismo hubiéramos cabido todos con buena voluntad.
O no, pensaba yo, tal vez no hubiéramos cabido todos los que
vinimos y los que ya estaban, porque la buena voluntad se veía
reducida por una serie de impedimentos naturales, tales como la
extensión del término municipal y por la propia avalancha de gente
que llegó sin orden ni concierto y nadie la dirigió, siendo que la
organización política es vital para convivir en armonía y en
vecindad, máxime en Madrid, donde las proximidades se habían
acercado tanto que se había perdido la intimidad y, a menudo, el
decoro.
En el propio grupo de Cuchilleros, Matías Foz y su mujer iban
juntos al retrete de Pérez y Camacho, todos adivinábamos para qué,
y Herminio Lozano, el sastre, metía mano a su señora, los dos
arropados bajo las mantas. Y, en otro orden de cosas, Pepe el
Rubio, el pobre, orinaba en un botecillo de cara al escaparate de
la pañería y, luego, se llevaba la orina para tirarla en el
desagüe, y todos lo veíamos.
Por eso y por otros asuntos, Odilón de Ana, el escritor
venezolano que, quizá , inventara o no lo que andaba sucediendo y
que no se integraba en el grupo, aunque cumpliera sus tareas, pues
sólo hablaba conmigo, llegaba a la conclusión de que aquella
eternidad que se había presentado tan pobre de recursos, tan
desorganizada, intempestiva y sorpresivamente, no era deseable y
que, viviéndola los habitantes de la villa, estaban haciendo nada
de la nada, pues que la inmortalidad debió avisar de su llegada y
dar tiempo para que se arbitraran medidas que la hicieran grata. Y,
que el último muerto o quien tuviera autoridad o poder o
capricho suficiente se hubiera llevado las necesidades fisiológicas
que amenazaban con destruirlo todo. Es decir, que hubiera imaginado
o convertido a los moradores en espíritus que, aunque ocupan lugar,
no comen ni descomen. Porque aquello no era vida, era disparate.
No obstante, los miembros de Cuchilleros y, en general, las
gentes de la Plaza Mayor estábamos contentas, aunque pasáramos
hambre, más que un hambre físico un hambre de recordación, pues
todos los días cada persona recibía un panecillo y una lata de
algo; aunque no nos pudiéramos lavar y estuviéramos sucias,
malolientes, mugrientas y con las ropas convertidas en harapos y
llenas de manchas. Pese a estar, prácticamente, codo a codo con el
vecino, pese a no haber podido elegir lugar en la vida eterna,
pese a que cuando empezábamos a hablar de comida pasábamos muy mal
rato, pese a todo, estábamos muy contentos y animados con la música
de Manolo Grebas, con los chistes de Fulano, con las historias de
Mengano o poniendo en entredicho la labor del gobierno, que
continuaba sin hacer nada. Y yo, también, con mi literatura, aunque
apenada por no encontrar a mi familia, y es que no debí quedarme
sola en Zaragoza, sino venirme con ellos.
****
En el Gobierno Central se pretendió encontrar un culpable.
Pese a que el partido en el poder no tenía una ideología en exceso discrepante
con el régimen anterior, lo primero que pensaron fue
cargarle la culpa al General Franco, como los gobiernos anteriores del
principal partido opositor
acostumbraban a hacer cuando no podían resolver un problema. Pero
cuando consideraron la idea la rechazaron de plano pues que tal vez
las multitudes llegaran a santificar al general, mismamente como
había sucedido con Jacinto Rivero, el último muerto oficial. Así
pues, como el ejecutivo dominaba las artes de la propaganda se hizo
correr la voz de que la ausencia de la muerte, pese a lo que se
venía creyendo, no era un hecho sobrenatural sino natural y que se
había producido en el momento actual porque el partido en el poder,
dada la extraordinaria gestión que había realizado en el país,
había acumulado méritos suficientes para que llegara a concretarse
un hecho que estaba latente y no descubierto, aunque siempre fuera
ansiado por los pobladores de la Tierra.
Otras muchas mentiras habían hecho correr nuestros
gobernantes, pero con aquella el pueblo no comulgó. La gente rió y
cargó la culpa de la situación a San Jacinto Rivero, al propio
gobierno, al régimen anterior, a la conjuración judeo-masónica, a
los americanos o a los bolcheviques de antaño. Y muchos
coincidieron en que no necesitaban gobierno, que los pueblos,
puestos a una, podían regirse solos, como se venía demostrando.
****
La figura del Intendente General llevaba traza de convertirse
en legendaria. Corría el rumor de que el Teniente General Antolín
de Brujas había aceptado el cargo de general- panadero de manos del
Presidente del Gobierno Central con entusiasmo y para mejor
servicio de la patria y, gracias a él, se comía pan en Madrid y
cada habitante tenía una manta de campaña. Al parecer fue costoso
encontrar un salvador que cambiara la milicia por la panadería
activa y hubo que recurrir a la amenaza administrativa, a saltarse
el escalafón, a presionar con destierros, consejos de guerra y
cárcel para encontrarle colaboradores y acallar a los exaltados que
hacían buenas las guerras.
****
En el Arco de Cuchilleros la vida nos resultaba tediosa. Los
miembros del grupo que habíamos trabajado en nuestra vida mortal
echábamos de menos el laboreo. Las mujeres, me refiero a las
amas de casa, que no habían pertenecido a la población activa se
cansaban de mirarse a la cara y de ver siempre los mismos rostros.
Porque antes del extraño suceso, aunque convivieran con el mismo
número de personas podían encerrarse en su casa y hablar por
teléfono o sentarse ante el televisor o escuchar la radio o espiar
a los vecinos por la ventana u oírlos a trav‚s de las paredes o
leer revistas del corazón. Ahora no. En estos momentos, la señora
de Lozano, por ejemplo, mirara a donde mirara se encontraba siempre
con Nuria Soldevila, con Odilón de Ana o con su marido, con el
agravante de que apenas había dado comienzo aquella eternidad
inesperada, y le resultaba aburrido pues, tal vez, me decía a
menudo, se hubiera buscado otros compañeros para la inmortalidad.
Además, estábamos todas engordando a causa de comer sólo pan y
sardinas en aceite, y feas, muy feas y estropeadas de cara, pues
que no podíamos maquillarnos ni ellas teñirse los cabellos para
aparecer m s jóvenes. Estábamos siempre sentadas o largas en el
duro suelo, diciendo que criando culo, y le manifestábamos nuestra
inquietud a la jefe del grupo.
Mª Luisa Estaca, que era mujer de mundo, comprendió enseguida
que la inactividad corporal estaba carcomiendo el poco o mucho
cerebro de sus compañeras y que el anquilosamiento óseo podía
abocar en atrofias musculares o en reuma. Por eso, en la reunión de
los viernes de los jefes de grupo de Plaza Mayor, propuso un plan
para el movimiento de los moradores, para que los dueños del lugar
quemaran sus energías y descargaran la adrenalina, para que los
niños, que estaban muy pesados y no se entretenían con nada desde
que la televisión dejó de emitir sus programas, ocuparan las horas
en ejercicios físicos y, como teníamos muy poco espacio y poco se
podía hacer, propuso la creación de un circuito de andarines que
recorriera la plaza.
La idea fue bien acogida, se nombró un jefe de jefes y la
denominación cayó en Carlos Aguado, militar retirado. La primera
autoridad de la Plaza Mayor asistida por los demás jefes, encargó a
Felipe Urraca, arquitecto en la vida anterior, el diseño y pintura
de un circuito de andarines a la mayor urgencia y se puso a su
disposición. La decisión fue anunciada a los propietarios del lugar
y hubo sus más y sus menos, pero la medida se aprobó por
aclamación.
En toda la plaza se comentó que el movimiento sería muy
beneficioso para los cuerpos y para las mentes y que, además, se
conocería algo de mundo. Los andarines contemplarían, por fin,
todos los ángulos de la plaza, harían amistades con otras gentes,
tendrían algo nuevo que ver u oír y paliarían el tedio que se
apoderaba de todos los moradores. Además no era obligatorio, quien
no quisiera caminar podía refugiarse en los porches.
Se dispuso todo. El arquitecto realizó una magnífica labor.
Se pintó un circuito en el suelo para que los caminantes anduvieran
de cuatro en fondo y, cuando unos días m s tarde, todo estaba ya
listo para iniciar la marcha, la junta de jefes resolvió que la
maniobra daría comienzo mañana a la mañana, a la sazón el día de la
Candelaria, y felicitó a Urraca. Después se nombró un servicio de
orden cuyos componentes, todos voluntarios, fueron distinguidos
por un brazalete cosido por las damas de la plaza, y se les entregó
autorización para mantener la disciplina y para dirimir en los
problemas que se pudieran presentar. Así mismo se establecieron
guardianes en los accesos ante la eventualidad de que se
presentaran grupos de menesterosos o de gentes incontroladas y se
apropiaran de las posesiones de los corredores.
En la noche de la Candelaria, los dueños de la Plaza Mayor
estuvimos nerviosos y dormimos poco. La disposición del pasillo y
el hecho de que podríamos andar no hubiera tenido ninguna
importancia en tiempos pasados. En la actualidad suponía el primer
acontecimiento desde los días del segundo movimiento poblacional y,
además, teníamos los cuerpos anquilosados después de tantos meses
de inactividad y, por ello, miedo a que no nos respondiera la
rodilla o acabara doliéndonos un pie o la cadera o a que nos
entrara flato y, no lo digo por mí, pero todo eran razones y
temores al iniciar la rotación, que consistía en dar vueltas a la
plaza sin que se juntara el principio con el final de la carrera,
pues la cuenta que se había hecho Urraca: "Si todos cabían
sentados, todos cabían andando".
Yo, por hacer algo, para que no me miraran mal, para que no
me dijeran que estaba pegada a Odilón, aunque entre nosotros no
había nada ni siquiera una incipiente amistad, pues aquel extraño
sujeto, que podía ser mi padre, me daba miedo, y un tal Avril,
un francés instructor de boys scouts, abrimos la marcha de los
andarines en la clara mañana de la Candelaria. Uno, dos, uno,
dos... Detrás, el jefe de jefes y los otros jefes. Las gentes del
orden en sus puestos, los amos de las calles adyacentes
contemplando envidiosos el movimiento tan meticulosamente
programado. ¡Un éxito, un éxito!, en la primera vuelta los extremos
de la carrera no habían llegado a tocarse.
Cada vecino anduvo lo que quiso. Los porches estuvieron muy
poblados, pues muchos no probaron a caminar y otros abandonaron.
Así Nuria Soldevila que, sin aliento, se apoyó en una arcada para
secarse el sudor con un pañuelo harapiento y, cosas de la vida, a
poco, se apercibió de que un hombre que no le resultaba desconocido
la contemplaba con interés. Ella se avió un poco, se compuso el
vestido y se arregló el cabello, y se contentó mucho porque a su
edad todavía la miraran los hombres. Y ninguna importancia hubiera
tenido el episodio de la mirada a no ser porque el hombre, entrada
la noche, se acercó al grupo de Cuchilleros reclamando para sí un
espacio que había quedado misteriosamente libre, pues Pepe el Rubio
había desaparecido sin que nadie lo echara en falta. El metro
cuadrado existente entre Nuria Soldevila y los señores de Lozano.
No nos gustó a los Cuchilleros aquel sujeto que vino a
alterar la paz y que, inmediatamente, se enfrentó con el señor
Lozano pues que miraba sin recato a las mujeres del grupo, incluida
la suya, y nos hacía guiños y, ante el estupor de todos, nos
arrojaba besos con la palma de la mano. A los dos días, el sastre
se enzarzó a golpes con el desconocido y salió malparado de la
pelea pues su contrincante le rompió las gafas y le amorató un ojo
de un certero puñetazo.
Las fuerzas del orden actuaron con rapidez y se los llevaron
presos. Ante tan inciviles hechos, y que había quejas de que todos
los que se hallaban alrededor de los peleadores habían recibido
mil golpes, pisotones y escuchado procacidades, se acordó
constituir un tribunal que se estableció de inmediato, si bien no
resolvió nada. Porque unos estábamos con uno y otros con el otro.
Los de Cuchilleros pretendíamos expulsar de la Plaza Mayor al
recién venido y los demás, más cautos y serenos, se negaban a
privar de su derecho de ocupar un lugar libre al advenedizo; no
obstante, el jefe de jefes lo reprendió públicamente y le obligó a
cambiar el lugar con Josefa Gros a la par que cambiaba a Pedro
Escupe, para ubicarlo entre Federico García y el adolescente.
Aquella noche los del grupo tuvimos qué contar al matrimonio
Foz que regresaba a casa después de dos días. Los desconsolados
padres de las dos criaturas perdidas venían, una vez m s,
desesperados. No los habían encontrado y, sin embargo, una mujer
les había dado señal de ellos y encaminado hacia el barrio de
Aluche donde creía haberlos visto. Los jiennenses, entre lágrimas,
explicaron que habían caminado sin descanso y sin fruto alguno; que
por aquella parte de Madrid y por otras los habitantes no tenían un
metro cuadrado de propiedad ni tan siquiera medio, que estaban de
pie, unos contra otros, hombro con hombro como si de un ejército
alineado se tratara; que, al parecer, aquellos infelices habían
aprendido a dormir de pie, pues que no había otro espacio; que las
gentes de la Plaza Mayor y calles aledañas podíamos considerarnos
afortunadas. A mí, se me hizo un nudo en la garganta con aquella
historia. Recordé a mi familia, pero me dije que nunca me atrevería
a salir en busca, pues que en el Arco de Cuchilleros estaba bien,
entre buena gente que me trataba con cariño.
Y, ya íbamos a entrar a examinar el tema de las miserias de
la eternidad, cuando el desconocido que ocupara el metro cuadrado
de Pepe el Rubio en el grupo de Cuchilleros comenzó a echar saliva
por la boca y peores cosas por otro lugar y a increparnos con
improperios. Los componentes no sabíamos a quién acudir si al
hombre sin nombre que se retorcía en el suelo o a Nuria Soldevila
que, del susto, sufría temblores y ahogos. A ambos se los llevaron
los guardianes del orden de la Plaza Mayor, en camilla, a un
hospital. Con su marcha, los Cuchilleros quedamos reducidos en
número y ampliamos dos metros nuestro espacio vital. De la enferma
y del demente no supimos más.
****
En la Plaza Mayor, una voz anónima dio el grito de alarma a
media noche. La plaza se quemaba. El segundo piso de la casa de
Sucesores de Juan Malta, situada en la esquina a Botoneras ardía.
Al principio, todos contemplamos el incendio con curiosidad, luego
con morbo, hasta que se inició un inmenso barullo pues todos
queríamos salvarnos de un fuego que habría de expandirse por todas
la casas vecinas, y acaso por todo Madrid, ya que no había con qué
apagarlo. La marabunta iba y venía, abandonando sus propiedades,
sin respetar a niños, mujeres y ancianos. Diríase que había
comenzado la era del terror. Los Cuchilleros pudimos salir de la
plaza y emprender la huida por la Cava Baja de San Miguel. Odilón
de Ana me tomó de la mano y corrimos, pero el grupo se disolvió,
los miembros no nos dijimos ni adiós.
Se quemó toda la manzana entre Botoneras, calle de Gerona y
plaza de la Provincia pero no se perdió nada, salvo unos cientos de
metros cuadrados de habitación.
****
En el revuelo, Luis Manrique puso una bolsa en mis manos.
Odilón cogió mi talego, me agarró del brazo y corrimos,
corrimos... Cuando la multitud nos separaba, quiero decir que
nuestras manos se soltaban porque existía un impedimento entre
nosotros, ya fuera hombre, mujer o inmueble, el venezolano se
volvía airado hasta que conseguía recuperarme, mismamente como si
se tratara de un padre, y se encaraba con quien fuera preciso, y
volvíamos emprender la carrera. Yo diría que Odilón huía de todo
hasta de su alma. Dimos en la Plaza en Isabel II, intentamos que
alguien nos hiciera un hueco y como no lo conseguimos continuamos
por Arenal. Yo quería detener a Odilón, pues que ambos respirábamos
cada vez con mayor dificultad, pero él no me prestaba atención,
tiraba de mi mano, de mi brazo o me cobijaba bajo su hombro, sin
pararse nunca, como si fu‚ramos a perder el tren de la vida. En la
calle de Arenal, mi protector redujo su marcha y, a poco, se soltó
de mí, se apoyó en la verja de la Iglesia de San Ginés, se llevó
las manos al pecho, se desplomó y, pálido como un muerto, quedó
inerte en el duro suelo.
Yo grité, otros gritaron conmigo. Los dueños de la calle nos
hicieron hueco y se prestaron a auxiliar al fallecido, no quiera
Dios, decían, al herido... Del atrio salió una sombra... Yo que
llevaba tanta fatiga acumulada por la carrera y tanto susto de ver
a Odilón sin vida, rompí a llorar con motivo pues un diablo venía
hacia nosotros. Hice un movimiento de cabeza como para arrojar
lejos aquella malhadada visión y me despabilé un tanto. Entonces ya
vi que se trataba de un sacerdote, vestido a la antigua,
ensotanado, con una pistola al cinto, a la que, en aquel momento,
no di ninguna importancia. Es más, me reconfortó la presencia de
aquel anciano que tomó a su cargo la situación e impartió órdenes a
diestra y a siniestra, de tal manera que Odilón fue cogido en
brazos por unos hombres, entrado en la casa parroquial y depositado
en una cama. Seguí a aquella comitiva y contemplé como don Juan
Torcido, el cura párroco, acercaba a labios de mi amigo una botella
de anís y un vaso con una aspirina diluida. Y ya respiré, pues el
venezolano movió las manos y abrió los ojos, y su primera mirada,
que fue para mí, me cerró el hondón que se me había hecho en el
alma.
Pronto, Odilón, que era un hombre fuerte y recio, respondió
al tratamiento. Se encaramó en el lecho, se sentó y se levantó. El
señor cura sacó una hogaza de pan, que se nos hizo magnífica,
porque no habíamos visto nada semejante en meses enteros, la
partió, la bendijo, dio un trozo a los hombres que habían subido al
enfermo y los despidió, otro a nosotros y, cuando ya estábamos
solos, sacó un jamón, cogió un cuchillo y comenzó a cortar lonchas
muy finas... Ay, Dios, ¡pan y jamón en aquel Madrid de la
inmortalidad!, ay, Dios, que la boca se nos hacía aguas...
Don Juan, mientras observaba nuestros rostros y nuestro
asombro y consternación, nos explicaba divertido que las monjas
vecinas, las Descalzas Reales, no lo habían abandonado en el año de
la escasez y que, como eran buena gente y tenían las despensas
llenas, pues fueron previsoras en la ‚poca de las vacas gordas y
pudieron serlo porque ingresaban dinero abundante con su museo,
todos los días le llevaban un pan y, de tarde en tarde, algún que
otro manjar, como el jamón.
Odilón que, de tanto en tanto, echaba un trago a la botella
de anís, exclamó: ¡Viva la Santa Iglesia, viva Dios, viva el señor
cura!. Yo, como lo vi borracho no s‚ si del licor o de haber
llenado el estómago, lo acompañé a la cama, donde cayó como un
saco.
Don Juan me interrogó inmediatamente que quiénes éramos y si
Odilón era mi padre. Me dijo que no recogía gente. Que con nosotros
había hecho una excepción porque Odilón estaba enfermo, pero que
cerraba la iglesia al son de campanas a las nueve de la noche y la
abría del mismo modo a las siete de la mañana para decir la primera
misa. Que pasaba el día celebrando el Oficio y confesando a los
muchos pecadores de poblaban Madrid. Que si llevaba su pistola de
capellán castrense tan a la vista era para amenazar y contener al
personal que quería instalarse en la iglesia sin respetar el lugar
sagrado... Y alzaba la voz para decirme que a la noche, en San
Ginés sólo vivían Dios y él y, ocasionalmente, alguna persona
necesitada y que más de una vez había tenido que disparar al aire
porque los irrespetuosos lo llenaban todo. Luego disminuía el tono
y, en voz bajita, bajita, me decía que estaba próxima la Parusía,
la segunda venida de Jesucristo, nuestro Señor, pues no en vano se había
iniciado el tercer milenio, y que Dios-Hijo, que no podía tardar más tiempo
en volver al mundo, necesitaría un lugar vacío donde instalarse.
Yo asentí y, como me ofreció más pan y más jamón, y vi que me
hablaba un hombre bueno, decidí confiarme al él y hasta le pedí
confesión y comunión, porque a saber lo que cabía esperar de la
inmortalidad madrileña. Le dije mi nombre, que provenía de
Zaragoza, que no había querido venir cuando lo hicieron mis padres
y mis hermanos, más que nada por llevarles la contraria y hacer
valer mi recién adquirida mayoría de edad, por esas cosas que hacen
los hijos; que me presenté más
tarde con mi amiga Carmen a quien perdí cerca de Barajas, pues que
entramos, precisamente, en el momento en que se producía el segundo
asentamiento de la población y que me encontré envuelta en un río
de gente que me arrastró en una vorágine imparable a la plaza Mayor,
bajo el Arco de Cuchilleros, donde marqué mi propiedad, justo al
lado de Odilón hasta que tuve que huir del incendio de la plaza
Mayor. Y ya pasé a hablarle de Odilón de Ana. Un curioso personaje,
padre Juan, sostuve, un escritor venido de Venezuela, que imaginó
todo esto que acontece... Esto de la inmortalidad... Que en Madrid
no hubiera muertos... Que se encerró en su casa y se puso a
discurrir su historia que, en casi todo, es la misma que sucede: la
llegada de la gente, la ausencia de muertes, nombres concretos de
personas con las que hemos convivido bajo la arcada; a Matías Foz,
Carmelina Gómez y Mª Luisa Estaca los pensó tal cual, y mil cosas
que han acontecido, señor cura, mil cosas... Cierto que Odilón
tiene el seso bastante estorbado, máxime desde que descubrió que
los eventos precedían a lo que l imaginaba... Yo, padre, le
insisto para que fabule una eternidad con menos miseria de la
existente por si acaso es cierto lo que cuenta y el hombre tiene
algún poder, para que podamos vivir mejor...
Don Juan me escuchaba perplejo. Movía la cabeza, como
dubitativo. Fue a responderme, pero antes miró su reloj de pulsera,
vio que iban a dar las siete, subió al campanario, llamó a misa y,
rápido, como si no tuviera la edad que representaba, dejó la casa
parroquial, abrió la iglesia, se entró en la sacristía, se vistió
con la ropa de celebrar, se asentó la canana de la pistola en la
cintura, y a mí, que le seguía pues Odilón todavía descansaba, me
ordenó franquear la puerta principal y la de la verja, diciéndome
que tuviera cuidado no me aplastara la multitud. Así lo hice.
Me sorprendió que el recinto sagrado se llenara en un
instante. Me dije que la gente vendría en busca en mayor holgura o
un espacio en un banco para cambiar de postura, pero me equivoqué,
el gentío venía a oír misa y a escuchar a don Juan Torcido.
****
Luego, Odilón y yo supimos que las prédicas de Don Juan eran
célebres. El sacerdote no se recataba al asegurar, y quizá fuera el
único religioso que lo dijera abiertamente, que el hecho de que no
hubiera muertos era obra de Dios. Que era Dios, en su infinita
bondad, quien había extendido la eternidad al planeta Tierra y
tenía a Madrid como campo de pruebas. Enfatizaba que la villa era
la más afortunada de todas las ciudades del mundo, pues que había
sido elegida por el Todopoderoso para ensayar, otra vez, la posible
concesión de la inmortalidad corporal al género humano. Y razonaba
que Dios Padre, en los lejanos tiempos del Paraíso Terrenal, ya
había pretendido que el hombre fuera una criatura eviterna,
inmortal, siempre en gracia, perfecta incluso, y que no lo había
conseguido porque Adán y Eva, nuestros Primeros Padres, haciendo
uso de su libre albedrío, habían pecado y trastocado los planes de
la Providencia. Que el Señor enviaba la bienaventuranza de otro
modo y muy escasa de recursos, precisamente, porque al primer
hombre le había entregado un paraíso, pletórico de bienes, con
ríos que manaban leche y miel, con toda suerte de exquisitos
alimentos a la mano, y no le había servido de nada. Por esa razón,
ahora, concedía la inmortalidad en la pobreza, en la escasez, pero
aseguraba que esta nueva vida eterna era tan buena como la
anterior, como la que gozaran Adán y Eva, y mucho más esperada y
deseada por los habitantes de la Tierra, pues cumplía una de las
mayores aspiraciones de la humanidad.
Los oyentes del párroco de San Ginés temblaban ante tales
razonamientos, pero le escuchaban con devoción, dispuestos a
templar sus bajos instintos, a sujetar la cólera, a ayudar al
hermano, a aceptar aquella eternidad que se había presentado escasa
de bienes con alegría y a vivirla por los siglos de los siglos en
un gozo, y cantaban muy alto.
Don Juan cada domingo tenía la iglesia más llena de gente.
Acudían creyentes y agnósticos a oír al predicador y a recibir la
Comunión de sus manos, porque muchos querían ponerse o seguir a
bien con Dios en la eternidad terrena. El cura estaba contento con
la respuesta religiosa de los inmortales, pese a que dudara de la
veracidad de algunas conversiones y, cuando en San Ginés no pudo ya
repartir la Sagrada Forma en su forma tradicional, porque no
consiguió oblea, y tuvo que hacerlo en las dos especies, con pan
moreno y vino común de Cebreros, todavía receló más si aquellas
gentes, vidas, que le mordían los dedos al comulgar, venían
ansiosos de Jesucristo o de mojarse los labios con una gota de vino
y llenarse la boca con una migaja de pan, tanta era la miseria.
No obstante a su propósito de guardar espacio a Jesucristo,
don Juan se dejó sugestionar porque Odilón era escritor y porque
había pensado parte de lo que sucedía en Madrid, y haciendo una
excepción, nos acogió y nos dio cama y comida, pese a que, tiempo
atrás, después de desempolvar su pistola de capellán castrense
hubiera decidido cerrar el templo por la noche y, por el día,
acotar los altares con cuerdas, tablones, cadenas, con todo lo que
buenamente pudo, para preservarlos de la muchedumbre, y depositar
las imágenes de Santa María de la cabeza, de la Virgen de las
Angustias y de San Ginés, así como varias preciadas reliquias de
varios santos en la caja acorazada de una sucursal bancaria,
próxima a la iglesia, a la espera de que se estabilizara la
inmortalidad o que volviera la mortalidad. Pero, a pesar de sus
muchas precauciones e intensiva vigilancia, cada noche, sentados
los tres a la mesa, se lamentaba con nosotros que había tenido que
expulsar a un hombre, a dos o a cuatro, de los altares y nos
aseguraba, ya conocedor de toda la historia de las fabulaciones del
venezolano, que su corazón, inspirado por alguien muy alto, le
decía que Odilón tenía en sus manos el hilo de los acontecimientos
y le insistía a que escribiera un final para el Año de la
Inmortalidad. Y, ora nos abandonaba para expulsar a unos
invasores, y lo oíamos gritar que los altares eran propiedad
divina y que había que honrarlos del mismo modo que antes de la
eternidad porque era Dios y sólo Dios quien había querido extender
la vida imperecedera a la capital de España, ora se recogía en su
oratorio para rezar por los pecados del mundo.
Yo aprovechaba aquellos momentos de soledad para rogar a
Odilón que siguiera las instrucciones del párroco, pues que
escribiera un final para el año de la inmortalidad, salvo que fuera
depositario de alguna gracia o poder extraordinario, en principio,
no había de traernos ni favor ni disfavor, pero mi amigo no estaba
por la labor. Aseguraba que tenía la imaginación dormida...
Me resultaba entretenido observar como los hombres y las
mujeres de la Iglesia de San Ginés tenían un miedo cerval al
párroco, aunque seguían sus instrucciones y le obedecían. Sobre
todo, los domingos, cuando el señor cura les hacía apretarse entre
ellos y comprimirse al máximo para que cupieran otros fieles y
oyeran todos la Santa Misa.
****
Tanto insistía don Juan a Odilón para que cogiera la pluma,
que éste se alteró con las proposiciones del cura párroco y comenzó
a sufrir un extraño tic en la cara, como si se le fuera el labio.
Entonces, decidí sacarlo a pasear un rato cada día y llevarlo a ver
mundo. Ese mundo del que nos hablaban los feligreses de San Ginés.
El de los inmortales que empezaban a concienciarse de que aquella
vida, máxime siendo perpetua, no era tan grata como en principio se
creyó. El de los que clamaban a las altas magistraturas de la
nación que pusieran fin a una situación que de anómala se había
tornado en un perenne y extravagante desorden, pese a la mucha
igualdad que traía.
Odilón y yo nos fuimos pues a recorrer el mundo. El aire
pareció sentarle bien y despejarle la mente. Contemplamos diversas
manifestaciones en las que unos habitantes se amontonaban en las
aceras para que pudieran discurrir otros que alborotaban. Sobre
todo, pidiendo más espacio y más alimento, pero los excéntricos
solicitaban las cosas más variadas.
****
Unas gentes aquí y otras allá, siempre en los alrededores de
la Iglesia de San Ginés, nos contaban que Ramón Canales, el
Presidente del Gobierno Central, había perdido el seso. Aseguraban
que en el último Consejo de Ministros (al que solamente asistieron
dos miembros del gabinete, los demás andaban perdidos en el jaleo),
Canales había gritado a los presentes y a los ausentes y que,
subido encima de la mesa, había pateado la noble caoba. Y, como su
actuación fue impropia, se decía que Jimeno de Alloza, Ministro de
Educación, había tomado las riendas del ejecutivo, postergado al
pobre Canales e iniciado con magnífico verbo un discurso en el que
señalaba que era preciso un muerto ya fuera real o ficticio,
voluntario o involuntario; un h‚roe acaso, y comenzó a perderse en
los valores de la raza, en el sacrificio, en Indíbil y Mandonio, en
Numancia y en Sagunto, y hasta apuntó la posibilidad de que el
muerto fuera la persona que tuviera lo que hay que tener mejor
puesto que ningún otro.
Al parecer, Jimeno de Alloza pretendía, con oro que había
depositado en el Banco de España o mediante cargos u honores o
grandes lutos o funerales, comprar un hombre o una mujer que
estuvieran dispuestos a sacrificarse por el pueblo español. Decía
que en el solar hispano habían tenido lugar grandes sacrificios
desde que la Historia recordaba y que de seguro surgiría el hombre
ejemplar. Terminó aseverando que él mismo sería el inmolado de no
presentarse ningún otro.
Canales levantó acta y, entre mocos, agradeció vivamente la
postura de Jimeno de Alloza. En el propio palacio de la Moncloa se
escribió el "Decreto del Muerto", se imprimió a ciclostil y se
repartió por todas las mesas de avituallamiento de Madrid.
A los pocos días, seguían los informantes, la medida surtió
el efecto deseado. En el despacho del Presidente se presentó
Agustina Infante, conocida como la loca de Argüelles. Era mujer ya
mayor y de ojos saltones. Canales la recibió inmediatamente y no
pudo contener la emoción ante aquella infeliz que a cambio de
quitarse la vida sólo pedía un gran entierro como los que tuvieron
el Generalísimo Franco y don Juan de Borbón, con el Rey y la Reina
presidiendo el duelo, y gritaba que quería ser sepultada en Pola de
Lena y llevada a su lugar de origen en procesión, en loor de
multitud, con muchas coronas y muchos obispos y sacerdotes
siguiendo el cortejo y entonando músicas sacras.
Dijeron que Canales que, dado el deterioro de la situación,
ya veía imposible su reelección, le prometió todo y m s, y, cuando
le preguntó a la próxima muerta de qué modo iba a proceder por, si
acaso necesitaba alguna cosa, proporcionársela, la voluntaria le
respondió que no tenía intención de suicidarse, que la tendrían
que matar, que se pondría de espaldas para no ver al matador. El
Presidente en un rapto de ira la expulsó y envió recado a Jimeno de
Alloza para que dispusiera su suicidio. El Ministro de Educación no
le respondió nunca. Ninguno de los que esto oímos tampoco.
****
Había quien expresaba su temor de que cuando estas patrañas,
ardides, anomalías, sinsabores, desazones, fallos, faltas y
fatalidades llegaran a oídos del General Antolín de Brujas,
Intendente General, que residía en Segovia al frente de 850
panaderías, 5.000 soldados, 40 jefes voluntarios, 4 talleres de
automóviles, 10 fábricas de conservas, 60 telares automáticos para
la confección de mantas, 12 depósitos de farmacia, una flota de 100
camiones con sus conductores, y e1 teléfono que, milagrosamente,
todavía funcionaba, el hombre se desmoronara, porque le pedían
demasiado y en Madrid nadie hacía nada que reportara utilidad a la
situación extraordinaria. Porque el militar y sus ayudantes se
habían excedido al cumplir los objetivos que les marcara el
gobierno. Vivían en Segovia, una bella ciudad, a la que no había
llegado la inmortalidad, con el riesgo consiguiente. Y, si recibían
felicitaciones eran las que cruzaban ellos mismos, de superior a
inferior y viceversa, pero de la capital de España no llegaba
ninguna. De Madrid, al principio, llegaron órdenes, luego ya
solamente rumores.
Añadían que la única autoridad española en ambas Mesetas era
el General Brujas. Con él venían a tratar delegaciones extranjeras,
a proponerle que se presentara en Madrid con sus tropas, que
despachara al gentío sin derramar una gota de sangre y que
repusiera la deteriorada democracia, terminando con el caos que
amenazaba con despoblar Europa, y que se proclamara salvador de la
patria, si era su gusto. Y le ofrecían ayuda, camiones y gasolina,
y alimentos para que los inmortales regresaran a sus casas,
créditos a fondo perdido para la restauración del sistema político
y unas larguísimas vacaciones pagadas para él y su familia.
El General Brujas enviaba a aquellos embajadores al Rey y
contestaba que, aunque ‚l estaba al frente de la única unidad
táctica del Ejército Español, no tomaría su bandera para hacer
banderías; que las decisiones las tomara el Presidente del
Gobierno, que él se limitaba a obedecer.
****
Los recorridos me resultaban agradables. A Odilón alguna vez
se le ensombrecía la cara, como con la narración que escuchamos
sobre el general Brujas, que ‚l no había llegado a imaginar, pero
viendo y oyendo tanta cosa, algunas rayanas en la locura, mi
compañero se animó y le fue cambiando el talante. Yo siguiendo la
instrucciones de don Juan, nuestro protector, viendo la cantidad de
gente apiñada que poblaba la calles con la cabeza muy erguida, como
queriendo aprehender más oxígeno para poder respirar mejor, le
rogaba que inventara un final para todo aquello lo m s hermoso
posible, puesto que tanto el señor cura como yo creíamos en la
eventualidad de que fuera él, Odilón, quien sin quererlo ni
pretenderlo estuviera, como la Parca, moviendo los hilos del
tiempo. Que, al menos, trajera ayuda alimenticia de los países
ricos, pero mi compañero se negaba a coger la pluma. Me decía que
el cura y yo le pedíamos demasiado, demasiada responsabilidad, pues
que se trataba de decidir, aunque fuera en el papel, sobre los
muchos millones de almas que se habían personado en Madrid a vivir
una eternidad con la que unos estaban conformes y otros no, aunque
los disidentes fueran libres para abandonar la villa cuando
quisieran. Y Odilón miraba al cielo para ver si se presentaban los
Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
Porque a menudo Odilón y don Juan discutían. Yo me echaba a
temblar pues el escritor se encorajinaba cuando el cura aseguraba
que muy pronto se escucharían las trompetas del Juicio Final y
miraba a Odilón, su único interlocutor porque yo no tenía formación
ni estudios suficientes para opinar en las altas cuestiones que
trataban, como si fuera el Anticristo, al menos eso me parecía.
Pero no, Odilón era un buen hombre y, como a mí me había tratado
como a la hija que nunca tuvo, alguna vez, me atrevía a intervenir
y a sostener que en Madrid no estaba el Anticristo, que no había
nadie incitando a las gentes al pecado ni repartiendo angustia; que
el único predicador existente, el único que se atrevía a decir algo
era, precisamente, don Juan, otra buena persona; que las mujeres
que se encontraban embarazadas no eran más desgraciadas que las que
tenían el vientre descargado. Y sentaba mi postura de que, de
momento, no se anunciaba el Fin el Mundo. Entonces, don Juan
hablaba de la Parusía, de la segunda venida de Jesucristo, y Odilón
y yo le escuchábamos con toda atención.
Decía que él tenía de noche la Iglesia de San Ginés vacía
para guardar un sitio al Señor, para que desde allí gobernara el
mundo. Que la Santa Biblia en la versión de los Setenta asegura que
la segunda venida ser pronto, pero no inminente, que su hora ser
desconocida y que ser súbita. Así, resumía. Luego se extendía que
para Dios un día es como mil años y mil años como un día, y hablaba
de señales remotas, como guerras, pestes, hambres, terremotos, y de
señales próximas que, a Dios gracias aún estaban por llegar: del
Anticristo que habría de presentarse a confundir a las mentes de
buena voluntad, de que el sol y la luna no iluminarían, de guerras
entre los reyes de la tierra, de fuegos que caerían del cielo, de
sonidos de trompetas, de áángeles y de la aparición en el cielo del
Señor Jesucristo con una corona de oro y una hoz en la mano, de la
resurrección de los muertos y del camino de vivos y redivivos hasta
el Valle de Josafat, arrebatados por la nubes...
En este punto de la propuesta de don Juan, Odilón estallaba
en un ataque de furia y espetaba al cura que lo peor que podía
suceder en la situación que estábamos era que resucitaran los
muertos, y le prohibía, arrogándose de una autoridad que nadie le
había dado, pensar siquiera en ello. Entonces el cura lo mandaba a
escribir.
Los dos hombres se retiraban airados. Odilón a tenderse en la
cama y mirar al techo con los ojos perdidos. Don Juan a sentarse en
su sillón de mimbre en el atrio de la iglesia a reflexionar
mientras acariciaba la culata de la pistola.
****
Pese a las discusiones y a los malos humores de mis
compañeros de eternidad, yo le decía a Odilón en nuestros paseos
matutinos que, desde que ‚ramos protegidos del señor cura, nuestra
vida había mejorado sustancialmente, pero él no me atendía por que
se distraía con cualquier cosa.
En la plaza de la Cebada, nos divertimos, un joven matrimonio
porfiaba debajo de su manta. La mujer le espetaba al marido que no
se iría a la cama con él porque no había de pasarse la eternidad
embarazada, pues que, quizá, su preñez fuera también eterna, y que
no había medios de prevenir la natalidad ni casi lugar en donde
nacer. Y, además, preguntaba a su cónyuge si un niño nacido en la
inmortalidad crecería y llegaría a ser adulto o si sería
eternamente bebé.
****
En la calle de Arenal, Odilón y yo prestamos mucha atención,
dos hombres discutían acaloradamente. El m s alto gritaba al más
bajo que le estaba pisando continuamente su sombra y que no estaba
dispuesto a pasar así la eternidad, que su sombra merecía un
respeto. Que la sombra de una persona, aunque no formara parte del
cuerpo, era intrínseca a cada individuo, con la particularidad de
que unas veces le precedía y otras caminaba junto a él o le seguía.
Que además de parte sustancial de un sujeto agente, bien podía ser
una compañera, una amiga incluso, y que no se debía pisar ni menos
de continuo. Que era afrentar al pisoteado. Y parecía desesperado.
Las gentes de alrededor le miraban con espanto, quizá, por
los gritos que daba, quizá, por las filosofías que salían de su
boca.
El ofensor se excusaba que no lo hacía adrede; que no podía
pasar la vida eterna pidiéndole perdón y que, por otra parte, no le
hacía daño; que, aunque, en efecto, estaba de acuerdo en que la
sombra era personal e intransferible, no podía considerársela parte
de un semoviente, pues que era exterior y no estaba unida al cuerpo
humano por ningún apéndice o pedúnculo; que no formaba parte de la
vida, aunque acompañara a los seres solitarios y que no sufría ni
padecía. Y pretendía contemporizar y tampoco le iba a la zaga en
filosofías.
El ofendido respondía, airado, que, naturalmente, las sombras
eran inseparables de la vida, que sin ellas no existiría, pues no
habría sol ni luna ni luz natural ni artificial; que la sombra era
un rasgo común, el único tal vez, que unía a seres animados e
inanimados, ya que unos y otros, ya fueran grandes o pequeños, la
proyectaban de un lugar a otro, dependiendo de la posición de la
luz; que sólo las criaturas creadas superiores, como ángeles o
demonios, no producían sombra porque gozaban de un cuerpo sutil.
Los vecinos de ofendido y ofensor contemplaban el cuadro con
interés, entretenidos, si bien dispuestos a terciar en una
disquisición filosófica que podía devenir en pelea. Nosotros
también.
****
En la Plaza de las Cortes, presenciamos una disputa pues,
cuando los habitantes conocieron que más allá de la calle Matías
Cremona y anejas, donde vivían prostitutas, maricas y otras gentes
del vicio, existían varias colonias de nudistas que querían vivir
la inmortalidad de la manera m s natural posible y disfrutarla a su
modo, muchos se santiguaron y los más se escandilazaron y dijeron
que la eternidad había que vivirla vestidos.
Unos aseguraron taxativamente que, mientras no desapareciera
la libido de los ojos de los hombres y las mujeres inmortales,
había que vivirla con ropa; otros defendieron que hacía fresco, a
veces incluso frío, y que aquel destape tan completo era
insolidario, y tildaron a los nudistas de irresponsables, pues que
podían constiparse y acabar con el resfriado en pulmonía y en
muerte certera, con el consiguiente fin de la eternidad terrena.
Y todos convinieron en que era tentar al Demonio, y que ellos
tendrían que regresar a sus casas y volver a la maldición del
trabajo y otros agobios. Y querían que los hombres del orden les
obligaran a vestirse nada m s fuera porque era voluntad de la
mayoría, al menos de la mayoría propietaria de la Plaza de las
Cortes. Nosotros no nos decantamos por ninguna de las dos posturas,
dijimos que hiciera cada cual lo que quisiera.
Pero tuvimos que calmar al anciano José Bendito, muy sordo ya
y estropeado por sus muchos años, que se sobresaltaba con tanto
estrépito vecinal. El hombre que iba de susto en susto en aquella
inmortalidad de gritones y bulleros, nos preguntó cómo la eternidad
llegaba igual para todos, para justos e injustos, cuando todas las
religiones habían excluido del premio eterno a la mala gente. No
supimos qué responderle.
****
(Odilón de Ana. Diario:
"Escribo en los trocitos de papel que me da el cura, en
recortes de tela de una sábana vieja que me proporciona esta
criatura, esta niña que vive a mi lado, y que tanto insiste en que
tome la pluma, pero pronto habrá‚ de hacerlo en el forro de mi
americana. No hay papel, no hay de nada. He de hacer una letra
minúscula.
Recorro con Ángeles un Madrid pintoresco. En cada esquina
puede haber argumento para una novela.
A ratos, creo que no lo pensé tan mal, que estuve afortunado
previendo y pretendiendo la inmortalidad. He conseguido que la
gente no sea asesinada ni se muera y, en consecuencia, interrumpido
el ciclo vital (no sé‚ si los animales nacen, crecen, se reproducen
o mueren como hacían antes porque hace meses que no veo un bicho ni
vivo ni muerto; en esta ciudad ya se come cuero y serrín). Creo que
he conseguido mucho más que cualquiera otra persona o sabio. A
veces, me dan ganas de pregonar que soy el causante de la
eternidad. En lo único que erré‚ fue al imaginar tan a primeras la
venida de tamaño gentío".)
****
En la ronda de Segovia, nos sorprendió que un hombre joven
buscara seguidores, trotamundos, exploradores, aseverando que el
habitante de Madrid, puesto que había conseguido alcanzar el
estadio de la inmortalidad, podía lanzarse, sin peligro alguno, a
aventuras inimaginables, y proponía excavar una galería que llevara
al centro de la tierra para ver lo que hubiere. Advertía que los se
sumaran a su expedición no morirían y pedía picos, palas, m quinas,
tablones, maderas o muebles viejos, espacio para hacer un túnel y
hombres con arrojo.
Aquel loco de la ronda de Segovía tenía previsto todo.
Pensaba marcar el túnel, iniciar una zanja de un metro de di metro,
apuntalar sus paredes, sujetar las entibas y bajar al centro del
mundo para contarlo después o quién sabe si poner en explotación
los inmensos tesoros que custodia la madre tierra o si montar
colonias para habitación de los inmortales, en fin, contemplar el
mundo bajo la superficie.
Gritaba que la Tierra era la mejor amiga del hombre pues que
de ella provenían los frutos y los animales que lo sustentaban;
que, en consecuencia, no haría ningún daño a los aventureros...
Quienes lo oían decían que no, que no era de razón ahondar la
tierra hasta tan lejos; que en el subsuelo sólo trajinaban gusanos,
serpientes y demonios. Aseguraban que el empeño del muchacho no
resultaría grato a los ojos de Dios, pues si l hubiera querido que
el hombre caminara bajo la superficie le hubiera dotado de un
cuerpo prensil, que no anduviera en posición vertical, y no le
hubiera consentido nunca alcanzar la estación bípeda. Que, además,
la consecución de una galería ilimitada, al menos por el momento,
podía causar graves daños en la superficie de la tierra, con lo
cual la villa de Madrid quedaría como agusanada y se hundiría por
no poder sostener su propio peso ni el de sus moradores. Otros
comentaban que a la Tierra había que cuidarla, como si se tratara
de una madre porque lo era, en realidad. Era quien proporcionaba
alimento a los seres vivientes.
Y, pese a estos comentarios y otros semejantes, había
personas que estaban dispuestas a ayudar al muchacho y se acercaban
a él con un pico, con una pala o con una cuerda o con un tablón de
madera.
Odilón de Ana observó todo aquel movimiento entusiasmado.
Aplaudió la idea del muchacho y sostuvo con mirones y curiosos que
en Madrid vivían una histeria individual y colectiva. Yo estaba
feliz y le animé a escribir la historia.
****
Cualquiera le hubiera dado la razón al escritor, a mi
compañero de eternidad, y a los que estaban con él, si en la calle
de Toledo, esquina con la de Juanelo, hubiera visto y oído a Pedro
Vivel, otro alocado muchacho, que había fabricado un batiente de
madera y lona y decía que iba a volar.
Pedía ayuda para acercar el artilugio a la Catedral de San
Isidro y subirlo a una torre desde donde pretendía iniciar una
carrera por el firmamento. Y no valía que sus familiares y otros
sesudos varones le indicaran que, aunque la inmortalidad fuera un
hecho, podía quedar malherido y parapléjico para toda la eternidad
o que en vez de arrojarse de la torre al duro suelo probara en el
cercano Manzanares, adonde lo acompañaban y le llevaban
gustosamente el ingenio volador, pues el daño sería menor, o que
esperase que llegaran los bomberos con sus lonas de salvamento, o
que no tenía ninguna necesidad de hacer una hombrada, pues que
volar con ingenios mecánicos era común, no valía.
El chico andaba empecinado. Porfiaba que había construido
unas alas muy ligeras, de fácil manejo, y un espléndido artilugio;
y convenía en que volar por medios mecánicos ya no era una hazaña,
pero surcar los cielos con tan rudimentario ingenio, sí. No
obstante, reconocía, ante su desconsolada madre, que a su invento
le faltaba una parte muy principal. Pues que el chico había
imaginado atar palomas domesticadas al artilugio, de tal manera que
los bichos volaran a sus órdenes en el cielo, su elemento natural,
y que sostuvieran el artilugio, pero no había palomas, que más hubiera deseado
la gente que lo observaba..
Los hombres de la zona, cansados ya de templar gaitas y de
tanta obstinación, lo esposaron a un banco y acabaron la historia
del muchacho volador. Porque la inmortalidad madrileña tan
extrañamente conseguida y tan pobremente vivida no admitía riesgos.
Los hombres y las mujeres no querían correr riesgos. A mí me
pareció bien que lo retuvieran, a Odilón no. El escritor lo hubiera
dejado malherirse.
****
En la Iglesia de los Santos Justo y Pastor asistimos a la
celebración de una boda. Nos informaron que un tal Luis y una
tal Paquita se casaban.
Al parecer, los novios vivían en propiedades vecinas. Ella
salió de su metro cuadrado de propiedad vestida de blanco
inmaculado y llena de perifollos. Él de chaqué.
Odilón y yo nos quedamos porque nos invitaron al banquete, y
no dudamos. Vimos como los curiosos y mirones abrían paso a los
felices prometidos y a la comitiva, y nos admiramos de que los
enamorados hubieran encontrado tela, sastre y modista y, todavía
más, de que hubieran recibido regalos y de que fueran a celebrar el
matrimonio con una comida. Por eso nos sumamos al multitudinario
cortejo, pues aquellas bodas se nos hicieron de reyes.
Nos explicaron que todos los vecinos de Luis y Paquita
hubieran querido ser el padrino o la madrina de la pareja pero,
como no era posible, los novios lo echaron a suerte, y ésta recayó
en Feliciano y Carmen, ambos de mediana edad y vecinos de Madrid.
Dos personas rumbosas e influyentes, altos cargos del partido en el
poder, según decían los rumores, que no escatimaron esfuerzos y
consiguieron lo que parecía imposible en aquella ciudad de la
escasez. Que lograron iglesia, cura, flores para la ceremonia,
tela, modista, sastre y pan y vino para el convite. 50 canastas de
pan candeal y una gruesa de botellas de vino bueno de Valdepeñas.
El delirio... por eso, quizá, estábamos tanta gente vitoreando a la
pareja y a los padrinos.
Los novios se aceptaron en la eternidad para toda ella.
Concluyó la ceremonia religiosa. Los recién casados se besaron en
el atrio de la iglesia y recibieron los aplausos y los parabienes
de todos los presentes. Y ya, las botellas y los panes circularon
de mano en mano.
Invitados y gorrones comenzamos a comer y a beber con ansia,
a hacer ruidos guturales, a querer comer y beber más, sin
acordarnos del compañero ni del vecino ni del amigo, ni que
debíamos coger un trozo de pan y beber un trago de vino y pasarlo
al siguiente, de tal manera que los que estaban detrás apretaban a
los que estábamos delante en un afán de llevarse algo a la boca, y
así el novio y otras personas fueron replegadas al atrio de la
iglesia. Luis se encaramó a una hornacina de la fachada para
salvarse de las apreturas de la multitud. Desde su mirador pudo
ver cómo Paquita, su esposa, era arrebatada por la turbamulta que
iba en pos de un muchacho que corría con la última barra de pan del
banquete hacia el Palacio Episcopal para perderse en Madrid.
Paquita desapareció. Su esposo la buscó y la lloró. Nadie
supo si llegó a encontrarla ni si aquel matrimonio roto por la
asfixia y el hambre consiguió reunirse después. Odilón y yo dejamos
la boda avergonzados, los dos nos habíamos comido media barra cada
uno, y eso que don Juan seguía dándonos de comer.
****
Otra vez oímos hablar de Luis Manrique, nuestro compañero
del Arco de Cuchilleros y sagaz periodista que echó el embrollo a
los vientos. El hombre no dejó de hacer lo que consideró su
obligación cuando desapareció el diario Alfa Cuatro a causa de las
adversas circunstancias para otra economía y otro alarde que no
fuera la mera subsistencia, ni bajo el Arco de Cuchilleros que
escuchó a todos los que quisieron decirle alguna cosa.
Yo le propuse a Odilón ir al buscarlo para devolverle la
bolsa que me confió en el momento que comenzó el incendio de la
Plaza Mayor, pero nos resultó imposible franquear la barrera humana
que existía en las calles adyacentes a la puerta de Alcalá, donde
el hombre continuaba con su labor de informador de noticias que ya
no eran ni sobresalientes, ni punteras ni puntuales, ni dulces ni
acedas, ni buenas ni malas, sino cómicas o trágicas, ya fueran
reales o absurdas.
Odilón dijo que no podía ser de otra forma pues que se había
parado la actividad económica y laboral y ya no se producía riqueza
ni, en otro orden de cosas, apenas se transgredía la ley y, en
consecuencia, no existían las persecuciones policiales ni se
descubrían asesinatos ni crímenes pasionales ni se repartía morbo
desde el papel impreso o desde los medios audiovisuales. Que por
esa razón, el muchacho, en el momento actual de la eternidad
matritense, sólo podía dedicarse a distraer a los habitantes la de
la villas con lo que viera u oyera de sus vecinos y con lo que
hábilmente, consiguiera hurgar en los corazones de las gentes.
Puesto que no había ya qué analizar o comentar ni qué presumir o
prevenir, el chico sólo podía contar las vidas de los demás.
Yo comenté que el periodista había trabajado con denuedo
desde sus tribunas de El Día y de Alfa Cuatro y, desde allí,
gritado, bramado y suplicado para que las altas magistraturas de la
nación y los hombres y mujeres de la población hicieran lo posible
para que la presunta eternidad no desbordara los cuerpos y las
almas de los inmortales, ya que se trataba de una eternidad mucho
m s compleja de lo que nadie hubiera podido soñar o imaginar. Y
hablé de su tristeza y desilusión, cuando me contó que el afán de
hacerse con el pliego que, a duras penas, conseguía imprimir Alfa
Cuatro y repartir, no obedecía a las noticias o a los comentarios
que trajera sino a una necesidad perentoria de conseguir papel
higiénico. A Dios gracias, cuando se deprimió, ya se lo llevaba la
muchedumbre y dio a parar en el Arco de Cuchilleros.
Decíamos que Luis se hubiera merecido un descanso, pero que
lo mismo que le sucedió en la Plaza Mayor, de seguro, que sus
nuevos vecinos lo habrían reconocido y animado a retomar la
actividad y a atender a las numerosas personas que llegaran a
pedirle consejo o a preguntarle detalles sobre cómo descubrió la
inmortalidad o cuál era su opinión sobre la misma y su desarrollo.
O a los que le solicitaran que ayudara a tal o cual niño o anciano
y que le buscara un lugar libre. O a los que le instaran a
encararse con el Gobierno para que se tomara alguna determinación
que minorara la miseria en que vivían. O a los que le pidieran que
acabara con la escasa drogadicción que quedaba en la villa o con el
alcoholismo o con las malas costumbres y los vicios. O a los que
le pedían m s pan...
Escuchamos que la puerta de Alcalá parecía un consultorio,
pues a Luis Manrique le trajeron un megáfono para que le oyeran los
m s alejados. Y, así, con otro megáfono en la platea, inició un
coloquio. Al principio, los que se acercaban al altavoz venían a
solicitar alguna cosa, pretendiendo que Luis solucionara sus
pequeños o grandes problemas, o a exponer alguna queja. El
periodista sólo podía decir palabras consoladoras por el megáfono,
siempre las mismas aunque cambiara verbos y adjetivos. Por eso,
agotado el tema, cambió de táctica, llamó a invitados, a gente del
pueblo para que contara su vida. Fue el inicio del programa por
altavoz: "Vidas Varias", que logró un éxito arrollador.
La calle de Alcalá se convirtió en un hormiguero. Por el
megáfono pasaron gentes que, con mayor o menor habilidad, contaron
sus vidas sin recato. La historias fueron escuchadas por los que
oían y trasmitidas a los que no oían, por esa razón a los arrabales
llegaron distorsionadas, irreconocibles, pero paliaban el tedio y
se comentaban largamente para pasar el rato.
Algunos hombres y mujeres famosos antes de la inmortalidad
fueron rescatados del anonimato y hablaron por el altavoz, pero fue
la vida de Vanessa Serranillos, una mujer del pueblo, la que causó
mayor revuelo y un cierto movimiento social. Pues, mismamente, como
en un serial radiofónico o en una serie de televisión sudamericana,
Vanessa fue violada por un señor riquísimo, no quiso abortar porque
no se lo permitían sus principios morales y, tras nueve meses de
mal embarazo, dio a luz una preciosa niña, iniciando tras el
alumbramiento su penosa vida de madre soltera en una sociedad cruel
y remilgada, para terminar entre amores y odios, casada y
divorciada dos veces y, por fin, enamorada de un extraordinario y
apuesto joven, que había perdido en los días del segundo
asentamiento. Precisamente, ahora que lo tenían todo, que habían
acabado los tiempos del desamor y que podían vivir juntos por los
siglos de los siglos.
Vanessa Serranillos era el personaje m s controvertido de
Madrid. De sus oyentes, la mitad lloraba por su mala suerte, la
otra mitad la odiaba y la tildaba de algo innombrable. Porque,
aparte de su desgraciada historia, Vanessa se detenía en los
detalles, para unos morbosos, para otros naturales, de su agitada
vida. No obstante, como tenía buena voz y gesteaba mucho y
lagrimeaba a lo largo de su narración, alcanzó un éxito
excepcional.
Odilón se enfadó con aquel culebrón, me dijo que hubiera sido
mejor que Luis leyera el Quijote a los vecinos de Madrid.
La historia de Vanessa quedó inacabada, pues a las doce horas
del día 18 de marzo, cuando todos esperábamos que terminase su
exposición para colmar nuestra curiosidad e iniciar los festejos
del primer aniversario del Año de la Inmortalidad, se oscureció el
sol y una noche inesperada se extendió por la capital de España.
Los habitantes tuvimos miedo y regresamos a nuestros lugares
a esperar lo que viniera o la salida del sol.
Odilón y yo fuimos corriendo de la plaza de la Villa a la
iglesia de San Ginés. Él tenía mucha prisa por ponerse a
escribir.
****
Odilón no cenó ni durmió ni desayunó. Estuvo en su cuarto
encerrado con la pluma. Don Juan me envió al convento de las
Descalzas a entregar un misal a la superiora. Tras cumplir el
recado, me di una vuelta por varias manzanas y me encontré ante una
curiosa situación que me conmovió:
En la plaza de Olavide, un hombre se despedía de su esposa e
hijos, y, pese a que dejaba mucho y a que su familia y amigos le
decían adiós con l grimas en los ojos, salió contento a correr una
particularísima aventura o a hacer un extraño servicio.
No escuchó a quien le llamaba loco, ni a quien le aseguraba
que en la inmortalidad no había espacio, que era insensato dejar un
lugar propio y duramente conseguido, ni a quien le vaticinaba que
se perdería por las calles o que lo ahogaría la multitud, ni a
quien preconizaba ya que la eternidad se estaba acabando, que
estaba muriéndose sola, que a lo máximo llegaría al primer día
del tercer milenio, tan próximo ya, pues que era transitoria, y que
había de terminar muy pronto del modo contrario a como empezó, con
mucha mortandad y sufrimiento.
No atendió a hombres ni a mujeres porque pretendía encontrar
a Dios en aquel Madrid. Adujo que, si tradicionalmente, el Altísimo
estaba en todas partes con su presencia invisible, ahora, a los
doce meses casi cumplidos del Año de la Vida, necesariamente tenía
que estar en presencia visible en algún lugar oculto de la villa
organizando todo el barullo y, muy ocupado, haciendo milagros
incansablemente para que el gentío se alimentara, respirara y no
muriera de asfixia o de muerte natural o de algún mal golpe o
accidente.
Y dijo que iba a prestar ayuda al Todopoderoso y a sus
acólitos, los benditos áángeles. Naturalmente, su mujer no pudo
oponerse a la salida de un marido que partía a la aventura de Dios.
Lástima que no se lo pude contar a Odilón. Le hubiera
gustado.
****
(Odilón de Ana. Diario:
"Me da vergüenza confesarlo pero he robado un cuaderno a un
niño y un bolígrafo a una mujer, pero, por fin, tengo papel y pluma
y puedo escribir. Pienso que si yo tengo algo que ver con este
espanto madrileño, debo acabar con ello y, como por mucho que
imagine en mi mente nada cambia, he llegado a la conclusión de que
debo redactarlo del mismo modo que empecé a garrapatear el
principio de esta disparatada historia. Creo, por economía de
hipótesis, que el causante de todo es el último muerto. Puede que
tenga un final chévere...
Don Juan y Áángeles no me dejan un momento de solaz, me
preguntan qué me sucede y por qué no como. Me dicen que me voy a
morir. Yo les contesto de mala manera que estoy escribiendo y que
ellos tenían mucho interés en que lo hiciera...
Todo lo que he vivido en la inmortalidad me hubiera
resultado m s llevadero si yo, o quien haya sido el autor, hubiera
pensado una eternidad silenciosa y dejado mudos a los
inmortales...")
(Odilón de Ana. "El Año de la Inmortalidad". Fragmento:
"Jacinto Rivera Hinojosa, el último muerto oficial de la villa
de Madrid, murió de viejo en el Hospital 12 de octubre, el 19 de
marzo del pasado año, como es sabido.
Don Jacinto que dada su edad, 100 años, prácticamente no
residía ya en esta vida, aún movió torpemente las manos cuando
escuchó un sonido lejano de trompetas, se sorprendió e incorporó un
mínimo la cabeza. Debían ser ensordecedoras las trompetas, pues el
enfermo se canteó en la cama y movió manos y brazos como para
espantarlas. A la par venía una gran luz. El anciano pasó de la
estupefacción al asombro y del asombro a un miedo cerval hasta que
comprendió que había llegado su última hora porque aquella luz y
aquel sonido no eran de este mundo.
Lo que Jacinto veía y oía no guardaba correspondencia con lo
que los hombres oían y escuchaban de la muerte. Venían una luz
clarísima y unos armónicos sonidos que percibía nítidamente a pesar
de su sordera, y no un viejo esqueleto envuelto en blanca sábana
con una guadaña en la mano. Pero, algo en lo m s profundo de su
corazón, le indicaba que era la Muerte.
Jacinto, aterrado por el ruido y cegado por la luz, se
revolvía en su lecho hospitalario. Entre son y son, pensaba que le
hubiera gustado morir en su cama, en su casa, pero Carmen, su hija,
se empeñó en dejarlo internado en el hospital y él ya no tenía voz
para hablar. ¡100 años!. En el final de su vida, antes de iniciar
la imparable regresión espiritual, en su soberbia, había llegado a
creerse inmortal. Ahora, ante el fenómeno lumínico y el claro
sonido ya no le venía la soberbia a la boca, al revés. Todo su
miserable cuerpo temblaba a la espera de que surgiera la Señora
Muerte, y la llamaba "señora", pues que debía serlo al venir con
tantas luces y alharacas.
El hombre se revolvió, poco, lo que pudo, hasta que exhaló un
pequeño estertor y falleció. Su cuerpo, mermado por los años,
resistió poco tiempo el embate de la muerte. Como a su edad no
estaba ya para agonías, murió; se convirtió en espíritu y al
despertar en la otra vida se quedó pasmado. Veía ante sus ojos un
Áángel del Señor, espléndido, de los que contaban las leyendas, con
las alas extendidas, vestido de blanco purísimo.
Todavía tenía Jacinto la esperanza de que todo lo visto y
oído fuera una visión producto de sus deterioradas neuronas, cuando
la angelical criatura se colgó la trompeta al hombro, lo observó
con sus ojos espirituales y le dijo con grave voz: "Yo soy el Áángel
de la Muerte"... Entonces Jacinto se supo muerto, se contempló
espíritu, dejó de dolerle la luz y asumió su nueva situación con
serenidad.
El Ángel de la Muerte le explicó, sin otro preámbulo, que
estaba muerto, que, inmediatamente, debía emprender el viaje sin
retorno y presentarse en el Cielo para ser juzgado. Que el viaje lo
realizaría en movimiento no continuo, es decir, yendo de un extremo
a otro pero sin pasar por el medio. "El traslado lo iniciarás aquí,
en este punto que estamos, y terminarás en el Cielo en la puerta de
los Muertos, donde te esperarán mis compañeros", informó el santo
ángel y, ante el estupor de Jacinto, le aclaró que estaba
perfectamente capacitado, como cualquier alma, para efectuar el
viaje en movimiento discontinuo, y que él, el ángel, le iba a
suministrar una tablilla con un eje de coordenadas para que se
orientara en el firmamento y se presentara en su lugar de destino.
Luego, le rogó que atendiera, pues que llevaba mucha prisa, y tras
unas sucintas explicaciones concluyó que habiendo sido contable en
la vida mortal tendría menos dificultades para orientarse que
cualquiera otra persona.
Jacinto Rivero intervino para comentarle al ángel que había
fallecido muy anciano, con las facultades mentales muy mermadas;
que había pasado treinta años de su vida clavado en la cama y
luchando contra las corrientes de aire, y le suplicaba piedad hasta
que se le clarificara el entendimiento.
El Ángel de la Muerte movió la cabeza y los rizos de sus
cabellos brillaron como el oro. Aseguró que era un ser angélico muy
ocupado; que tenía infinidad de muertos cada día para orientar; que
sólo podía dedicar un instante a cada uno de los nuevos espíritus y
que no podía estar en todas partes a la vez; que los sones de su
trompeta recorrían el mundo. Terminó diciéndole que el tiempo que
le había destinado era el mismo que dedicaba a todos; que aunque le
pareciera mucho era poco, un instante; que estaban fuera del tiempo
y que para Jacinto había comenzado la eternidad, y le entregó una
tablilla.
Jacinto recibió las coordenadas para hacer el camino sin
vuelta, balbuceó que treinta años de postración le habían nublado
el entendimiento y le rogó que esperara y quiso llorar y no pudo.
El ángel extendió el brazo y señaló con el dedo el infinito. El
anciano leyó la tabla, se despidió del ser angélico, hizo la señal
de la cruz y emprendió el viaje en movimiento no continuo. El Ángel
de la Muerte se compuso las vestiduras, se aderezó el cabello y
partió también en movimiento discontinuo en busca de otro muerto,
se supone, aunque pasó de largo el término municipal de Madrid.
Porque dentro sucedió lo que sucedió y ya se iba a cumplir un año
desde el fallecimiento de Jacinto Rivero y en la capital de España
continuaban sin muertos. Quizá, el Ángel de la Muerte se olvidara
de Madrid o se extraviara en el firmamento...
Jacinto Rivero, gracias a la nueva capacidad intelectual que
su estado espiritual le deparaba, se presentó en el Cielo ante la
Puerta de los Muertos sin ninguna dificultad. A su llegada fue
asistido por dos ángeles que lo acercaron a una larga fila de
almas.
El hombre, ya espíritu, andaba un poco atontado, ciertamente.
Quizá, por el viaje tan rápido y sin referencias, quizá por la
extraordinaria vejez que traía de la Tierra. Pero rezongaba,
sorprendido, que apenas había abandonado el planeta y se
encontraba formando parte de una larga fila. No lo hubiera
supuesto. De imaginar algo del Cielo, lo hubiera pensado la
antítesis de la Tierra.
En esto, y dadas sus nuevas capacidades, volvió mentalmente a
Madrid, vio llorar a su hija Carmen y, tras un momento de
contemplación filial, fijó su atención en Aquiles Pérez, el Oficial
Mayor del Registro de Defunciones de Madrid, que en ese preciso
instante se disponía a inscribirlo en el libro y darlo por muerto.
Y, como lo observó dudar, si Rivero se escribía con be o con uve,
pues no entendía la letra del médico, se puso nervioso. Al
instante, catalogó al funcionario como un buen hombre, pero
incompetente, como uno de los muchos funcionarios con los que había
tenido que luchar mientras vivía al otro lado de las ventanillas. A
los que había tenido que indicar mil veces: Rivero con uve, porque
no se molestaban en leer.
Jacinto tuvo que comerse sus propios pensamientos cuando
Aquiles anotó bien su apellido. Pero no andaba desencaminado, pues
el funcionario rellenó el cuestionario: Registro Civil de Madrid.
Página 1123. Jacinto. Rivero. Hinojosa. Hijo de (sin padre
conocido) y de Julia. Viudo. Nacionalidad: española. Nacido el 24
de mayo de 1900, en La Carolina, provincia de Ja‚n. A la edad de
101 años. Inscrito al tomo... etcétera.
Jacinto se encorajinó y gritó: “¡100 años, 100 años! ¡No 101,
que cuente quien quiera!". Pero Aquiles no contó. Aquiles cerró el
libro de registros y salió a tomar su café de media mañana,
olvidándose inmediatamente del muerto.
Estaba Jacinto tan ofuscado y enojado por el error del
registrador que no atendía lo que sucedía en derredor. Ignoró la
clara luz que se filtraba tras las ciclópeas murallas de la morada
celestial y a sus compañeros de la cola que hablaban entre sí.
Rumiaba el error del funcionario y dedicaba al bueno de Aquiles
enormes insultos que nunca habían salido de su boca. Pues sí, él
había sido meticuloso, detallista, pleiteador, perfeccionista y
minucioso y, si se quiere, quisquilloso, susceptible y chinche.
Había tomado parte en la Guerra de Africa, en la Guerra Civil y
librado su guerra privada contra las ventanillas y los
funcionarios; había interpuesto cientos de reclamaciones en defensa
de su derecho (que era el de toda la ciudadanía) y había entablado
pleitos y unos los había ganado, otros no. Y, ahora, tampoco podía
tolerar el error del registrador por eso gritaba y le insultaba.
En estas cavilaciones, Jacinto era incapaz de percibir que la
fila avanzaba con rapidez; que ya estaba junto a la alta muralla y
muy cercano a la Puerta de Animas, casi a punto de entrar en la
Oficina de Almas para pasar a la Sala de Juicios y ser juzgado, y
ya no era tiempo de estudios ni de preparaciones. Ya un bellísimo
ángel le introducía en la Oficina de Almas para seguir por un largo
pasillo y detenerse en un gran patio octogonal.
El ángel, mientras hacían el recorrido, tal vez, para
animarle le iba diciendo que el Cielo era un lugar inaprensible
para los hombres vivos; que comenzaba en la Oficina de Almas, que
habían dejado atrás, por donde pasaban todas las ánimas de los
muertos hasta alcanzar destino; después, nombró el Patio de la
Justicia Divina y las Cuatro Salas de ídem, donde Cuatro Serafines
impartían justicia por delegación del Creador de todo lo visible y
lo invisible. Ya iba a pedir Jacinto aclaraciones sobre su destino
cuando se abrieron las puertas de la Sala Segunda y un ángel llamó
con voz de trueno: "¡Jacinto Rivero Hinojosa!". El anciano se
demoró un tanto pues el ángel que le había acompañado hasta allí le
preguntaba cómo no temblaba si todos los muertos lo hacían. Él le
respondió que había fallecido centenario, que traía el
entendimiento con una ofuscación superlativa por el hecho de la
muerte y mucho coraje en el alma o donde fuera por la incompetencia
de un funcionario madrileño...
No pudo continuar porque lo volvieron a llamar. El ángel que
le interrogaba lo dejó en manos del Secretario de la Sala Segunda
de la Justicia Divina y le deseó suerte.
El Secretario le dio la bienvenida, lo introdujo en la sala y
lo acomodó en un banquetillo. Una bofetada de luz obligó al anciano
a cerrar los ojos del espíritu. No obstante escuchó perfectamente:
"¡Sala Segunda de la Justicia Divina. Juicio particular contra
Jacinto Rivero Hinojosa. 101 años. Nacido en La Carolina, provincia
de Jaén (España). Casado que fuera con Encarna Maturen. Una hija.
De profesión contable. Preside la Sala, Amós, Segundo Serafín de
Justicia. A 19 de marzo de 2000, año de la Natividad del Señor.
Asisten al Presidente: los dos veedores, los dos oidores y los dos
actuarios que siguieron la vida de Jacinto Rivero. En el nombre de
la Santa e Indivisible Trinidad, -queda abierta la sesión...!"
Jacinto siguió el proceso con interés. A una señal del
Presidente los veedores iniciaron la narración de su vida. Apareció
Julia Rivero alumbrando en solitario una criatura escuálida, él.
Su propio bautismo y la reprimenda del párroco a la bella de
Montilla. Su niñez en La Carolina, y todo, como en una película. Su
propia vida, como en una película, lo que recordaba y lo que le
había pasado desapercibido. El alemán, el amante de su madre, que
quería hacer de padre porque verdaderamente lo era. Sus vergüenzas
y humillaciones por su origen espurio que nunca asumiera. Los niños
de La Carolina llamándole rebordenco y lo mismo le decían los
adultos con los ojos. La Guerra de Africa donde había conseguido el
empleo de cabo y dado muerte a dos moros, no adrede, no adrede; no
lo supo hasta ahora. Luego, su establecimiento en Madrid y el
primer empleo de oficial tercera de contabilidad mientras ampliaba
sus estudios en la Escuela de Comercio. Después su trabajo en la
Fundición de Verges y Ventura, de donde no saldría de chupatintas,
aunque le diera para vivir sin lujos. -Ah, Encarnita Maturen!. El
noviazgo, la boda, el matrimonio. La Guerra Civil y su heroica
participación en la defensa del cerro Mosquito, en el Guadarrama.
La paz. La llegada de Carmencita. Ay, el fallecimiento de
Encarnita. Y la soledad, sus pleitos y reclamaciones, la
jubilación, el hastío de la vida y la postración en una cama con
vistas al parque de la Ventilla.
En un instante pasó la película de su vida. El Serafín-
Presidente cedió el turno a los oidores. Jacinto se escuchó en boca
de los ángeles, todavía con voz de niño, insultando a los chicos de
su escuela y, ya adulto, dando órdenes en el ejército. Requebrando
a Encarnita Maturen, haciendo arrumacos a su hija Carmencita.
Acusando a su compañero Elíseo Domingo ante Don Pedro Ventura en la
Fundición el día que de la caja faltaban 100 duros, que él no había
robado. Poniendo en su sitio a un funcionario poco diligente.
Reclamando aquí y allá. Y, a mayor edad, como un cascarrabias
regañando a la pobre Carmen y quejándose de todo y, por fin, el
silencio de la vejez extraordinaria.
El Santo Serafín de la Justicia cedió la palabra a los
actuarios que constataron que todo lo visto y oído en aquel juicio
figuraba en el correspondiente Libro de Actas Celestial, en
concreto en el libro 45216HGB, folios 426 a 582.
Ya habían hablado todos. El Serafín miró a Jacinto y, con una
sonrisa y unas palabras convencionales, le invitó a hablar, pues
que la balanza que había sobre la mesa del Tribunal no se inclinaba
ni al bien ni al mal.
Jacinto dudó. De repente, advirtió que ya no era el espíritu
timorato de momentos atrás, sino un alma enriquecida por una serie
de atributos naturales y sobrenaturales. Se irguió en el asiento y
expresó con clara voz que ‚l, Jacinto Rivero Hinojosa, estaba de
acuerdo con la narración que de su vida habían hecho los ángeles
que todo lo veían, los que todo lo oían y los que lo anotaban.
Habló que a lo largo de su existencia había tenido que sufrir y
llevar el pecado de su madre, de Julia, la bella de Montilla, lo
que, a menudo, le había redundado en un odio visceral hacia el
género humano y en un retraimiento personal; que había sido un
pobre hombre con pocas luces de nacimiento, poca educación y poca
preparación para sobresalir en sociedad, y a quien la suerte le
duró muy poco, pues Encarnita murió en el posparto. Entonces, hubo
de criar una niña sin saber cómo hacerlo. En el trabajo cumplió. Le
cuadraron los balances y se jubiló de oficial primera. No volvió a
casarse para no darle a Carmencita una madrastra. No sabía nada de
que en la Guerra de Afríca había matado dos moros. Fue sin
intención. Dijo que lo sentía. Y alzó la voz para terminar diciendo
que encontraba en su proceso un error de procedimiento.
En la Sala, se hizo un silencio sepulcral. El Segundo Serafín
enrojeció. El Secretario del Tribunal se levantó airado de su
sitial. Varios miembros de la mesa consultaron el acta.
Jacinto temblaba por su osadía, pero no bajó la voz al
afirmar que el Secretario de la Sala Segunda de la Justicia Divina
se había limitado a copiar lo que escribiera el Registrador de
Muertos de Madrid y que él no tenía 101 años sino 100, e impugno su
proceso en honor a los números, en honor a todos los contables de
la Tierra, exponiéndose a las iras del Tribunal y a ser arrojado a
las tinieblas para toda la eternidad.
Se le hizo largo el tiempo o lo que fuera mientras esperaba
las deliberaciones de la mesa. Los ángeles discutían a veces
acaloradamente y leían y releían el acta procesal. La Sala Segunda
de la Justicia Divina se encontraba en un aprieto. El Serafín-
Presidente abandonó la corte para consultar con sus colegas.
Discurrió el tiempo. A Jacinto le llegaron noticias de que su
caso estaba siendo examinado por los Doctores de la Iglesia y que,
tal vez, llegara al Todopoderoso. Naturalmente, temblaba y, sin
embargo, tenía la sensación de ser un espíritu mucho m s hecho a la
espiritualidad y en ciertos momentos le parecía que de sus ojos
emanaba un pequeño fulgor. No obstante, permanecía en un humilde
silencio y con la mirada fija en el suelo, consciente de su
pequeñez ante criaturas ángelicales. Y descargaba su conciencia
diciéndose que en su alocución no estuvo altivo ni arrogante, que
si de su garganta fluía una voz altisonante y segura, ‚l no podía
ejercer dominio sobre ella o que acaso se percibía así por el eco
de la Sala.
Tras larga ausencia, regresó a la Sala el Segundo Serafín de
la Justicia seguido de sus asistentes. Todos ocuparon sus lugares,
hablando entre sí. Parecían contrariados. El Presidente se aclaró
la voz y se expresó así: "Yo, Amos, Presidente de esta Sala Segunda
de la Justicia Divina, vengo a aplazar esta vista durante un año
hasta que el encausado, Jacinto Rivero Hinojosa, cumpla 101 años y
se subsane el error de los Sagrados Registros, a no ser que, antes,
el Oficial Mayor del Registro de Defunciones de la villa de Madrid
se aperciba del suyo y lo enmiende. Cuando se cumpla una u otra
situación, Jacinto Rivero ser llamado para ser juzgado de nuevo.
Queda el recurrente libre de volver a la Tierra o de permanecer en
la Puerta de los Muertos hasta que se remedie el error registral...
Hasta ese día se clausurar esta Sala Segunda, nadie entrar ni
saldrá, quedarán los Libros abiertos hasta que el error deje de
serlo. Se levanta la sesión..."
Salieron todos y se sellaron las puertas de la Sala. Ya fuera
de protocolo, Jacinto intentó besar la mano del Serafín- Presidente
pero éste lo alzó y le comentó con graciosa voz que le había
parecido bien la alegación, puesto que el error del funcionario
español y luego del ángel secretario hubieran desvirtuado la
veracidad de un juicio celestial, aunque la inexactitud hubiera
sido detectada y enmendada por los Registradores Generales y que,
mejor así; que luego hubiera sido m s complicado por la mucha
burocracia celestial.
Jacinto volvió a besar la mano del Santo Serafín. El
Secretario del Tribunal se le acercó para preguntarle qué hacía, si
regresaba a la Tierra o si se quedaba allí. El hombre no lo dudó un
momento: se quedaba extramuros del Cielo a la espera de que el
registrador corrigiera su error o a que transcurriera un año, y dio
las gracias por todo, sin llegar a entrever mínimamente lo que en
Madrid había de suceder por esta causa.
A las cero horas y un minuto del día 19 de marzo del Primer
Año de la Inmortalidad, el doctor Antonio Verdugo, médico
especialista en cuidados intensivos, anunció a sus enfermeras que
Ramón de Oja, gravemente accidentado trece meses antes, había
muerto. Pero las enfermeras no se lo creyeron ni tampoco sus
colegas, porque Ramón de Oja estaba desahuciado desde antes del
gran suceso y el doctor Verdugo había imaginado muchas muertes en
el ínterin, y examinado una y otra vez a los enfermos terminales
por ver si finalizaba el encanto y ‚l podía marcharse a casa y
dejar el hospital, que no podía abandonar por su sentido del deber.
Antonio Verdugo aborrecía la extraña situación. Tenía mal
color y ojeras. Llevaba un año en que su única salida de la U.C.I.
era al baño del pasillo del departamento para aliviar sus
necesidades. Un año sin mirar el cielo, sin respirar aire limpio,
pues que el gentío había tomado al asalto el Hospital 12 de Octubre
y allí no se podían ni cantear.
Aunque no le creyeran ni enfermeras ni colegas, lo cierto es
que Ramón de Oja estaba muerto y que a Verdugo le corría prisa
abandonar aquella sala infecta y hedionda y sin ventilación
natural.
Decía con voz de falsete que el enfermo había fallecido; que
el encantamiento, la maldición, el favor o el milagro del Año de la
Vida había concluido e instaba a una enfermera a que saliera al
pasillo y lo pregonara a los cuatro vientos; que la inmortalidad y
aquella estúpida existencia de enfermos terminales a la luz de las
velas y sin asistencia artificial había finalizado. Tanto insistió
Verdugo en que tocaran al muerto que, por fin, los colegas se
decidieron a hacerlo y, en efecto, lo encontraron frío..."
Fin del capítulo de Odilón de Ana).
****
Odilón abrió la puerta de su habitación a mediodía. Le
pregunte si se encontraba bien y qué había hecho. No me respondió.
Y, no por dar malas noticias sino por informarle de lo que sucedía
afuera de la casa parroquial, le dije que la villa de Madrid estaba
sumida en la oscuridad. Él se acercó a la ventana y se retiró
rápido, tambaleándose, se sentó en el sillón frailero de Don Juan
Torcido y, a poco, se llevó la mano al pecho y cayó desvanecido o
muerto. Que no lo supe en un primer momento. Corrí a la otra
ventana, a la que daba a la anteiglesia y llamé‚ al señor cura, que
tenía cola para confesar. El párroco dejó todo y subió.
Echó un vistazo a la habitación, se acercó al muerto o al
desmayado. Le puso el dedo en la yugular y movió la cabeza. Me dijo
con poca voz que Odilón había fallecido y se dispuso a
administrarle la Santa Unción. Lo ayudé como pude. Las lágrimas
acudieron prestas a mis ojos, pero don Juan no me dejó llorar, me
apretó las manos con calor, me dio una maleta, metió en ella los
papeles del escritor, las cintas grabadas de Luis Manrique, un par
de mudas mías, un pan, varias cajas de galletas y una tableta de
chocolate, me llevó a la iglesia con él y me sentó a su lado.
Durante aquella tarde de la oscuridad, mucha gente vino a
explicar al párroco de San Ginés que los asuntos de los inmortales
se disparataban todavía más. Que corría de boca en boca que una
multitud de japoneses había desembarcado en Barcelona y tomado el
camino de Madrid.
Y unos habitantes aseguraban que traían toneladas de
alimentos; otros un plan para mejorar la vida de la eternidad
terrena y muchos técnicos que, al parecer, proponían la instalación
de plataformas prefabricadas en las calles, a modo de pisos, para
repartir mejor el espacio, a cambio de un lugar en la capital; pero
otros daban la voz de alarma y sostenían que era la invasión
amarilla y que venía el ejército nipón, muy armado, dispuesto a
desalojar la villa en un primer movimiento para, luego, traer
colonos y apropiarse de la bienaventuranza de los madrileños.
Y, claro, las buenas gentes, ante la amenaza amarilla y la
negrura del día, nos estremecíamos, nos apretábamos unos contra
otros y no sabíamos qué pensar.
****
La noticia del primer muerto, ya se tratara de Odilón u
otro, corrió calles, casas, sótanos, yermos y jardines, y en aquel
caminar, ya no eran un muerto ni dos, ya eran cientos. En la Unidad
de Vigilancia Intensiva del 12 de Octubre fallecieron varias
personas y otras muchas en otros hospitales. En las calles y
plazas acaecieron muertes súbitas con gran espanto de allegados y
vecinos.
Los japoneses no se presentaron, a Dios gracias, pero se
decía que la Muerte venía a saco, loca, a buscar lo que era suyo,
lo que no se había llevado en el Año de la Vida. Y hombres, mujeres
y niños, gritaban. Yo no, no tenía casi ni voz...
Corrían rumores de que se habían derrumbado casas enteras y
hundido calles de modo aparatoso, causando mucha sangre y destrozo,
y nada de lo que se contaba en la ciudad se podía comprobar ni
cuantificar. El terror andaba suelto...
Todo lo que sigue nos lo contaron a don Juan y a mí. Un
hombre vino a decirnos que Mariano Verjuras levantó su manta del
lugar de la Puerta del Sol que señala el kilómetro cero y que sus
vecinos hicieron otro tanto. Y que así se inició un movimiento
centrífugo dentro de un extraordinario desorden. Pues la multitud
iba y venía de izquierda a derecha y de norte a sur en un primer
intento de abandonar la ciudad para volver a casa y salvar la vida,
pues que la Muerte venía fiera.
Y que desde el aire se veía una enorme masa como un gran
pajarraco con las alas extendidas que avanzaba sin norte y volvía
sobre sus pasos y, desde el suelo no se veía nada, acaso se
adivinaba un cogote, una cabeza, una espalda, un hombro que
apretaba, un trasero y poco más, porque todo era un gigantesco
rebullo. Y los, hasta ayer, inmortales iban a morir asfixiados,
atropellados y pisoteados hermanos por hermanos.
¡Qué final...!, gritaba don Juan, bastante dolido, porque ‚l
había esperado otra cosa.
Cincuenta, cien, doscientos millones de personas exagerando
cifras, luchando por salir de la ciudad más de lo que habían
luchado por entrar, rodeados de una gran oscuridad...
Vimos que al alba salió el sol y que la luz apaciguó un tanto
a la muchedumbre que no había abandonado su ciego vaivén, porque
hasta los muros de la iglesia temblaban, pero los pobladores se
vieron las caras. Estaba claro que cada hijo de vecino regresaba a
su lugar de origen, aunque muchos ignoraban dónde estaban los
cuatro puntos cardinales y los altos edificios no dejaban ver la
situación del Sol, por eso la multitud caminaba como a oleadas. Los
habitantes se habían convertido en personas anónimas que se dejaban
arrastrar por la marea y ninguno ponía orden. Las apreturas iban en
aumento.
A mediodía nos informaron, sin errar, que todo el mundo
estaba en la calle y que los ancianos, impedidos, enfermos y niños
de corta edad eran avasallados y violentamente pisoteados o
separados de sus madres y familias, porque muchos andaban
desesperados.
Y que en la Puerta del Sol, Mariano Verjuras lió su manta y
se despidió de sus vecinos. La gente de alrededor parecía esperar
sus órdenes para iniciar la desbandada. Que el hombre levantó el
dedo índice, tan inquisidor que parecía mismamente Dios, y señaló y
enunció los cuatro puntos cardinales. Id con Dios a vuestras casas,
dijo, y pidió paso. Y cada cual supo ya qué camino tomar.
Siguieron unos días de confusión porque había personas
incapaces de orientarse y otras perdidas buscando el buen camino, y
se formaron grandes avalanchas en la carreteras radiales. Corrieron
malos tiempos, pues la intendencia del General Brujas falló por
causas ignoradas y a las prisas del multitudinario retorno, se unió
un hambre voraz. Una hambruna incontenible que vino a sustituir a
la pertinaz de los alegres días de la inmortalidad. Todos volvían
con prisa a sus lugares de origen como si en sus domicilios fueran
a encontrar la panacea universal. Don Juan Torcido me mantuvo a su
lado hasta que remitió la locura. Me despedí de él con
agradecimiento.
Los inmortales, españoles y extranjeros, que ocupamos Madrid
durante el año del encanto, pasamos como una plaga, dejando la
capital asolada. Dejando muertos, heridos, enfermos, ancianos,
niños y basura sin cuento. Dejando un Madrid yermo cuya
restauración quedó para los habitantes de antaño que se vieron
obligados a asumir el caos y a hacer frente a la vida ordinaria.
Las buenas gentes volvieron a actuar, esta vez para enterrar a los
muertos...
EPILOGO
Yo, Ángeles, que escribí todo lo que antecede, estuve
presente en Madrid en aquellos penosos días de la inmortalidad, con
sus convenientes e inconvenientes, con los hombres y mujeres que
aparecen en esta crónica. A algunos de ellos los conocí
personalmente e incluso conviví con ellos, a otros de referencias.
En realidad, yo vi poco de lo que ocurría, aunque luego con
las cintas grabadas de Luis Manrique, con lo que oí y con los
cuadernos de Odilón, entrado el milenio, sin que nada sucediera,
y pasado el susto, me puse a escribir este libro, contrastando
cientos de opiniones, pero no he sido capaz de explicar lo que no
tuvo explicación.
Pasé pena, angustia, hambre, frío y apreturas. Viviendo, no
obstante, la esperanza de la eternidad y, tras el pandemónium
último y el movimiento centrífugo, pude volver a casa, famélica,
pero en un relativo buen estado.
Allí estaban ya mamá y mi hermano menor. Papá y mi hermano
mayor todavía no han regresado ni tal vez lo hagan. Lo digo así
porque en mi camino de vuelta, de Madrid a Zaragoza, sorteé
numerosos cadáveres, y a muchos hombres y mujeres heridos o
enfermos o locos y violentos. Y, a cada muerto que encontré lo
registré, como hacíamos todos, pues apretaba la necesidad, en un
afán de hallarle en los bolsillos algo de comer y, si el difunto
llevaba papeles o retazos de periódicos me los llevaba para un día
ponerme a escribir.
Y, ahora, que termino este relato y tras estudiar los
cuadernos de Odilón y las cintas de Luis con detenimiento y
aplicación, tras escuchar mil pareceres y explicaciones de los que
estuvieron en el Madrid de la eternidad y de los que no estuvieron,
confieso que no sé si el año de la inmortalidad se inició con
anterioridad a lo que concibió mi amigo escritor y ni si el final
fue el que él imaginó, pues de Jacinto Rivero y de su aventura
celestial no se supo nada en este mundo. En el Madrid de los días
postreros de la inmortalidad no hubo otra cosa que asfixia, golpes
y muertos por doquiera y, transcurrido el tiempo, tampoco nadie, ni
yo misma, que tanta documentación poseo, puedo explicar el hecho
del Año de la Inmortalidad.
Veremos si en un futuro, cuando el país salga de la
penuria económica en que vivimos, alguna autoridad se decide a
escribir y a analizar este asunto, que no sé‚ por qué está tan
silenciado y nadie quiere hablar de ello. Parece que molesta,
parece que no hubiera existido...
miércoles 2 de septiembre de 2009
sábado 28 de febrero de 2009
TRECE DIAS DE INVIERNO Y OTROS CUENTOS
ÉSTE ES EL CUADERNO DE MANUEL DE PAZ, BUSCADOR DE ORO
1 de febrero de 1937
Mamá dice que soy un insensato, que no debo arriesgarme, que es peligroso subir por las paredes como si fuera un gato, que un día me caeré y me abriré la cabeza; pero le brillan los ojos cuando le cuenta a Teresa lo que he hecho y le tiembla la mano cuando guarda en la despensa mi botín. Hoy un kilo de azúcar y una botella de aceite.
Yo no podía casi hablar y me ponía rojo cuando Teresa, desde el armario (Teresa está encerrada en el armario ropero desde poco antes de la guerra), se asombrara de que yo fuera un buscador de oro y de que todavía quedara oro en Madrid después de tantos bombardeos.
Explicaba a mis dos mujeres que mi espíritu aventurero y aguerrido quedó patente cuando asalté un carro de pan con otros chicos en los primeros días de la guerra y que no era tan difícil trepar por un medianil o por un paredón hecho escombros. Que había que apoyar los pies en los hendidos del muros y mirar donde asegurar bien las manos para iniciar la ascensión sin mirar abajo, y llegando arriba incorporarse a pulso y asentar las piernas para ponerse en posición vertical. Y que para encontrar oro o plata había que buscar con tesón, levantando los cascotes, alzando los maderos y revisando todos los ricones. Así se descubrían las joyas familiares de los muertos y haciendo el camino al revés se devolvían a los vivos siempre que recompensaran con algo.
1 de febrero de 1937
Mamá dice que soy un insensato, que no debo arriesgarme, que es peligroso subir por las paredes como si fuera un gato, que un día me caeré y me abriré la cabeza; pero le brillan los ojos cuando le cuenta a Teresa lo que he hecho y le tiembla la mano cuando guarda en la despensa mi botín. Hoy un kilo de azúcar y una botella de aceite.
Yo no podía casi hablar y me ponía rojo cuando Teresa, desde el armario (Teresa está encerrada en el armario ropero desde poco antes de la guerra), se asombrara de que yo fuera un buscador de oro y de que todavía quedara oro en Madrid después de tantos bombardeos.
Explicaba a mis dos mujeres que mi espíritu aventurero y aguerrido quedó patente cuando asalté un carro de pan con otros chicos en los primeros días de la guerra y que no era tan difícil trepar por un medianil o por un paredón hecho escombros. Que había que apoyar los pies en los hendidos del muros y mirar donde asegurar bien las manos para iniciar la ascensión sin mirar abajo, y llegando arriba incorporarse a pulso y asentar las piernas para ponerse en posición vertical. Y que para encontrar oro o plata había que buscar con tesón, levantando los cascotes, alzando los maderos y revisando todos los ricones. Así se descubrían las joyas familiares de los muertos y haciendo el camino al revés se devolvían a los vivos siempre que recompensaran con algo.
viernes 26 de septiembre de 2008
Agradecimiento
Quiero agradecer a todos ustedes sus buenas palabras, de verdad.
Saludos muy cordialee
Saludos muy cordialee
jueves 25 de septiembre de 2008
LISA-GIOCONDA Y OTROS CUENTOS (1991)
Alphonse Avril a la vista del edificio del museo del Louvre apresuraba el paso y, conforme se acercaba, se le acentuaba el desasosiego que traía en el corazón. Y ya bajo los soportales del Carrosusel emprendía veloz carrera. Atravesaba la puerta Visconti como una tromba, subía con rápidez la escalera de Dario e irrumpía en el salón Carré, asustando a mlle. Perchet, la celadora que había de sustituir.
Dirigía su mirada al retrato de Monna Lisa, respiraba hondo para recuperar el aliento perdido y, más sereno, saludaba a su compañera, que abandonaba el salón haciendo un mohín despectivo.
Desaparecida la señorita Perchet, Alphonse Avril suspiraba. Se había quitado un gran peso de encima y ya, sin prisa, contemplaba largamente y con arrobo el retrato de donna Lisa que lo miraba con su aplomo y compostura natural, y con aquella sonrisa burlesca que, a menudo, sacaba de sus casillas al bueno de Alphonse, su más ferviente admirador y enamorado.
Corresponde al inicio mi tercer libro.
Dirigía su mirada al retrato de Monna Lisa, respiraba hondo para recuperar el aliento perdido y, más sereno, saludaba a su compañera, que abandonaba el salón haciendo un mohín despectivo.
Desaparecida la señorita Perchet, Alphonse Avril suspiraba. Se había quitado un gran peso de encima y ya, sin prisa, contemplaba largamente y con arrobo el retrato de donna Lisa que lo miraba con su aplomo y compostura natural, y con aquella sonrisa burlesca que, a menudo, sacaba de sus casillas al bueno de Alphonse, su más ferviente admirador y enamorado.
Corresponde al inicio mi tercer libro.
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Lisa-Gioconda y otros cuentos (1991)
miércoles 13 de febrero de 2008
El estrellero de San Juan de la Peña
Monasterio de San Juan de la Peña.
Año 1066, a dos días saliente el mes de mayo.
El anciano monje Aimerico de Thomières, encaramado en su observartorio astronómico del pino más alto del llano de Suso, montaña arriba de la cueva de Gerión donde se encuentra ubicado el Real Monasterio de San Juan de la Peña, mira al oriente del cielo temblando de frío por el duro e inacabable invierno. De tanto en tanto, se mueve para envolverse bien en la piel de oso con que se abriga o alza un poco la cabeza cuando una manada de lobos hambrientos aulla al pie del árbol.
Así empieza mi segundo libro.
Año 1066, a dos días saliente el mes de mayo.
El anciano monje Aimerico de Thomières, encaramado en su observartorio astronómico del pino más alto del llano de Suso, montaña arriba de la cueva de Gerión donde se encuentra ubicado el Real Monasterio de San Juan de la Peña, mira al oriente del cielo temblando de frío por el duro e inacabable invierno. De tanto en tanto, se mueve para envolverse bien en la piel de oso con que se abriga o alza un poco la cabeza cuando una manada de lobos hambrientos aulla al pie del árbol.
Así empieza mi segundo libro.
sábado 2 de febrero de 2008
El viaje de la reina
Pamplona, 23 de junio de 958 (Año de la era de 996).
Apenas habían cantado los gallos, Toda Aznar, la anciana reina de Navarra se levantó apresurada de la cama, se santiguó ante el retablillo de su habitación, acércose a la puerta y, todavia en camisa de dormir, gritó:
-¡Boneta, hoy desayunaré vino caliente!
Así empieza uno de mis libros.
Apenas habían cantado los gallos, Toda Aznar, la anciana reina de Navarra se levantó apresurada de la cama, se santiguó ante el retablillo de su habitación, acércose a la puerta y, todavia en camisa de dormir, gritó:
-¡Boneta, hoy desayunaré vino caliente!
Así empieza uno de mis libros.
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